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La aceptación acrítica del velo en las instituciones públicas es una tendencia en toda Europa y supone una claudicación de la izquierda y sus banderas.
Por Oriol Sabata | 22/05/2025
La reciente designación de Rukhsana Ismail como alcaldesa de Rotherham (Inglaterra), es un hecho preocupante. El problema no es ni su origen paquistaní ni su condición de mujer musulmana, puesto que la diversidad racial y la libertad de culto individual son elementos sanos en cualquier sociedad moderna. Lo grave de este asunto es no asimilar la cultura autóctona y asumir el cargo público más importante de la ciudad portando un velo: un símbolo religioso y de opresión de la mujer.
Además, resulta surrealista que su llegada a la alcaldía sea a través del Partido Laborista, una organización autodenominada progresista y que históricamente había defendido el laicismo y la igualdad entre hombres y mujeres. Una contradicción ideológica profunda que supone una renuncia a los principios fundamentales de la izquierda. Todo esto, lamentablemente, por puro electoralismo en busca del voto musulmán.
Lo ocurrido en Rotherham va más allá del ámbito local. Supone la normalización del velo en la institución pública. Y se trata de un fenómeno que está tomando fuerza en la escena política inglesa y europea. El uso del velo en los parlamentos está avanzando y naturalizándose, mostrándose ante la población como algo positivo, asociado a la multiculturalidad y la diversidad. Lejos de ser algo progresista, la presencia de un símbolo patriarcal y de sumisión de la mujer en la esfera política significa un retroceso enorme en la lucha por los derechos de la mujer y su emancipación. La aceptación acrítica del velo en las instituciones públicas es una claudicación de la izquierda y sus banderas: secularismo, ciencia, razón y progreso.
El caso de Rotherham es particularmente grave debido al trasfondo histórico de la ciudad, puesto que fue escenario de uno de los escándalos más oscuros de la historia reciente del Reino Unido: entre los años 90 y 2000, se documentaron más de 1.400 casos de abuso sexual infantil perpetrados por bandas organizadas, predominantemente de origen paquistaní. Las autoridades locales, temerosas de ser acusadas de racismo, encubrieron sistemáticamente estos crímenes, lo que generó una profunda desconfianza hacia las instituciones y el manejo de las cuestiones relacionadas con la ‘diversidad cultural’. La elección de Rukhsana como alcaldesa, siendo una mujer de ascendencia paquistaní que porta el velo, es una decisión políticamente inadmisible e injustificable.
El Partido Laborista, que domina el consejo municipal de Rotherham, ha priorizado el electoralismo para captar el voto de la comunidad musulmana, que en el Reino Unido representa 3,4 millones de personas y tiene un peso electoral significativo. De hecho, la designación de Rukhsana no fue mediante voto popular sino a través del consejo municipal. Sin duda, una maniobra lamentable del laborismo.
El secularismo, entendido como la separación entre Religión y Estado, garantiza que las instituciones públicas no se vean influenciadas por símbolos o prácticas religiosas que puedan polarizar a la sociedad o perpetuar desigualdades. La imagen de una alcaldesa con velo, en un cargo que debería representar a todos los ciudadanos, introduce una carga religiosa e ideológica que dinamita por los aires este principio.
Este hecho no es un caso aislado, sino parte de una tendencia más amplia en Europa, donde algunos sectores de la izquierda posmoderna han adoptado posturas que, en nombre de la ‘diversidad’, renuncian a la defensa de valores como el laicismo y la igualdad entre hombres y mujeres. Los líderes comunitarios musulmanes están estableciendo relaciones con estas organizaciones, proporcionando un nicho de voto musulmán a cambio de influencia política. Esta dinámica, lejos de promover una integración basada en valores compartidos, refuerza divisiones religiosas e identitarias y destroza la cohesión de la sociedad. Un caldo de cultivo que genera guetos y que se convierte en combustible para la derecha radical.
La izquierda posmoderna ha renunciado al laicismo y a la defensa de la emancipación de la mujer en favor de estrategias electoralistas. Con la normalización de símbolos religiosos en las instituciones públicas que oprimen a la mujer, se están pisoteando los logros alcanzados y los valores que han sido fundamentales para el progreso social en Europa. No podemos callar ante esta deriva reaccionaria.
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