Pakistán-India: De Dioses y fronteras

India y Pakistán, con una larga y caliente frontera de casi tres mil kilómetros y una historia en común tan antigua como intensa, están consiguiendo expulsar a los Dioses.

Por Guadi Calvo / Línea Internacional

En el distrito Rahim Yar, de la ciudad pakistaní de Bhong, próxima a la frontera de la provincia india de Punjab, el pasado miércoles cuatro se produjeron importantes destrozos a un samadhi (santuario) dedicado a Ganesha, uno de los dioses más venerados de la mitología hindú. El ataque lanzado por fieles musulmanes, se originó tras conocerse que un tribunal local otorgó la libertad, bajo fianza, a un niño hindú de nueve años, detenido el pasado 24 de julio, acusado de haber orinado en la biblioteca de una madrassa (escuela coránica). El menor de todas formas fue fichado por el tribunal, que no aceptó las disculpas de los líderes de la comunidad hindú local, quienes alegaron más allá de la edad del “reo”, que padecía problemas mentales. El menor, fue puesto bajo las rigurosas leyes de blasfemia que rigen en el país, las que contemplan hasta penas de muerte, para aquellos que comentan blasfemia o apostasía.

Existen denuncias que la policía dejó hacer, antes de intervenir, dándoles tiempo a los exaltados que al grito de Allahu Akbar, literalmente “Dios Mediante”, aunque popularmente traduce como “Dios es Grande”, produjeron importantes daños a las instalaciones, destrozando ídolos e incendiando parte del samadhi.

Si bien el hecho es prácticamente insignificante en sí mismo, enmarcado en la constante tensión que existe ente Islamabad y Nueva Delhi, es para tenerlo en cuenta, ya que situaciones similares, se han cobrado, en muchas oportunidades, centenares de vidas, de uno y otro lado de las fronteras.

Las autoridades de Bhong, han informado que su prioridad es “restaurar la ley y el orden y brindar protección a la comunidad hindú” de la región, aproximadamente unas cien familias. Dado la situación de violencia, por seguridad el menor fue alojado en una cárcel del distrito por disposición judicial. Durante los ataques la turba intentó también asaltar varios domicilios de miembros destacado de la comunidad hindú y cortaron durante tres horas una importante ruta de la región, lo que obligó a las autoridades a desplegar fuerzas policiales para despejar esa vía.

Según fuentes indias, este habría sido el séptimo ataque a un templo hindú en el último año y medio, registrándose el más importante en la ciudad de Rawalpindi en marzo pasado, mientras en agosto del 2020, fue demolido, sin advertencia preveía, un antiguo samadhi en Lyari, uno de los barrios más densamente poblados de la ciudad-puerto de Karachi.

En diciembre último, un santuario dedicado al shri (santo) hindú Paramhans Ji Maharaj, construido en la primera década del siglo XX, destruido en la ciudad de Teri en Karak provincia de Khyber Pakhtunkhwa. Más de mil personas participaron del ataque, después de que algunos maulana (estudiosos del Corán) pertenecientes a un partido político integrista, exigieron a las autoridades su demolición, por lo que la turba encendida se dirigió al samadhi y comenzó el ataque, sin que la policía interviniera.

Se calcula que desde 1947, el año de la partición india-pakistaní, el noventa y cinco por ciento de los templos hindúes, en Pakistán, ya no existen o bien fueron demolidos o reconvertidos para otros usos.

El año pasado, tras una fatwa (edicto religioso) declarado por un maulana de la ciudad de Lahore, la construcción no solo fue interrumpida, sino se destruyeron sus cimientos. Nada quedó de lo que iba a ser en el primer samadhi, en Islamabad, la capital pakistaní, de 1860 metros, que incluía un crematorio, fundamental para sus ceremonias funerarias y largamente reclamado por la comunidad hindú de esa ciudad. Ya que para realizar la cremación a la que obliga el sraddha, el rito funerario hindū que culmina con la cremación del cuerpo, los deudos deben trasladarse a cientos de kilómetros.

La tensión entre la mayoría musulmana, el 95 por ciento de los casi 220 millones de pakistaníes, con la minoría hindú de entre 6 y 8 millones, se incrementa de manera constante al ritmo de la crisis política y en muchos casos militar entre India y Pakistán, ambos países con arsenal nuclear, esencialmente por Cachemira región por la que ya se produjeron tres guerras e innumerables y constantes choques fronterizos.

En hostigamiento contra la comunidad hindū, la convertido en la principal víctima de las conversiones obligatorias, las que amparan las leyes pakistaníes. Se calculan que por año cerca de mil menores, particularmente niñas, son obligadas a cambiar de fe. Mientras que desde 1986, se han registrado más de 4 mil juicios por blasfemia y unas 100 personas asesinadas extrajudicialmente por apostasía, la gran mayoría hindúes.

Tras conocerse los incidentes en el samadhi de Rahim Yar Khan, viajó hasta allí el maulana Abul Kalam Azad uno de los líderes más importantes de los sectores fundamentalistas, junto con una delegación de académicos para reunirse con directivos de la comunidad hindú. Después de ese encuentro el maulana, afirmó que las minorías en Pakistán están protegidas, al tiempo que deslizó que los ataques de miércoles, habían sido una operación de los servicios de inteligencia indios.

La Hindutva o el otro lado de la moneda

El partido del actual Primer Ministro pakistaní Imran Khan, Pakistán Tehreek-e-Insaf (Movimiento por la Justicia de Pakistán) o PTI, nunca ha ocultado su fuerte tendencia rigorista y anti indias, con consignas como Hindu baat se nahi, laat se maanta hai» (Un hindú no entiende las palabras, solo patea). Aunque del otro lado de la frontera, bajo el férreo gobierno del Primer Ministro Narendra Modi y su partido Bharatiya Janata Party (Partido Popular Indio) o BJP, las cosas no son diferentes o quizás mucho peor.

Desde su llegada al poder en 2014 y mientras fue Primer Ministro (gobernador) del estado de Gujarat, Modi azuzo a sus partidarios a la causa anti islámica, y la reactualización de la Hindutva entiéndase la Hinduidad como una sociedad basada en los principios del hinduismo, con la intensión de la instauración del hindū rāṣṭravāda, (estado hindú) ha sido su gran norte ideológico. Desde su llegada al poder no ha dejado de lanzar leyes y programas para deshacerse fundamentalmente de los 200 millones de musulmanes indios, que, durante los últimos gobiernos indios, han vivido en paz y con excelentes relaciones con el resto de la comunidad.

Modi ha trabajado denodadamente para generar una grieta profunda entre hindúes y musulmanes, apelando ya no solo a la destrucción de mezquitas y madrassas, sino lanzado directamente a brigadas de la Rashtriya Swayamsevak Sangh o RSS, por sus siglas en inglés (Asociación Nacional de Voluntarios) bandas paramilitar creadas al influjo de las Sturmabteilung o S A hitlerianas, contra los barrio musulmanes o mixtos, donde se han cometido verdaderas masacre, la última de estas operaciones a gran escala se produjo, poco antes de la visita del entonces presidente norteamericano Donald Trump, un socio ideológico de Modi, en visita oficial en febrero del 2020, que han dejado un número indeterminado de muertos y desaparecidos, miles de heridos, innumerable cantidad de viviendas saqueadas y quemadas al igual que decenas de mezquitas y madrassas.

Las bandas de asalto de las RSS, no son el único recurso de Modi, para provocar a la comunidad islámica, sino que ha apelado a leyes como la Ley de Enmienda de Ciudadanía (CAA, por sus siglas en inglés) con la que prácticamente arrebata la nacionalidad a todos los musulmanes que no cuenten con documentación precisa cuando se conoce que son millones los indocumentados India, por diferentes razones, la ley apunta a legalizar a todas las minorías: hindúes, cristianos, sikhs, parsi y jainas, exceptuando ostensiblemente a los musulmanes. Además, en 2019 quitó Narendra Modi, el estatus semi autonómico a Cachemira, de mayoría musulmana, condición del que la región en disputa gozó durante décadas. Lo que ha provocado intensas revueltas en Cachemira, que se saldaron con heridos y muertos. Lo que ha obligado a Modi a un proceso de restitución de los privilegios conculcados.

India y Pakistán, con una larga y caliente frontera de casi tres mil kilómetros y una historia en común tan antigua como intensa, están consiguiendo expulsar a los Dioses.

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