¿Qué puede salir mal de todo esto?

Por Luis Aneiros

Tengo que comenzar este artículo lamentando las dificultades personales que me impiden ser más regular en mis publicaciones, ya que hay ocasiones, como la que protagoniza la política española estos días, en las que me hubiera gustado analizar el proceso, y no tan sólo el desastroso final. En estas ocasiones, el camino explica mejor las cosas que la meta, incluso cuando esta meta es tan lamentable como una nueva repetición de las elecciones generales, demostración inequívoca de la ineptitud de nuestros políticos.

Por mucho análisis y disección que se haga, ya sólo nos queda preguntarnos si los españoles nos merecemos los representantes que tenemos. Porque , y a pesar del sentir general, cabe la posibilidad de que sí, de que tengamos los políticos que nos hemos ganado en cuarenta años de desinterés real por la política y los políticos. Si los partidos políticos consideran que estos líderes son también nuestros líderes, que nos representan y que son la mejor opción para personalizar las distintas sensibilidades de la sociedad, es que algo hemos tenido que hacer mal estas últimas cuatro décadas como electores y “jefes” de diputados y ministros. Es absolutamente imposible hacer coincidir tanta indecencia, tanta egolatría, tanta falta de sensibilidad, tanto desprecio por los ciudadanos… y, sobre todo, tan poca conciencia de sus obligaciones. Para ellos, su trabajo consiste en mantener los privilegios que les han permitido llegar a donde ahora están. Bancos, grandes empresas, iglesia católica, compañías eléctricas y petrolíferas… éstos son quienes los eligen, sin urnas ni campaña electoral, y quienes sostienen obscenamente necesidades particulares como unas nuevas elecciones, las cuartas en cuatro años.

Los que realmente examinan a nuestros políticos no somos nosotros, sino los que, pasado el tiempo, ponen las notas en forma de puertas giratorias

Vaya por delante una opinión muy personal: tan sólo Pablo Iglesias tenía una opción inteligente. Los otros tres, Sánchez, Casado y Rivera, sabían que cualquier cosa que hicieran o dijeran sería una torpeza. De ahí que mantuvieron un silencio cobarde hasta el final, en el que Albert Rivera demostró lo dicho, al aparecer con una propuesta rayana en lo grotesco, y que podríamos calificar como cómica de no ser por lo que tiene de cruda realidad. Pedro Sánchez sólo abría la boca para decir que no a todo, que ya se sabe que nuestro líder socialista es muy de decir que no en las grandes ocasiones. Pablo Casado se ha reído, nada más. Es consciente de su papel como elemento decorativo temporal, en espera del huracán gallego, y limita su actuación pública a lucir una sonrisa, inexplicable en ciertos momentos, que lo hacen más insostenible en su partido todavía.

Y he dicho que sólo Iglesias tenía una opción inteligente, pero no que la haya tomado. Ese empeño personal en quedar para los libros de historia como el líder del gran cambio social europeo, le obliga a intentar alcanzar puestos de gobierno, como si sólo desde ellos se pudieran cambiar las cosas. El 15M ha provocado más revoluciones sociales en España que todo lo que Podemos haya podido hacer desde los órganos de poder a los que ha llegado. Era el momento perfecto para demostrar que las necesidades de la gente están por encima de las ambiciones políticas o personales. ¿Que Iglesias tenía razón al señalar que, si se le necesitaba para gobernar, lo justo sería tener una representación proporcional en el Consejo de Ministros? Pues sí, pero tener razón no es suficiente cuando se trata de solucionar los problemas de los españoles. Iglesias sigue teniendo razón, pero miren a donde nos ha llevado esa razón. ¿Y cuál era esa opción inteligente de la que hablaba, y que sólo Unidas Podemos tenía? Garantizar un sí en la investidura en los días finales, tras el último acto de patetismo de Sánchez suplicando la abstención de PP y Ciudadanos. Garantizar un sí envenenado, y garantizar también una oposición que demostraría que son la única fuerza de izquierdas en España en estos momentos. Por delante vendrían cuatro años (o no) en los que el gobierno se vería obligado a retratarse ante tantas promesas hechas para ganar la moción de censura, y que nunca se llegaron a cumplir. Educación, Justicia, empleo, sanidad, dependencia, migración, libertades… Derogaciones que hoy ya sólo se llaman reformas y reformas que hoy ya sólo rellenan cajones de despachos.

¿Se imaginan ustedes lo paradójico de una situación en la que Sánchez, aún con más escaños en el Congreso, tendrá menos posibilidades matemáticas de gobernar que ahora?

¿Y qué va a ocurrir ahora? Pues está claro que lo que pretende Pedro Sánchez, no. Su falta de sentido de la realidad le hace esperar una mayoría absoluta, imagino que como premio a su firmeza ante el acoso de las “fuerzas del populismo de extrema izquierda”. Pero, aún partiendo del esperado aumento de votos del PSOE, no deja de sorprenderme la cortedad de miras de nuestro presidente en funciones. Más votos a los socialistas supondrá, sin dudas, menos votos a Unidas Podemos. ¿Se imaginan ustedes lo paradójico de una situación en la que Sánchez, aún con más escaños en el Congreso, tendrá menos posibilidades matemáticas de gobernar que ahora? Y, para los que supongan que su opción futura sería un pacto con Ciudadanos, se debe recordar que las encuestas también les dan unos resultados peores a los de Rivera, con lo cual tampoco sería suficiente.

¿Existe la posibilidad de que el trío de la derecha sume suficientes escaños como para hacerse con el gobierno? La abstención tiene, en este tema, un gran papel, y el teatrillo interpretado por Sánchez e Iglesias ha hecho que muchos votantes de izquierda dejen de tener fe en las verdaderas intenciones de ambas formaciones. Pero, a pesar de todo, se intuye difícil un escenario final muy diferente al actual, por lo cual la maniobra del presidente del gobierno de adelantar las elecciones sólo supondrá más gasto público en lo que la gente no necesita y un motivo más para el hartazgo general de los españoles.

Nos podría quedar, al menos, el consuelo de que se haya aprendido algo de todo esto, pero los errores son algo de lo que se puede sacar lecciones sólo si se quiere sacar lecciones. Y en la política española la única lección que se aprende es aquella en la que se explican la mentira, la manipulación, la falta de asunción de responsabilidades, la venganza y el ansia de poder. Los que realmente examinan a nuestros políticos no somos nosotros, sino los que, pasado el tiempo, ponen las notas en forma de puertas giratorias, y en los libros de texto de nuestros políticos sólo hay una frase: “Por cada español satisfecho hay un poderoso triste”. Son trabajadores que han fracasado en sus obligaciones laborales, y que se presentarán de nuevo a la convocatoria de las mismas plazas, donde las obligaciones serán las mismas y los métodos no parece que vayan a cambiar. ¿Qué puede salir mal de todo esto?

Así pues, se prevé una repetición, no sólo de las elecciones, sino también de la situación parlamentaria. ¿Quién va a variar su postura? ¿En base a qué misterioso proyecto se va a conformar un pacto, que será igual de imprescindible que lo era en esta ocasión? ¿Aquellos que él mismo confesó que quisieron impedírselo, van a permitir a Pedro Sánchez una coalición de gobierno con UP? ¿Se habrán dado ya cuenta del inmenso ridículo que han hecho todos ellos, o simplemente estarán ensayando los discursos necesarios para demostrarnos a los ciudadanos que, si lo vemos todo igual, es porque estamos equivocados y que debemos de fiarnos de lo que nos dicen más que de lo que razonemos nosotros solitos?

Y para terminar… ¿sabemos que no tenemos por qué repetir nuestro voto? ¿Sabemos que, cuando no cumplen lo prometido, podemos castigarlos cambiándolo? ¿O seguimos siendo tan… fieles?

Es mi opinión.

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