Una alianza entre yihadistas y separatistas tuareg trata de tomar el poder en Malí

Bamako acusa a las potencias occidentales de alentar a los grupos rebeldes para desestabilizar al gobierno.

Por Fernando Ariza | 28/04/2026

Malí vive una de las crisis de seguridad más graves desde 2012. En la madrugada del 25 de abril, separatistas tuareg del Frente de Liberación del Azawad (FLA) y yihadistas del Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes (JNIM), filial de Al Qaeda en el Sahel, lanzaron una ofensiva coordinada sin precedentes contra posiciones del gobierno en Bamako, la capital, y en varias ciudades estratégicas del norte y centro del país.

Los ataques afectaron simultáneamente Kati (bastión militar a solo 15 km de Bamako), el aeropuerto internacional Modibo Keita, Gao, Kidal, Mopti y Sévaré. Según comunicados reivindicados por ambos grupos, se utilizaron artillería pesada, fuego automático y al menos un coche bomba. El FLA y el JNIM confirmaron su alianza operativa, algo inédito a esta escala desde la crisis de 2012.
El JNIM asumió la autoría de los asaltos en el sur y centro, mientras los tuareg se atribuyeron el control temporal de Kidal y avances en Gao.

El Ejército maliense reconoció los combates pero aseguró que la situación está “bajo control” y que los atacantes sufrieron “reveses inmediatos”. Sin embargo, las autoridades confirmaron la muerte del ministro de Defensa, el general Sadio Camara —figura clave de la junta y artífice de la alianza con Rusia—, en un atentado suicida con vehículo explosivo contra su residencia en Kati. El presidente de la transición, el coronel Assimi Goïta, fue trasladado a un lugar seguro y no ha aparecido públicamente desde el inicio de la ofensiva.

Denuncia de injerencia extranjera

El ministro de Asuntos Exteriores de Malí, Abdoulaye Diop, denunció “injerencia extranjera” en los ataques, sin especificar directamente a los responsables, aunque el contexto apunta a acusaciones recurrentes contra potencias occidentales y vecinos regionales que, según Bamako, estarían alentando o tolerando a los grupos rebeldes para desestabilizar al gobierno. “Estos actos terroristas no son solo obra de grupos armados locales; responden a una agenda externa que busca socavar la soberanía maliense”, señaló el jefe de la diplomacia en un comunicado oficial.

El giro soberano de la junta: ruptura con Francia y acercamiento a Rusia

Cabe recordar que la actual junta militar, que tomó el poder tras los golpes de Estado de 2020 y 2021, ha hecho de la recuperación de la soberanía su bandera principal. En 2022 y 2023, Malí rompió con Francia —antigua potencia colonial— y expulsó a las fuerzas de la operación Barkhane, a la misión de la ONU (MINUSMA) y a otras presencias occidentales. Bamako acusó a París de ineficacia y neocolonialismo en la lucha antiterrorista.

En su lugar, el gobierno de Goïta optó por un estrecho acercamiento a Rusia. El Africa Corps (sucesor del Grupo Wagner) se convirtió en el principal socio militar, proporcionando apoyo aéreo, entrenamiento y operaciones conjuntas. Esta reorientación permitió a las fuerzas malienses reconquistar Kidal en noviembre de 2023, un símbolo histórico para los tuareg.

Sin embargo, la ofensiva actual evidencia las limitaciones de este modelo de seguridad. Analistas coinciden en que, pese al apoyo ruso, el Ejército maliense enfrenta dificultades para controlar un territorio inmenso, con frentes múltiples y una alianza inédita entre yihadistas y separatistas que históricamente habían mantenido tensiones.

Contexto de una crisis prolongada

Malí sufre inestabilidad desde 2012, cuando una rebelión tuareg fue aprovechada por grupos yihadistas para tomar el norte del país. La intervención francesa de 2013 frenó el avance, pero la violencia nunca desapareció. Los grupos del JNIM y el Estado Islámico en el Gran Sáhara (ISGS) han ganado terreno en el centro y norte, mientras los tuareg del FLA reivindican mayor autonomía —o independencia— para el Azawad.

La ofensiva del 25 de abril representa el desafío más serio a la autoridad de la junta militar desde que asumió el control. Mientras el Ejército maliense realiza operaciones de rastreo y se ha impuesto un toque de queda en Bamako, la comunidad internacional sigue con preocupación los acontecimientos. La fragilidad del Estado maliense amenaza con desestabilizar aún más el Sahel, una región ya golpeada por el yihadismo y las tensiones geopolíticas.

La situación evoluciona con rapidez y los próximos días serán decisivos para determinar si la junta logra recomponer sus fuerzas o si la alianza tuareg-yihadista marca el inicio de una nueva fase de la guerra en Malí.

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