La ‘prioridad nacional’ y los intereses de la patronal: lo que no dice la derecha

Colas frente a una oficina de atención a la ciudadanía en Barcelona. Foto: Manu Mitru

Es mucho más cómodo y electoralmente más rentable estigmatizar al inmigrante que señalar al empresario que llena sus campos o sus cocinas con trabajadores precarios.

Por Joaquín Castro | 23/04/2026

Una vez más, PP y Vox han encontrado el chivo expiatorio perfecto: el inmigrante. Con su propuesta de “prioridad nacional” en el acceso al empleo, la vivienda o las prestaciones sociales, ambos partidos vuelven a señalar con el dedo al eslabón más débil de la sociedad. Es un argumento tramposo, sencillo y electoralmente rentable, pero que esquiva con deliberada torpeza la raíz del problema: un modelo migratorio caótico, sin planificación alguna, diseñado para garantizar a la patronal un suministro constante y barato de mano de obra.

El discurso de la derecha es claro y repetitivo: “los españoles primero”. Suena patriótico. Pero en realidad es una maniobra de distracción. Porque mientras PP y Vox machacan al inmigrante —al que presentan como invasor, competidor desleal o carga—, guardan un silencio cómplice absoluto sobre quienes realmente tiran de los hilos de este sistema: los empresarios y las organizaciones patronales que llevan décadas exigiendo y celebrando flujos migratorios descontrolados.

Nadie en la derecha cuestiona por qué las grandes empresas del campo, la construcción, la hostelería o los cuidados necesitan cada año decenas de miles de trabajadores extranjeros dispuestos a aceptar condiciones precarias, salarios bajos y sin apenas derechos. Nadie señala que el actual modelo migratorio no es fruto del azar, sino de una política deliberada de oferta ilimitada de mano de obra barata que permite mantener costes laborales bajos y márgenes de beneficio altos. El inmigrante no es el problema; es la víctima perfecta de un engranaje que lo instrumentaliza.

Llega sin contrato, sin formación previa, sin red de apoyo y en ocasiones sin conocimiento del idioma. Se le coloca en empleos temporales, en negro o en fraude, y se le usa para presionar a la baja los salarios del conjunto de la clase trabajadora. Y cuando la situación se desborda —concentración en determinados barrios, saturación de servicios o conflicto social—, entonces aparece el político de derechas para culpar al de fuera, no al empresario que lo contrató sin papeles ni condiciones dignas.

Es la clásica estrategia de dividir al de abajo para que el de arriba siga cobrando. La derecha habla de cortar los flujos migratorios pero evita confrontar con la patronal, que es la principal interesada en que esta dinámica se mantenga igual. Un modelo planificado, con cupos reales ajustados a las necesidades productivas, con exigencias de integración lingüística y cultural, y con sanciones severas a quien explota mano de obra vulnerable, reduciría los flujos masivos y acabaría con el negocio redondo de la precariedad.

Pero eso supondría tocar intereses reales. Y es mucho más cómodo —y electoralmente más rentable— estigmatizar al inmigrante que señalar al empresario que llena sus campos o sus cocinas con trabajadores precarios. Es más fácil gritar “prioridad nacional” que reconocer que el problema no es que vengan, sino cómo y por qué vienen: sin control, sin planificación y para beneficio exclusivo de quien luego se rasga las vestiduras cuando ve colas en los comedores sociales.

La izquierda tampoco sale indemne de este debate, porque durante años ha practicado un multiculturalismo naïf que ha ignorado los efectos reales de la migración descontrolada sobre las clases populares. Pero eso no exime a la derecha de su hipocresía. Mientras PP y Vox agitan banderas y hablan de “defensa de lo nuestro”, protegen con su silencio al verdadero motor del caos migratorio: un sistema que convierte al ser humano en mercancía desechable al servicio de la cuenta de resultados de la patronal.

Lo que España necesita no es más demagogia antiinmigrante. Necesita un modelo migratorio serio, planificado y soberano: que garantice integración real y que ponga fin a la explotación sistemática. La “prioridad nacional” de la derecha no es más que una cortina de humo para no tocar los intereses de la patronal, que son realmente quienes mandan en este país.

2 Comments

  1. Me comí una frase y no se entiende el principio de mi comentario. Quería decir «La izquierda «a la izquierda del PSOE» está cavando su tumba al no hacer de los argumentos de este análisis (los del artículo) sus propios argumentos.»

  2. La izquierda «a la izquierda del PSOE» está cavando su tumba al no hacer de los argumentos de este análisis, nada nuevo, por otra parte, véanse las opiniones sobre la inmigración masiva que tenía el PC francés en los años 80. La ultraderecha no sube por «los okupas» ni por los independentistas, sube sobre todo por el problema migratorio, hablas con conocidos y cada vez más te encuentras con alguno que siempre fue «relativamente» de izquierdas que te dice que está dispuesto a vender su alma al diablo durante 4 años con tal de no tener que volver a oír al de Recursos Humanos de su empresa que si no está contento hay 100 inmigrantes que no se quejan deseando su puesto.
    No verlo es de una ceguera escandalosa y lo vamos a pagar todos.

    Sobre el artículo, comentar que el problema no es que vengan, sino cómo y por qué, y sobre todo ¡cuántos!

    Ya Engels escribía en ‘La situación de la clase obrera en Inglaterra’ sobre el perjuicio que la inmigración irlandesa causaba. Y según el censo de 1841, un par de años antes de la estancia del alemán en Manchester, los irlandeses eran poco más del 2% de la población total del R. Unido, unos 280.000 en un país de unos 17 millones. Hoy, en todo el estado español, hay una decena de millones de inmigrantes sobre una población total de unos 50, 9 o 10 veces más, porcentualmente, que en el estado británico de los 1840. Las cifras son más significativas si consideramos el origen, porque no es lo mismo irlandeses en Inglaterra, portugueses en España o eslovacos en Chequia que pakistaníes en España, venezolanos en Dinamarca o cameruneses en Italia. El conflicto social se multiplica cuando los orígenes culturales y étnicos son más diferentes y por lo tanto dificultan más la integración y la convivencia. La «sociedad multicultural» es propaganda psicológica neoliberal para normalizar la inmigración masiva. Ninguna sociedad multicultural ha vivido nunca en paz a menos que se diera una situación de apartheid como en la España medieval y el mundo árabe/otomano; pero hoy no aceptaríamos que hubiese unos barrios para nativos y otros para subsaharianos, otros para amerindios, otros para magrebíes, asiáticos, etc.

    Si algo hizo bien la izquierda posmoderna, fue reconocer la importancia de lo identitario, lo cultural: el hombre no es solo fuerza de trabajo, lleva consigo una cosmovisión propia de la sociedad en donde creció de la que no se va a deshacer como quien se cambiar de zapatos aunque quisiera, que tampoco es lo habitual. Es sorprendente que sea precisamente la izquierda «posmo», «progre», encabezada por Sumar y Podemos, que abandonó a los clásicos y el «socialismo realmente existente» por la sociología francesa, la que defienda con uñas y dientes la inmigración masiva. Los «progresistas» han acabado formando un tándem con la derecha liberal en el que deberían sentirse incómodos, pero «por lo que sea», no lo están (que imagine cada uno la teoría conspiratoria que prefiera).

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