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La microutopía no espera a la Historia. La microutopía ocurre hoy, aquí, con los recursos disponibles y la gente que ya está.
Por Txema García | 14/10/2026
Estamos cansados de esperar la Revolución. Con mayúscula, con fanfarria, con el momento histórico que lo cambia todo de golpe y para siempre. Llevamos siglos esperándola y cada vez que llegó algo parecido a ella, terminó devorando a sus propios hijos o convirtiéndose en la pesadilla que pretendía sustituir. Quizás el problema no era la utopía. Quizás el problema era la escala.
¿Y si dejáramos de mirar las galaxias un momento? ¿Y si bajáramos los ojos al suelo, a lo inmediato, a lo que tenemos al alcance de la mano esta misma mañana? No como resignación. No como renuncia a transformar el mundo. Sino como la única estrategia que todavía no hemos probado con suficiente convicción: la de hacer posible lo imposible empezando por lo más pequeño, lo más cercano, lo más concreto.
Las grandes utopías fracasaron, entre otras razones, porque dependían de que todo cambiara a la vez. De que la conciencia de clase llegara simultáneamente a millones de personas. De que el partido correcto tomara el poder en el momento correcto. De que la Historia —con mayúscula también ella— cooperara. Pero la Historia es una señora impredecible que no lee los programas políticos y raramente llega cuando la esperan. Y mientras tanto, la vida real de las personas reales continuaba ocurriendo en espacios pequeños, cotidianos, casi invisibles para los grandes relatos de transformación.
La microutopía no espera a la Historia. La microutopía ocurre hoy, aquí, con los recursos disponibles y la gente que ya está. No es una idea nueva. Es, de hecho, la idea más antigua que existe. Antes de que hubiera partidos, sindicatos, manifiestos e internacionales, los seres humanos sobrevivieron y crearon cultura organizándose en grupos pequeños, horizontales, basados en la confianza mutua y en la reciprocidad. Lo que la modernidad llamó progreso fue, en muchos casos, la sustitución de esas redes de cuidado mutuo por estructuras verticales de gestión. Y lo que ahora llamamos crisis —de sentido, de comunidad, de vinculación— es en buena medida el coste de esa sustitución.
La micro-utopía no es la renuncia al cambio estructural. Es su laboratorio. Es el lugar donde se practica, antes de que exista la ley que lo exige, la forma de vida que queremos generalizar. Es donde se aprende, con los pies en el barro y los fracasos a la vista, qué funciona y qué no cuando se intenta vivir de otra manera.
¿De qué estamos hablando exactamente? De esto: de un grupo de vecinos que decide compartir herramientas, semillas o conocimientos en lugar de que cada uno compre, aprenda y olvide por su cuenta. De una red de cuidados informal que se organiza para que ninguna persona mayor del barrio pase una semana sin una visita, sin una conversación, sin alguien que pregunte de verdad cómo está. De un huerto comunitario donde la tierra no le pertenece a nadie y los tomates le pertenecen a todos. De un grupo de lectura que no solo lee sino que piensa juntos, que se pregunta colectivamente cómo viven y cómo quieren vivir. De una cooperativa de consumo que decide que no va a comprar productos de empresas que explotan a sus trabajadores, aunque eso implique pagar un poco más y organizarse un poco más. De un colectivo de madres y padres que acuerda que los cumpleaños de sus hijos no van a ser una competición de regalos sino una celebración de presencia. De personas que deciden reparar en lugar de tirar, compartir en lugar de acumular, preguntar en lugar de asumir. De quien decide hablar con su vecino de ochenta años que lleva tres semanas sin salir. De quien lleva comida de más al trabajo para compartirla. De quien dice no a una dinámica laboral que destruye la salud de todos y propone una alternativa, aunque sea pequeña, aunque sea imperfecta.
Ninguno de estos gestos va a derribar el capitalismo hoy a la mañana. Pero todos ellos juntos hacen algo que ninguna revolución de manual ha conseguido hacer de forma duradera: cambiar las relaciones. Cambiar cómo nos miramos, cómo nos tratamos, qué esperamos los unos de los otros. Y ese cambio, cuando se instala en la cultura cotidiana de un grupo, de un barrio, de una comunidad, es extraordinariamente difícil de revertir. Porque ya no depende de que nadie lo decrete desde arriba. Ya existe. Ya late.
El filósofo portugués Boaventura de Sousa Santos habla de las «epistemologías del Sur» para referirse a los saberes que el pensamiento occidental dominante ignoró sistemáticamente: los saberes de los pueblos indígenas, de las comunidades campesinas, de las mujeres que sostuvieron la vida cuando los hombres estaban en las guerras. Esos saberes tienen algo en común: son saberes de la proximidad, de la escala humana, de lo que se puede ver, tocar y reparar. Son saberes que saben que el mundo se cuida de cerca.
Los pueblos originarios de América llevan siglos practicando el buen vivir —el sumak kawsay quechua, el lekil kuxlejal maya— no como programa político sino como forma cotidiana de estar en el mundo: en equilibrio con la naturaleza, en reciprocidad con la comunidad, en respeto por lo que existe y por lo que vendrá. No lo llaman micro-utopía. Lo llaman vida. Y cuando los estados y las corporaciones quieren arrebatársela, la defienden con una convicción que los grandes partidos de izquierda raramente han conseguido despertar en sus militantes, porque defienden algo concreto, tangible, inmediato: su tierra, su agua, su manera de relacionarse con todo lo vivo.
Eso es lo que la izquierda necesita aprender con urgencia: que la utopía no está en el horizonte. Está en la forma en que preparas la comida con alguien que quieres, en la forma en que cuidas a quien no puede cuidarse solo, en la forma en que decides qué merece tu tiempo y tu energía y qué no. Está en los grupos pequeños que se reúnen sin esperar que nadie los convoque, que toman decisiones sin esperar que nadie las valide, que construyen sin esperar que el sistema les dé permiso.
No estamos hablando de conformismo. Estamos hablando de la única forma de transformación que no puede ser cooptada, comprada ni desactivada por el poder: la que ya existe, la que ya funciona, la que ya es. El poder puede ilegalizar una organización, puede corromper un partido, puede vaciar de contenido una ley. Pero no puede ilegalizar la forma en que dos personas se cuidan mutuamente. No puede corromper una red de vecinos que comparten lo que tienen. No puede vaciar de contenido la decisión de alguien, de tí, de mí, de nuestros vecinos, de vivir de otra manera a partir de mañana.
La microutopía es el acto revolucionario más difícil de reprimir que existe. Porque no tiene sede, ni secretario general, ni congreso fundacional. Tiene personas. Y las personas, cuando deciden de verdad, son indetenibles.
Un amigo me lo dijo hace poco con una sencillez que desarmaba cualquier argumento sofisticado: “Existen actividades grupales que trabajan desde el silencio y la empatía. Son acciones aparentemente pequeñas pero muy grandes en su interior. Intento participar en alguna de ellas y eso me salva del pesimismo en estos tiempos de amenaza de colapso”. Así que ya que no podemos hacer aquella revolución grande y hermosa soñada en nuestra juventud combativa, hagamos pequeñas revoluciones para sobrevivir ayudándonos.
No conozco mejor definición de microutopía que esa. No viene de ningún libro de teoría política. Viene de alguien que encontró la manera de no rendirse. Y eso, en estos tiempos, es exactamente lo que hace falta: no héroes ni vanguardias ni profetas del cambio. Personas que encuentran la manera de no rendirse. Y que lo hacen juntas.
Empecemos hoy. Aquí. Con quien tenemos al lado. Porque la utopía sirve para caminar. Pero también sirve para algo más inmediato y más urgente: para saber cómo dar el siguiente paso. Y el siguiente paso no está en el futuro. Está en esta tarde, en esta conversación, en este gesto pequeño e irreversible que cambia algo, aunque sea algo muy pequeño, aunque sea solo entre tú, yo y otra persona. Eso también es la revolución. Y quizás es la única que dura.
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