Sobre la salida de España de Deliveroo

«La falsa disyuntiva neoliberal de «esa persona está mejor trabajando para Deliveroo que en su casa» me parece sencillamente alucinante».

Por Enrique Dans

Mi columna en Invertia de esta semana se titula «Adiós, Deliveroo…» (pdf), y habla sobre las consecuencias de modelos que supuestamente funcionaban bien en la mejor de las teorías, pero que en la práctica, se convierten en auténticos agujeros legislativos para que determinadas compañías puedan explotar a sus trabajadores y retrotraer las conquistas de los derechos laborales a más allá del siglo XIX.

La cuestión es clara y evidente: Deliveroo no se va de España como reacción a una ley que trata de mejorar las condiciones de los repartidores de comida a domicilio. Se va de España porque ni siquiera pudiendo hacer uso durante varios años de esas condiciones, ha sido capaz de lograr una posición de dominio en el mercado que le compense ahora plantearse los cambios que tiene que hacer para ajustarse a la legislación.

La falsa disyuntiva neoliberal de «esa persona está mejor trabajando para Deliveroo que en su casa» me parece sencillamente alucinante. Los que promueven semejante simpleza intelectual están realmente afirmando que una persona está mejor siendo explotada, teniendo que pagar la bicicleta o moto que utiliza para trabajar, la gasolina que consume, sin estar cubierto por un seguro en caso de accidente, y sin derecho a vacaciones, en lo que supone el mayor ejercicio de hipocresía intelectual del mundo. Puestos así, ¿por qué no llevar el razonamiento a su límite y volver a legalizar la esclavitud? Después de todo, una persona estará mejor trabajando a cambio de manutención que en su casa, ¿no? Hay razonamientos (y personas) que, simplemente, dan asco.

Deliveroo es una de esas compañías dedicadas a denigrar la condición humana. Repartir comida a domicilio es un trabajo, sí, pero que como todo trabajo, precisa de unas condiciones determinadas para llevarse a cabo de manera digna. Deliveroo, como varias otras compañías, se aprovechó de un agujero legal durante años para negar a esos trabajadores lo mínimo que toda persona debería tener de acuerdo con la legislación laboral, escudándose en su teórica libertad para trabajar con la flexibilidad que quisieran. En la práctica, y dadas las condiciones de su trabajador medio, las compañías eran perfectamente conscientes de que esos trabajadores carecían de tal libertad, que esta era tan solo teórica, y que en realidad, trabajaban día sí y día también con un horario definido – el marcado por la demanda del servicio.

Deliveroo se va de España porque no ha sido capaz de competir con Glovo o con Uber Eats, simplemente. Sus más de tres mil riders buscarán otros trabajos, bien para compañías similares – dado que la demanda de servicios de reparto a domicilio no parece que vaya a descender – o en otras cosas. Las compañías que queden tendrán que adaptarse a la legislación, contratar a sus trabajadores y ofrecerles unas condiciones razonables, si lo consideran viable. Y si no, e incluso si eso llegase a suponer que desapareciesen esos servicios, por mucho que a muchos les resulten muy cómodos, habría simplemente que plantearse que esos servicios no pueden ser llevados a cabo explotando a las personas que los llevan a cabo. Es lo que hay.

Cuando surge una tecnología que permite cosas que antes eran imposibles, como coordinar un ejército de repartidores en tiempo real gracias a que llevan un ordenador de pequeño tamaño en el bolsillo, es posible que eso permita plantear modelos de negocio nuevos. Sin embargo, es importante mantenerse vigilante sobre esos modelos, porque lo que en muchas ocasiones plantean como posibilidad teórica puede ser, en realidad, un simple pretexto para convertir derechos de los trabajadores que costó décadas conquistar en auténtico papel mojado. Llegados a ese punto, es posible que incluso los propios implicados, además de algunos sinvergüenzas, defiendan su libertad y hasta su derecho de ser explotados, pero esto es un enorme error. Hay derechos que ni deben, ni pueden tener vuelta atrás, porque permitirlo implica crear subcastas de personas sin derechos, con el pretexto de que «teóricamente» los tienen. Esa es una vía que las sociedades civilizadas nunca pueden recorrer. Por mucho que la tecnología lo permita.

 

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