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Se puede vender Euskadi como destino de excelencia ambiental en una feria de Miami mientras la misma costa que separa esa feria de la realidad se convierte en un estercolero a la vista de cualquiera
Por Txema García | 4/07/2026
Hay una postal y hay una trastienda, y en Getxo están separadas por menos de una milla náutica. La postal la conoce todo el mundo: la terminal Olatua, en el muelle de Arriluce, recibiendo este año más de 90 escalas de cruceros y por encima de los 150.000 pasajeros, una cifra que supera la barrera que el puerto se había marcado como objetivo histórico ocho años después de la inauguración de la terminal. Por allí desfilan, con la regularidad de un reloj de lujo, el Queen Anne de Cunard, el Disney Fantasy, el Ritz Carlton Ilma, el japonés Asuka II, el MSC Virtuosa. El Grupo Royal Caribbean es quien más escalas registra, con 26 a lo largo de la temporada, y a su lado desfilan Carnival, Disney, MSC, Hapag-Lloyd, Oceania, Ponant, Cunard. Una procesión de hoteles flotantes de cinco estrellas que entra por la bocana del Superpuerto de Bilbao, atraviesa la ría, deja en Getxo miles de cruceristas con la cartera abierta para pintxos, taxis y souvenirs, y se marcha dejando atrás la sensación de haber visitado un paraíso atlántico ordenado, próspero, sostenible, “inteligente”. La Autoridad Portuaria, mientras tanto, certifica con orgullo que la zona de los muelles de cruceros está a los pies de la fantástica playa de Ereaga y del Paseo del Marqués de Arriluce, una excelente zona para pasear muy cerca de los palacetes levantados en tiempos pasados con el sudor y, a veces, hasta la sangre de nativos y emigrantes venidos de lejanas a tierras a trabajar en las minas de Triano.
Pues bien. A menos de una milla de esa terminal, siguiendo la misma línea de costa que recorren todos esos buques al entrar y salir por la bocana, pasada la playa de Arrigunaga, bajo los acantilados de Aixerrota y hasta casi el cierre del Superpuerto, hay otra cosa. Llevo años viéndola, y ayer mismo, por la tarde, volví a fotografiarla porque las palabras solas no bastan para que se entienda la dimensión del despropósito.
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Lo que hay es esto: chasis de coches enteros, devorados por la herrumbre y la sal marina, con los asientos todavía reconocibles entre planchas de metal retorcido. Hay quien podría pensar que es arte povera marino, una instalación de algún festival de escultura ready-made. No lo es. Es chatarra de verdad, arrojada o varada en las rocas, exactamente en el tramo de costa que ven, desde la cubierta de sus camarotes con balcón, los pasajeros del Sky Princess o del Mein Schiff cuando enfilan la bocana hacia Getxo. Hay también un maremagnum de troncos y maderos acumulados a lo largo de cientos de metros, una marea de madera muerta tan densa que tapa por completo las rocas de debajo, con las grúas del puerto comercial recortándose al fondo entre la bruma, como recordatorio de que toda esa basura flotante y toda esa actividad portuaria comparten el mismo paisaje y probablemente el mismo origen. Y hay, esparcidos entre la vegetación costera que crece tozuda entre las piedras, neumáticos, garrafas de plástico, espuma de poliestireno, restos de electrodomésticos, bidones, bolsas, todo el inventario de un vertedero al aire libre que cualquier persona puede visitar caminando desde la misma terminal de cruceros que las instituciones venden como escaparate de modernidad.
No hace falta ser ingeniero ambiental para entender lo que se ve en esas fotografías. Hace falta, simplemente, caminar hasta allí, como he hecho yo decenas de veces a lo largo de los años. Y digo esto con la honestidad que exige cualquier denuncia seria: lo que sigue no es un informe técnico ni una sentencia judicial, es el testimonio directo de quien ha visto esa costa convertida en lo que muestran esas fotografías, tomadas ayer mismo por la tarde, sin que ninguna administración haya dado, hasta donde yo conozco, una explicación pública ni un plan concreto al respecto. Ese tramo de litoral no figura en el itinerario de ningún crucero, no aparece en ningún folleto de la oficina de turismo, no forma parte del relato del “efecto Guggenheim” que Bilbao y Getxo lleva treinta años repitiendo en cada feria internacional del sector. Y esa ausencia, lo sepan o no quienes diseñan esos folletos, funciona exactamente como el reverso de la postal: lo que no se muestra porque no conviene mostrarlo, mientras a menos de una milla de distancia se cobra, con razón, por presumir de fachada marítima ante miles de turistas de alto poder adquisitivo.
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Quiero ser preciso en la acusación, porque la contundencia exige precisión y no solo indignación. Lo que puedo afirmar con certeza, porque lo he comprobado con mis propios ojos y con mi propia cámara, es que esa acumulación de residuos lleva años visible para cualquiera que pasee por esa zona, y que convive sin solución de continuidad con el mayor orgullo institucional del territorio: la imagen de Bizkaia como destino de cruceros de lujo, sostenible, gestionado con vocación de excelencia. No tengo en mis manos un expediente, una denuncia formal o un informe técnico que certifique la inacción de cada administración con nombre y fecha; lo que tengo es la evidencia visual repetida durante años y la pregunta que de ella se deriva, legítima y necesaria: ¿cómo es posible que esto persista a un paso de donde se gestiona, con tanto mimo, la llegada de cada crucero de lujo?
Tampoco puedo certificar con precisión forense el origen exacto de cada residuo que aparece en estas fotografías. Lo que sí puedo decir, como cualquiera que mire las imágenes sin necesidad de ser perito, es que buena parte de lo que ahí se ve —chasis de coches, neumáticos, restos de electrodomésticos— no tiene pinta de haber llegado flotando desde el Atlántico. Llega de aquí. Es vertido clandestino, dejación, basura doméstica e industrial depositada sobre un acantilado donde se sabe, porque la experiencia de años lo confirma, que nadie va a venir a limpiarlo con la urgencia que merece. Y lo que sí llega arrastrado por el mar —la madera, los plásticos de un solo uso, los restos de aparejos— se acumula también porque ningún plan de limpieza sistemática y constante se aplica con la misma intensidad con la que se aplican los planes de promoción turística.
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Aquí está, en toda su crudeza, la jerarquía real de prioridades de nuestras instituciones. Hay presupuesto, hay personal, hay viajes a Miami y a Hamburgo, hay inversión de 36,4 millones de euros en infraestructura portuaria para que los cruceros atraquen con comodidad. Hay sistemas de electrificación de muelles, hay placas fotovoltaicas, hay un discurso entero de sostenibilidad ambiental construido con esmero para presentar Getxo y Bilbao como destino «verde» ante las navieras del mundo. Y a quince minutos a pie de toda esa parafernalia, hay un acantilado convertido en cementerio de chatarra que, hasta donde yo he podido comprobar con mis propios ojos durante años, ninguna partida presupuestaria parece encontrar nunca el momento de atender con la contundencia necesaria.
No exagero al hablar de hipocresía institucional, porque la palabra encaja con precisión clínica en lo que aquí se describe. Se puede vender Euskadi como destino de excelencia ambiental en una feria de Miami mientras la misma costa que separa esa feria de la realidad se convierte en un estercolero a la vista de cualquiera. Se puede hablar de «escala verde que apasiona» —la expresión es literal, la usan los promotores del propio sector— mientras la fauna marina de esos acantilados convive con neumáticos y bidones de plástico semienterrados entre la vegetación. Se puede presumir del Puente Colgante, Patrimonio de la Humanidad, y del Casco Viejo bilbaíno con sus edificios renacentistas, mientras a un paseo de distancia el litoral acumula años de abandono sin que ninguna administración asuma con seriedad la responsabilidad de resolverlo.
¿De quién es esa responsabilidad? Entiendo que de cada una de las tres administraciones que tienen competencia sobre ese tramo de costa, cada una mirando hacia otro lado con la excusa cómoda de que la jurisdicción exacta corresponde a la vecina: el Ayuntamiento de Getxo, que presume del turismo de cruceros como motor económico local; la Autoridad Portuaria de Bilbao, que gestiona el dominio público portuario y que difícilmente puede alegar desconocimiento de lo que ocurre a un paso de sus propios muelles; y el Gobierno Vasco, que financia campañas de promoción turística y discursos de sostenibilidad mientras delega en otros la limpieza efectiva del litoral. Entre los tres, la inacción —tal y como yo la he podido constatar con mis propios ojos durante años, sin que ello suponga una acusación jurídica formal a ninguna de las tres por separado— se reparte con la misma elegancia con la que se reparten los créditos cuando llega un crucero emblemático: cada uno se atribuye el mérito del turismo de lujo, y ninguno parece asumir, hasta donde yo he visto, el coste político de limpiar la vergüenza que queda a su sombra.
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La pregunta que ninguna nota de prensa institucional va a formular jamás es bien simple: ¿qué pensarían los más de 150.000 cruceristas que pisarán Getxo este año si, en lugar del recorrido cuidadosamente diseñado hacia el Casco Viejo y el Guggenheim, alguien los llevara a dar un paseo por Arrigunaga hasta Aixerrota? La respuesta es obvia, y es exactamente la razón por la que ese paseo nunca formará parte de ningún itinerario oficial. El turismo de cruceros, como toda escenografía bien montada, necesita que el decorado termine justo donde empieza lo que no se quiere mostrar.
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Esta es la otra cara de la moneda del llamado efecto Guggenheim, la que nunca aparece en los informes de impacto económico ni en los discursos institucionales sobre el éxito del modelo vasco de regeneración urbana. Una costa, nuestra costa, convertida en vertedero a cielo abierto a la vista de cualquiera que se atreva a caminar quince minutos más allá del límite donde termina la fotografía oficial. Y unas instituciones que, mientras presumen en Miami de sostenibilidad y excelencia, llevan —según lo que yo mismo he podido comprobar, año tras año, con mis propios ojos— mucho tiempo sin que esa vergüenza desaparezca, óxido sobre óxido, plástico sobre plástico, exactamente al lado de donde atracan los hoteles flotantes que tanto nos enorgullece recibir.
Ven y cuéntalo, decía el eslogan sacado por la Consejería de Turismo del Gobierno Vasco en los años noventa para dar a conocer la excelencias turísticas de este pequelo país dentro de Euskal Herria. Pues sí, ven y cuéntalo todo. Incluida la milla que nadie quiere que se cuente.
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