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La cifra tentativa de 200 mil muertos, que dan muchos medios periodísticos y ONGs, es por lo menos ingenua, si no hipócrita, intentando ocultar la responsabilidad de Occidente en no haber “podido” contener un conflicto que ya lleva 37 meses
Por Guadi Calvo | 28/10/2026
Según informó la Oficina de Derechos Humanos de Naciones Unidas, en el contexto de la guerra civil de Sudán, el tercer país más extenso del continente, con una población cercana a los 50 millones de habitantes, en las últimas tres semanas se produjeron 305 muertes de civiles y cientos de heridos, por los ataques con drones operados por el grupo paramilitar Fuerza de Apoyo Rápido (FAR), que concentra habitualmente sus acciones contra campamentos de desplazados, mercados, hospitales, los que en la gran mayoría ya han debido ser cerrados por falta de insumos, falta de personal médico o sencillamente porque sus estructuras han colapsado por acción de la artillería pesada y bombardeos aéreos. Al igual que mucha de su infraestructura básica, como centrales eléctricas, potabilizadoras y represas hidroeléctricas, lo que ha dejado fuera de servicio muchas bombas de riego, lo que incrementa la ya grave inseguridad alimentaria. Un dato extremadamente crítico en el contexto de esta guerra, que tiene a cerca de 35 millones en diferentes estadios del hambre, desde inseguridad alimentaria severa, hambruna declarada o inminente en múltiples zonas del país.
Este lunes 26, drones de la FAR inutilizaron otras cinco instalaciones eléctricas en los estados de al-Jazira, Gedaref y del Nilo Blanco, lo que ha producido la caída del servicio en amplias zonas del este sudanés, que se encuentran bajo el control del ejército regular, las Fuerzas Armadas Sudanesas (FAS).
Esta información no es más que un extracto de lo que verdaderamente sigue sucediendo en el país africano, desde el inicio de la guerra en abril del 2023, habiéndose generado no solo incontables matanzas, imposibles de mensurar, ya que se estima que muchas víctimas llevaban meses, sino años, bajo los escombros producto de los ataques aéreos, drones y artillería pesada que ambos bandos han utilizado contra grandes centros urbanos, demoliendo barrios enteros de la capital, Jartum, Jartum Bahri y Omdurman, que en su conjunto componen el Gran Jartum o “las tres ciudades”, como se conoce al principal núcleo urbano del país con, hasta antes de la guerra, entre 7 y 9 millones de habitantes.
Mientras que otras capitales regionales como El Fasher (Darfur del Norte) y El Obeid (Kordofán del Norte): Kadugli y Dilling (Kordofán del Sur), el Geneina (Darfur Occidental), las que suman cerca de un millón y medio de personas y en las que se han producido en algunos casos importantes combates y asedio prolongados de hasta casi un año y medio por parte de las FAR, como en el Fasher, donde, tras su conquista en octubre del año pasado, los paramilitares asesinaron, solo en la primera semana, más de seis mil personas. (Ver Sudán: La caída de El Fasher o cómo exceder el exceso).
Por lo que la cifra tentativa de 200 mil muertos, que dan muchos medios periodísticos y ONGs, es por lo menos ingenua, si no hipócrita, intentando ocultar la responsabilidad de Occidente en no haber “podido” contener un conflicto que ya lleva 37 meses.
Los paramilitares sudaneses han vuelto a replicar su momento fundacional, cuando fueron creados por el dictador Omar al-Bashir para someter los incipientes levantamientos de las poblaciones negras de Darfur a comienzos de siglo, por lo que han sido acusados en tribunales internacionales de limpieza étnica, crímenes de lesa humanidad y violencia sexual, tráfico de armas y oro, comprobándoseles al menos 350 mil asesinatos, lo que se convirtió en el primer genocida del siglo XXI.
Las bajas civiles continúan acumulándose, sin diferencia demasiado cuál es el bando que lo produce; por ejemplo, el pasado día diez, 25 civiles habían muerto y otros 30 resultaron heridos, producto de un ataque de las fuerzas regulares contra las localidades de Ghubeish y el-Nuhud, en el Kordofán Occidental.
Aunque en este nuevo desastre que vive Sudán, los muertos se multiplican también en los campamentos de desplazados, que ya suman quince millones, debido a la imposibilidad de brindarles atención médica, alimento y agua potables, por lo que de manera constante los números se acumulan en lo que se considera la mayor catástrofe humanitaria de lo que lleva el siglo.
A estas muertes, en su momento habrá que sumarle un número que no será para nada despreciable por las ejecuciones sumarias y clandestinas que particularmente los paramilitares realizan como venganza contra las poblaciones que se resisten a caer bajo su control, que son “escondidas” en fosas comunes, las que con alguna frecuencia aparecen con centenares de ejecutados, fundamentalmente en las regiones controladas por las FAR.
Las minas de oro, cuya explotación se ha convertido en una de las principales fuentes de financiación de ambos grupos, se han convertido en blanco de los ataques enemigos, para impedir que esos recursos puedan ser invertidos en más armamento. En la región de Bajoun, Kordofán del Sur, la semana pasada, drones de las FAR provocaron la muerte de 42 trabajadores e hirieron a otros 25. Ver: Etiopía, un naufragio más.
El pasado día dieciocho, 140 civiles murieron tras ser atacado el camión en el que se movilizaban en un ataque con drones en Dibab, Kordofán Occidental, una zona bajo el control de las FAR.
Al igual que las minas de oro, también los mercados y los pocos centros sanitarios que siguen en pie son objetivos de guerra, por lo que sufren ataques constantes, particularmente en Darfur del Norte, del Sur y en el Kordofán Occidental, en la que cada incursión deja docenas de muertos. Un ataque atribuido a las FAR contra el hospital de Um Darfa, estado del Nilo Azul, el pasado día once terminó con la vida de varios trabajadores sanitarios, obligando a su cierre.
La larga mano de los emiratos
Hablar de la guerra en Sudán sin mencionar la responsabilidad de los Emiratos Árabes Unidos (EAU) es quitar del conflicto uno de sus principales responsables de que haya alcanzado su actual magnitud.
Como lo hemos mencionado en varios artículos, Abu Dabi se ha convertido en un promotor de terrorismo en grandes sectores de África y Medio Oriente, habiendo conformado de hecho, junto a Israel y Ucrania, el tridente que apunta a la inestabilidad de docenas de países y los millones de personas que los habitan, desde el sur de la península arábiga al corazón del Sahel.
A tal punto se sienten cómodos en su lugar de ayudante sheriff que el jeque Mohamed bin Zayed se ha atrevido a postular para la Secretaría General de la ONU a su actual ministra de Exteriores, Lana Nusseibeh, como si pudiera driblear las numerosas investigaciones y acusaciones que su país tiene como promotor del terrorismo.
La presencia de los EAU, desde el comienzo del conflicto en Sudán, ha provisto a los paramilitares de recursos financieros, mercenarios y armamento de última generación, que les llegan por vías diferentes. La primera y principal, Chad, a donde llega al aeropuerto de Amdjarass, en el este próximo a la frontera sudanesa; desde el oeste de Etiopía, a donde, con la presión al primer ministro Aby Ahmed, no solo consiguieron ingresar armamento, sino también establecer campos de entrenamiento y campamentos a lo largo de la frontera de más de 700 kilómetros; y el tercer paso que Abu Dabi ha conseguido establecer es por Libia. A donde el armamento y muchos de los mercenarios arriban al puerto mediterráneo de Bengasi, para ser trasladados por vía terrestre por territorios controlados por Khalifa Haftar, el jefe del Ejército Nacional Libio (ENL) que controla el este de ese país, hasta la región de Kufra, convertida de hecho en un santuario de las FAR, a donde han establecido campamentos, campos de entrenamiento, arsenales y hospitales en la ciudad de Seweidiya. (Ver: ¿Quién alimenta la guerra de Sudán?)
La abusiva presencia de militares y funcionarios emiratíes en Chad, en áreas próximas a la frontera con Sudán, ya ha comenzado a irritar a los pobladores locales, que, más allá de las conexiones tribales, comerciales, étnicas y familiares que muchos de ellos tienen con sus vecinos del este, ven la presencia emiratí como la posibilidad de que la guerra los alcance, por lo que son cada vez más las expresiones de repudio. Considerando también lo que les sirve de alguna manera como un espejo que alumbra su posible futuro, los campamentos ya saturados para los más de dos millones de refugiados etíopes que han llegado hasta allí escapando del álgebra de la muerte.
Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central. En Facebook: https://www.facebook.com/lineainternacionalGC
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