Una casi dimisión a la altura del personaje

Hoy, tras doce manifestaciones multitudinarias y una presión social creciente, Mazón se marcha sin asumir responsabilidad alguna.

Por Isabel Ginés | 3/11/2025

Cobarde, falaz y perversa. Así podría resumirse la despedida de Carlos Mazón, presidente fugaz de la Generalitat Valenciana. Su comparecencia, más que un acto institucional, fue un ejercicio de autojustificación patética: una performance de cinismo en la que el victimismo sustituyó a la verdad, y la soberbia al sentido de Estado.

La trayectoria de Mazón ha estado marcada por la mentira y la propaganda. Desde el primer día trató la gestión pública como una prolongación de su propio ego. Prometió regeneración y solo dejó opacidad; prometió proximidad y solo ofreció marketing. La DANA, con sus 229 muertos, fue el espejo que devolvió la imagen real de su Gobierno: la improvisación, la negligencia y la deshumanización absoluta ante la tragedia.

Y hoy, tras doce manifestaciones multitudinarias y una presión social creciente, Mazón se marcha sin asumir responsabilidad alguna. Ni siquiera tuvo la decencia de pronunciar la palabra “dimisión”. No convocó elecciones, no aclaró si conservará su escaño para seguir aforado, y volvió a repetir bulos desmontados por los autos judiciales. A las víctimas, apenas cinco segundos de su discurso. Ni un gesto de perdón, ni una palabra sincera.

Mintió hasta el final, y se despidió mintiendo. Dijo que “se habría ido antes”, como si su problema fuera el calendario y no la corrupción moral que lo sostiene. Su comparecencia fue una obra maestra del cinismo político: culpó a los medios, al Gobierno, a la justicia, a todos menos a sí mismo. Ni para irse dijo la verdad.

Una doctrina vieja y eficaz: negar, victimizarse y resistir hasta que el desgaste haga su trabajo.

Su discurso no fue una dimisión, sino una fuga. No se va porque haya entendido el daño causado, sino porque ya no puede ocultarlo. No se marcha derrotado por la oposición, sino por su propio reflejo. Quien se dice víctima cuando ha sido verdugo demuestra que no ha aprendido nada, y que no merece volver a ningún espacio de poder.

Y lo más grave: Mazón sabe que su destino judicial está escrito. Sabe que el peso de los autos y los testimonios lo hunden, y que solo un indulto de un futuro gobierno de derechas podría salvarlo. Esa es la verdad que no dijo, la que se intuía en cada pausa de su discurso: el miedo.

Por eso su despedida no fue la de un servidor público, sino la de un hombre acorralado por sus propias mentiras. Un político que utilizó la tragedia ajena para su provecho y que hoy pretende marcharse como mártir de una conspiración inexistente.

La catadura moral de Mazón se ha revelado como un flash deslumbrante en esta última comparecencia. Narcisista, oportunista y miserable, representa el fracaso ético de una parte de nuestra política. Su marcha no es una pérdida: es una advertencia.

Porque lo de hoy no fue una dimisión. Fue el retrato de lo que ocurre cuando el poder se pudre por dentro y aún cree que puede oler a victoria.

Carlos Mazón no ha caído por un error político, sino por una podredumbre moral. Su salida no limpia nada, pero al menos deja al descubierto lo que siempre fue: el rostro más ruin del poder en el País Valencià.

1 Comment

  1. Mazón tiene la poca vergüenza de decir que se va porque lo está pasando muy mal, que tiene mucha presión.
    Más mal lo han pasado las familias que han perdido a sus familiares, y los que a dia de hoy aún no tienen un techo dónde cobijarse.
    Y aún ejercera de presidente hasta que encuentren un sustituto/ta.

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