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Nada funcionaba con rigor elemental. Ni los autobuses de línea, ni el habeas corpus (mucho menos). La economía, en barrena; la banca, nacionalizada; granjas incendiadas con el recado disperso de la ganadería acribillada a tiros mientras la población moría de hambre.
Por Primitivo Carbajo | 22/04/2026
El Perú fue virreinato y sus titulares se esforzaron en vivir como reyes, con sus cortes y cortejos, como en Valladolid, Madrid o Sevilla. Con sus toros y toreros en la plaza de Lima. Monarcas por delegación de un territorio enorme, que no conocían. Respirando el incienso de los eclesiásticos, los tufos a churrasco de las hogueras de la Inquisición, alentando a la autoridad militar y conviviendo todos con sus roces y cosillas, como en Madrid pero muy lejos de Madrid. Dolidos por la melancolía que les imponía la panza de burro limeña, en un desierto de arena, pena (pena penita pena). Extremaban la vida de corte para sentirse menos expatriados y, al máximo, sus diligencias con la producción y logística de la plata para su mayor rendimiento. Y siempre jodiendo o con ganas.
Hubo sublevaciones, todas castigadas con finalidad de escarmiento. La más relevante fue la de José Gabriel Condorcanqui Noguera, Túpac-Amaru II, en 1780-81. Decretó la abolición de la esclavitud de los negros, por primera vez en América. Era descendiente del último Inca.
La rebelión impugnaba todo el sistema administrativo y económico que imponían los colonizadores. Los indígenas no tenían opción a prosperar desde su condición de esclavos de hecho. El caudillo fue apresado y decapitado… “la muchedumbre lanzó un inmenso grito de dolor que pareció que el día del Juicio Final había llegado; inmediatamente se inició un sonoro repique de campanas de la catedral, acompañadas por aquellas de los monasterios e iglesias de toda la ciudad del Cusco”.
La independencia se proclamó en 1821. La república caminó el resto del siglo por rebeliones y golpes militares y guerra, por lo demás, descontadas las rebeliones étnicas, nada muy distinto de lo que acontecía en la exmetrópoli (tres guerras civiles y un porrillo de asonadas militares), mantenían esa tácita sintonía. La antigua corte de encomenderos y miteros se reseteó para seguir dueños de grandes territorios y de las almas que hubiera dentro, pero ya sin propósitos evangelizadores: ingas y mandingas, indios y negros, y chinos que vinieron de remplazo cuando se abolió la esclavitud sobre el papel. “Engañados como chinos” se hizo proverbial en el habla hispana.
Los criollos, descendientes de los españoles y de los europeos que fueron llegando, ponían el ojo, además de la plata, en la pureza racial de su casta, con generosos descartes que metían en un mismo saco, cada vez más apretado -“Lo que no tiene de inga lo tiene de mandinga”-, para que siguieran procreando entre ellos la mezcolanza. En aquel ambiente, la democracia, si algo asomaba de eso, era una entelequia análoga a la del libro cuando la conquista.
Hasta 1968, con el golpe y dictadura del general Velasco Alvarado, no hubo un gobierno con veleidades izquierdistas. Duró siete años y dio tiempo para realizar una reforma agraria y algunas nacionalizaciones, en particular la del petróleo que explotaban los gringos. Otro general, Morales Bermúdez, primer ministro del gobierno, acabó con su propio golpe con las veleidades de la “revolución militar”, el colapso económico que había provocado y con su corrupción, para poner la suya y revertir a sus dueños lo nacionalizado. Y ahora vengo yo.
En el siglo XVII Guamán Poma, después de recorrer durante años el virreinato, escribió la “nueva crónica y buen gobierno”, por primera vez la visión de las cosas desde el otro lado, o sea, con la mirada india, y se la remitió al rey Carlos II, El Hechizado. Es uno de los libros más originales de la historiografía mundial. De 1.180 páginas y casi 400 láminas dibujadas. Dio para reconstruir numerosos aspectos pasados por alto o ignorados de la sociedad peruana después de la Conquista.
Los Cronistas de Indias ya habían escrito con garbo y hecho historia. Las mejores crónicas entraron por derecho propio en el Siglo de Oro de la literatura española. Literatura, Historia. Literatura histórica, historia literaria. Como Vargas-Llosa y la pregunta de marras. Aquellos cronistas dieron pie a lo que luego se acotó como Imaginario, el Imaginario Americano, resultado de su brillante escritura y del tamiz del nihil obstat de sotanas y espadas que aún hubo de pasar, con sus aportaciones en forma y contenidos.
Todo deslumbrante, allá sobre el terreno -desde el principio mismo- y acá, con el aturdimiento de la doctrina imperial que Corona e Iglesia imponían, sus alguaciles más perturbadostodavía con lo que iban leyendode allá. Guamán Poma contribuyó de modo determinante a poner las cosas en su sitio.
Quise seguir la estela de aquellos cronistas y episodios en un largo viaje por el Perú originario, que incluía Ecuador y Bolivia, desgajados con las guerras de independencia. Fue en 1990, por rendirles homenaje de periodista en la inminencia del Quinto Centenario, por contrastar su mirada de aquellos territorios con su actualidad, cinco siglos y tantos episodios después. Un viaje largo y extraordinario, deslumbrante cómo no, del que ya fue bastante para mí salir vivo y contarlo. Mi crónica tardó treinta años en publicarse, hasta el nihil obstat de Moisés Barcia (Derrotas andinas, Ed. Morgante, por si apetece más detalle de la jodienda que voy contando).
“Acá la vida va en serio, en Europa es cursi”, me respondió Franciso Lluc, anciano que vivía en Bolivia exiliado, ya por propia voluntad, y en sí mismo un caudal de historia; había participado con grado en la represión del SIM cuando la Guerra Civil española y pasado por las cárceles bolivianas por sospecharse de su apoyo al Che, no tenía mal recuerdo de este experiencia, nunca estuvo solo. La vida “de verdad” de allá, me dijo, yo en las últimas etapas del viaje, se interpreta en Europa como una abstracción, sobre la que se teoriza mucho pero nada más, engordando la ficción, tal que una cursilada. Como la formulación de la intriga, cuándo se jodió el Perú, postureo en la jodienda.
Perú, cuando yo aterricé y fui bajando de norte a sur, estaba en campaña electoral y otra vez en guerra artera y cruenta. Llegué a la proclamación de Varguitas, el admirado escritor que se planteó la pregunta de marras, como candidato a la presidencia del país, aquella fiesta en Arequipa, su patria chica y la de Belaúnde Terry, el presidente reformista al que golpeó Velasco Alvarado.
Vargas Llosa, quede claro, continúa siendo, ya para siempre, uno de mis autores predilectos, lo venero. Además lo entrevisté una vez, voraz de sus palabras y gestos durante más de hora y media, un banquete de gloria, todo el tiempo hablando de su literatura y personajes. “Para Primitivo, un recuerdo cordial después de una conversación interminable. La Coruña, junio, 1982”, me escribió en un ejemplar de La guerra del fin del mundo. Lo conservo como el más evocador de mis pocos fetiches.
En Perú ya no me tentó otra entrevista. Como político, su mensaje me pareció enteramente deplorable. Buscaba el voto de los informales que sobrevivían al margen del estado, enfatizando él sus lastres. Neoliberalismo con el cuño de su amiga Margaret Theacher y de Reagan, Donald como el pariente gringo actual y el pato. La URSS se derrumbaba. Mario exponía su modelo de referencia y prosperidad en Bolivia, cuando el espinazo de la economía boliviana, todo quisque lo sabía, era el narcotráfico, la cocaína. Pero también, en su descargo, ¿cómo nadar en aquella pecera?
El país estaba en guerra civil que no se dirimía en frentes de guerra. A lo sumo, en vagos territorios. Los contendientes, en un todos contra todos. Infiltrados en la sociedad para asomar con ruidosas operaciones de falsa bandera, aquí y allá, bombas y balaceras que podían estallar de repente en cualquier parte, incluso en las misas de las catedrales.
El ejército y la policía no congeniaban y ambos estaban llamados a combatir a los terroristas oficiales, Sendero Luminoso, los terrucos maoístas, y los marta (Movimiento Armado Revolucionario Tupac Amaru), guerrilla de corte guevarista uniformada. Las dos fuerzas revolucionarias se batallaban a su vez con odios fieros y también militares y policías se mataban entre ellos, por no estar claras las órdenes ni el mando único, por confundirse con los uniformes que vestían en las operaciones de falsa bandera para colgarles a otros los muertos o, lo más común, por las disputas del botín.
El narcotráfico imponía sus condiciones en todos los frentes, en los revolucionarios y en la médula del estado, de su simulacro; en los combates del Alto Huallaga que ventilaban el cacho a pillar en la fabulosa producción de cocaína de la región, un nuevo potosí, las aguas del gran río contaminadas como cloaca por la química de la fábrica extendida.
Nada funcionaba con rigor elemental. Ni los autobuses de línea, ni el habeas corpus (mucho menos). La economía, en barrena; la banca, nacionalizada; granjas incendiadas con el recado disperso de la ganadería acribillada a tiros mientras la población moría de hambre; el rastro negro del humo también en las fachadas de industrias dinamitadas. Todas las noches tenían su calentura, al norte o al sur, más las llamas permanentes de Ayacucho. De noche y de día. No me dejaron pasar.
Lo iba viendo en las fotos y en la televisión, en los relatos de testigos y los oficiales. De día las bombas viajaban en taxis y bicicletas y estallaban, en el objetivo fijado o por un bache, sin reparar en quien estuviera delante. Ayacucho siempre épico. Pero en cualquier otro sitio la bomba o la balacera reventaban la ya forzada normalidad de los ritos cotidianos, en las calles o en la catedral de Trujillo.
-¡En Miraflores! ¡No puede ser! -escandalizó el primer coche bomba aparcado en el florido y lujoso barrio limeño.
Aquel año la inflación alcanzó el 7.650% anual. En el periodo llegó al 60.000% o por ahí. Caos, hambre y miseria ad nauseam, cotidianos, en el centro de las ciudades y por sus barrios, en todas las provincias, en vivo y en los telediarios. Vi a una comunidad de El Callao comer la carne de un cerdo hinchado que habían rescatado de un vertedero, llena de gusanos.
-¡Se van a morir!
-Bueno, pués. De todas formas morimos, ¿mejor con hambre?
-¡No lo coman, por favor! Seguramente les cause dolores horrorosos, ¿me entiende?
-Ya nos duele el hambre, ¿me entiende usted?
Presidía aquel infierno Alan García; la histórica Apra, socialdemócrata, había conquistado por primera vez el poder con el mocetón de labia cautivadora, “¿Es usted el Felipe González peruano?”, “Ah, no, está equivocado: él es el Alan García español”. Cautivaba a las mujeres, también como cantante de rancheras con el infierno a sus pies, “Con dinero y sin dinero… ¡sigo sieeendoel reeey!”. Lo cantó en su cumpleaños ante los muchos convidados a la fiesta.
La vida se había convertido en pesadilla, los periódicos y noticieros insistían todo los días en ello, “pesadilla” en páginas pares e impares, en cada programa, y para despertar de ella, el aún presidente García y el opositor Varguitas se disputaban la presidencia, todo el griterío de su pelea para despertar al desayuno, ellos y sus partidarios y los terceros no menos hostigantes. Contra todo pronóstico, el Chino Alberto Fujimori ganó las elecciones.
Ni el falabarato de izquierdas perorando entre cascotes en la sangría, ni el prestigioso escritor en el baluarte de los informales reclamando menos estado (salvo en defensa, que ya consumía la parte del león del presupuesto sin matar su hambre). Ganó el pragmatismo de las organizaciones empresariales, de las queFujimori provenía y al que promovieron con bastante discreción mediática. De ahí la sorpresa. Los otros dos y sus partidarios andaban todo el día a gritos y a la greña. El Chino era en realidad japonés, un empresario japonés con doble nacionalidad.
El Perú alberga la mayor población de origen asiática de Latinoamérica. Llegaron como se dijo antes,como refuerzo y remplazo de los esclavos liberados, con promesas ellos de contrato, como mandaba la abolición de la esclavitud: Trabajaron como esclavos.En Perú hay unos tres millones de ciudadanos de ascendencia china y más de medio millón de la japonesa. Más del 10% de la población. Han tenido mucha influencia en la rica cocina peruana. Sus chifes hegemonizan el sector de restauntes y el Chifegate es uno de los platos políticos de los últimos años, para la jodienda no perder pulso.
Representan un salto étnico en el escalafón del saco. Un buen cacho de la tarta electoral, de común relegado, que vio en El Chino, aunque fuese japonés, su oportunidad para salir del atolladero monstruoso en que todos estaban, ingas, mandingas y chinos con sus mestizajes todos.
A Fujimori no le importaba el mote. Con él, el rasgo de sus ojos y sin quemarse en la campaña, ya tenía esa porción de tarta en las manos. Otro cacho de la población también anhelaba algo distinto y nuevo, aunque sólo fuera de raza, y los dos cachos le dieron la victoria.
García tuvo que huir por los tejados de su casa y las vecinas de la policía que fue a buscarlo, hasta refugiarse en la Francia de Mitterrand. Dos años después, El Chino dio un golpe de estado para implantar una dictadura cívico-militar bajo su mando, compartido con un ocultista cruel de su confianza, Vladimir Montesinos. Acabaron con la jodienda de terrucos y martas, obviemos a qué precio. Drástico programa de reformas neoliberales, violación constante de los derechos humanos, corrupción a mansalva como antes. En 2000, diez años después, El Chino huyó a Japón y renunció a la presidencia por fax.
Fue detenido en Chile en 2005, deportado y juzgado. Condenado a 25 años de prisión por homicidio y secuestro agravados en dos de las masacres de su mandato. Por crímenes de lesa humanidad. Su hija Keiko saltó a la política para defender y continuar su legado. Ha sido derrotada tres veces en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. La cuarta podría ser su vencida contra Porky, numerario del Opus Dei y de la motosierra.
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