La Transición no solo impidió juzgar y castigar a los culpables, autores y defensores de la dictadura y su represión, sino que hoy sigue impidiendo investigar los casos de los miles de desaparecidos y enterrados en las cunetas de nuestros caminos y carreteras.
Las heridas están ahí. Lo peor de todo es el terrorismo de Estado. La historia se repara con justicia, con el juicio y castigo a los culpables, sin torturas, como ellos hicieron. Es la única manera de que un país siga adelante.
El Valle de los Caídos debe transformarse en un gran museo de la memoria histórica, un espacio didáctico que denuncie sin ambages el golpismo del bando nacional y los crímenes de la dictadura franquista.
Su sadismo era conocido por los supervivientes. Disfrutaba golpeando a los prisioneros, insultándolos y sometiéndolos a sesiones de tortura especialmente brutales.
Aquellos Estados donde se había sabido practicar el sufragio “con pureza” se habían engrandecido, y sus instituciones políticas se habían afianzado, mientras que donde no se había dado dicho perfeccionamiento la democracia había sucumbido.