Ser pobre es ir a la moda

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Por Carmen Romero 

Vivimos una época convulsa y extraña. Esto no hace falta que lo diga yo, solo hay que despertarse cada mañana, abrir las redes sociales, y esperar a ver qué acontecimiento impactante va a ocurrir hoy. Pandemia mundial, temperaturas extremas, intento de golpe de Estado en los EEUU… si de repente hubiera un ataque zombie, ni nos extrañaríamos.

Sí, época extraña y convulsa, sobre todo cuando me despierto para realizar mis quehaceres y me encuentro con que el tema estrella del día en Twitter es el debate entre si dar a luz en casa y no en el hospital es progresista o no. Aquí es cuando una servidora, que ha crecido con Nirvana en los cascos y por lo tanto tiene la mecha corta, se enfada. Pero no por mí, sino por todas. Por todas esas mujeres de clase obrera que no pudieron dar a luz en unas condiciones sanitarias óptimas, y por todas esas que aún en 2021 están privadas de ello por no pertenecer a eso que llaman “primer mundo”. Nos quieren hacer creer que ser pobre está de moda, y permítanme que les diga que se equivocan; tener la pobreza como moda es un privilegio de clase.

Esto de que dar a luz en casa y no en un hospital es progresista me recuerda a esas personas que dicen necesitar un retiro en el campo y sueñan con vivir apartados de la civilización con un pequeño huerto. Y encima también lo ven como algo progresista. No, la exotización de lo rural no es progresista. No, parir en tu casa no es progresista. Parir en un hospital antes era un lujo que solo unas pocas de clase alta se podían permitir. Tener un huerto era supervivencia, no algo chic.

También es verdad que este tipo de personas suelen ser clase media que ve la vida entre visillos de purpurina y serpentina. Ni se imaginan lo que hubieran dado tantas y tantas mujeres del pueblos rurales por tener un hospital donde haber dado a luz a sus hijos en unas condiciones óptimas. O lo que hubieran dado tantas y tantos jornaleros por no coger una espiocha para tener que comer. 

El mito del buen salvaje

Todo esto me llevó a recordar uno de mis poemas favoritos. Su autora es Erika Martínez, una poeta (que no poetisa) granadina. Erika siempre deja entrever que tiene un gran calado marxista en sus obras. Pertenece a la poesía de la Estética del fragmento. Esta corriente es el resultado de la crisis múltiple que vive la sociedad posmoderna; la obra literaria no se percibe como un todo acabado y completo que se realiza a sí mismo, sino como un texto abierto, necesariamente inacabado, que se lanza como un proyecto a la búsqueda de una realización más allá de sí mismo o en los otros. En ‘Carga y descarga’ (El falso techo, 2013), mi poema favorito, dice así: 

[…] qué hermosos, qué feos son mientras trasladan nuestras

maletas con souvenires procedentes de Bolivia,

Marruecos, Zambia, donde fuimos a hacer

juegos de supervivencia. 

“Donde fuimos a hacer juegos de supervivencia”, refiriéndose a esos países exóticos donde la clase media que va de “salvaje” y “alternativa” va para hacerse fotos y decir que ha sido toda una experiencia. Fotos cultivando arroz, cortando cañas de azúcar, cultivando cacao, etc.

La verdad que me enerva. Más que nada porque esto también pasa en España, y todo pasa por eso de ver el ser pobre como moda. Porque queda muy bonita la foto en Instagram sembrando arroz, pero el que tiene la espalda rota de hacerlo cada día es el agricultor de ese país donde esa clase media entregada al exhibicionismo en redes va a hacer ese tipo de turismo.

Febrero del 2016, Europa Press publica una noticia titulada: “Turistas de EEUU se apuntan a la experiencia de trabajar en un tajo de aceituna en Jaén”. Exotizar a la clase trabajadora.

Martes 12 de enero del 2021, la marca de ropa Ralph Lauren saca a la venta un mono azul de obra manchado de pintura. 500 euros cuesta. Para que os hagáis una idea, un oficial de obra de primera cobra unos 1.300 euros brutos al mes y un oficial de segunda unos 1.000 euros. Estamos hablando de que una marca de ropa cara vende un mono de obra cuyo precio es la mitad del sueldo de un oficial de obra al mes. Como decía al principio de este texto, época extraña: los ricos intentan pasar por pobres y los pobres por ricos.

Lo peor es que ya hay tallas agotadas del mono de obra en venta. También os digo, el que vacila de ser pobre es como el trapero que vacila de vender droga: o es mentira, o es un chivato, o simplemente es imbécil.

Los ricos visten de pobres

La moda se ha convertido en un sistema de adscripción individualista. Por ejemplo, en la antigüedad, determinados colores eran privativos de la clase rica. En la Roma de Nerón, el amarillo era de los Patricios. Con esa adscripción individualista de la moda, los ricos parecen querer parecerse a Brother Sharp, el indigente chino al que un fotógrafo retrató como si fuera una estrella de la moda debido a su look “despreocupado”. No era un look despreocupado, la realidad es que es un vagabundo que se pone lo que encuentra en la basura y por eso mezcla estilos. Hasta aquí llega la idiotez posmoderna.

La realidad es que la clase trabajadora siempre estuvo obligada a guardar unos códigos de vestimenta. Un ejemplo de ello es el caso de las ‘horteras’. Según la RAE, una hortera es una “Dependiente de comercio, especialmente a principios del siglo XX”. Pero normalmente con hortera nos referimos a alguien que aunque pretende ser elegante, resulta vulgar. Estas dependientas recibían ese nombre en alusión a las ‘horterillas’, la fiambrera donde estas trabajadoras llevaban el almuerzo que comían deprisa entre los turnos de trabajo.

Cuando Podemos saltó al panorama político se hablaba de que estaban cerca del pueblo porque vestían informal. Esto es un tremendo error, como si a la clase trabajadora no le exigieran vestir de chaqueta y corbata en determinados trabajos. El ejemplo más claro lo tenemos en las VTC; choferes explotados con unas condiciones laborales nefastas a los que obligan a ir en traje. Vamos, así como dato, Marcelino Camacho siempre iba hecho un pincel, bien en traje y camisa o con sus míticos chalecos, y ha hecho más por la clase trabajadora de este país que cualquier otro que vaya en chándal gritando a los cuatro vientos que es de barrio. Después tenemos a Mark Zuckerberg, el empresario capitalista que viste informal. La teoría de que como vistes representas, se cae.


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