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La clase trabajadora no puede permanecer pasiva: es imprescindible un rearme político e ideológico que fortalezca las estructuras sindicales y los movimientos sociales independientes.
Por Oriol Sabata | 31/12/2025
En un contexto de creciente incertidumbre económica y política, la clase trabajadora en España se enfrenta a un 2026 marcado por tres fenómenos estructurales que amenazan sus condiciones de vida: el auge de la derecha radical, la militarización de Europa y la pérdida de puestos de trabajo derivada de la implantación de la inteligencia artificial (IA).
El auge de la derecha radical: un voto de castigo ante la renuncia de la izquierda
El ascenso de la derecha radical en España y en Europa se produce como consecuencia directa de la renuncia de la izquierda sistémica a defender y mejorar las condiciones materiales de los trabajadores. Partidos como Vox han capitalizado el descontento popular, presentándose como alternativas a un establishment que ha priorizado agendas liberales o identitarias por encima de las necesidades reales de la clase obrera, como salarios dignos, vivienda asequible o protección social.
A menudo se asume que la sociedad española posee una base ideológica sólida y definida, pero la realidad es distinta. A grandes rasgos, lo que predomina no es una adhesión fervorosa a determinadas ideologías, sino un voto de castigo: los electores optan por opciones alternativas o, directamente, por la abstención como forma de protesta. Este desengaño se agrava en un contexto de crisis económica persistente, donde la izquierda institucional ha fallado en revertir la precariedad laboral heredada de la gran crisis (2008-2014) y agravada por la pandemia. Para 2026, este auge podría traducirse en una mayor polarización política, con fórmulas que, paradójicamente, no resuelven los problemas de fondo de los trabajadores, sino que los distraen de las verdaderas causas de su malestar.
La militarización de Europa: hacia una ‘economía de guerra’ a costa de los trabajadores
En el plano europeo, la militarización emerge como uno de los grandes problemas que enfrentará la clase trabajadora en el futuro inmediato. La OTAN y la burocracia de Bruselas están usando el contexto geopolítico, marcado por la guerra en Ucrania, para situar a Rusia como la gran amenaza para el continente. Moscú es el pretexto perfecto para impulsar un proceso de reconversión industrial hacia una economía de guerra. Fábricas que antes producían bienes civiles ahora se orientan a la producción armamentística, lo que afecta directamente las condiciones de vida de los trabajadores al priorizar el gasto militar sobre el inversión social.
A pesar del relato oficial de los dirigentes europeos, el sostenimiento de esta maquinaria bélica implica inevitablemente recortes en áreas como sanidad, educación o pensiones, para financiar el aumento del presupuesto en defensa exigido por la OTAN y las instituciones de Bruselas. En España, esto podría significar una mayor precarización laboral en sectores industriales, con despidos masivos en reconversiones o condiciones de trabajo más duras en plantas militarizadas. Ante esta deriva belicista, se hace imprescindible un movimiento de contestación que se oponga frontalmente a ella. Los trabajadores no deben convertirse en la carne de cañón de intereses geoestratégicos ajenos.
La pérdida de empleos por la IA: ¿progreso o herramienta de explotación?
El tercer fenómeno, la implantación masiva de la inteligencia artificial, genera una profunda incertidumbre entre la clase trabajadora. Ya en la actualidad, su adopción está provocando despidos en sectores como la banca, el periodismo, la manufactura o los servicios administrativos, donde algoritmos y sistemas automatizados reemplazan tareas humanas con mayor eficiencia y menor costo para las empresas.
No se trata de oponerse al avance tecnológico per se, sino de apuntar a quién tiene el control. Los trabajadores deben organizarse sindicalmente para exigir que la IA se ponga al servicio de sus intereses, reduciendo jornadas laborales, mejorando condiciones o redistribuyendo la riqueza generada. En lugar de ser una herramienta más de la elite capitalista para aumentar su plusvalía a costa de la miseria obrera, la IA podría fomentar el bienestar colectivo si se democratiza su uso. Pero esto nunca ocurrirá en un marco capitalista. Para 2026, con predicciones de millones de empleos perdidos en Europa, esta organización será clave para evitar una ola de desempleo estructural que profundice todavía más la desigualdad.
Rearme político e ideológico como respuesta
Frente a estos tres grandes fenómenos —el auge de la derecha radical, la militarización de Europa y la generalización de la IA—, la clase trabajadora no puede permanecer pasiva. Es imprescindible un rearme político e ideológico que fortalezca las estructuras sindicales y los movimientos sociales independientes. Solo mediante la unidad y la conciencia de clase se podrá dar respuesta a estas amenazas, canalizando el descontento que impera actualmente hacia una transformación social. El 2026 no tiene por qué ser un año de retrocesos, puede ser un punto de inflexión en la lucha por un futuro donde los trabajadores comiencen a tomar las riendas de su destino.
Cuando los medios de comunicación y la educación está en manos de gente al servicio del capitalismo, es difícil conseguir la unidad y la conciencia de clase. Desgraciadamente, la gente vota a los ricos porque creen que podrán ser como ellos, nadie quiere identificarse como clase trabajadora.
Eso es lo que transmiten los medios de comunicación. Además de transmitirnos miedo hacia el enemigo que a ellos les interesa. La izquierda hemos de hacernos más visibles y ser más contundentes.