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La izquierda vive en permanente modo electoral, obsesionada con la correlación de fuerzas inmediata y con la preservación de ciertas cuotas de poder institucional.
Por Ricardo Guerrero | 11/10)2026
A medida que se acerca un nuevo ciclo electoral en España, la izquierda recupera, casi por inercia, dos mensajes que ya resultan familiares: la necesidad de unidad y la advertencia sobre los riesgos de un gobierno de derechas. Ambos discursos tienen una base real. La fragmentación ha penalizado electoralmente en el pasado y la llegada de opciones que combinan conservadurismo económico con posiciones autoritarias o reaccionarias genera inquietud legítima en amplios sectores. Sin embargo, la repetición ritual de estas consignas no resuelve el problema de fondo que arrastra la izquierda desde hace tiempo: su incapacidad para sostenerse más allá de las marcas electorales creadas con fines puramente tácticos.
Las coaliciones, plataformas y siglas inventadas para maximizar escaños en un momento concreto han demostrado una vida útil corta. Sirven para sumar votos en una convocatoria, pero se desgastan con rapidez cuando llega el momento de gobernar o de mantener una narrativa coherente fuera de campaña. El resultado es una izquierda que vive en permanente modo electoral, obsesionada con la correlación de fuerzas inmediata y con la preservación de ciertas cuotas de poder institucional. Esa lógica cortoplacista, lejos de fortalecerla, la ha debilitado. Al renunciar progresivamente al componente transformador —es decir, a la voluntad explícita de alterar las relaciones de poder y de distribución de la riqueza de forma estructural—, ha terminado gestionando, en el mejor de los casos, las migajas del sistema.
Esta deriva no es inocua. Cuando las políticas se limitan a parches dentro de los márgenes que el modelo económico y la arquitectura europea permiten, la clase trabajadora percibe con claridad que sus condiciones materiales apenas mejoran o, en algunos casos, empeoran. La vivienda sigue siendo inalcanzable para amplios sectores jóvenes y no tan jóvenes; los salarios reales se estancan o crecen por debajo de la productividad en muchos sectores; la precariedad laboral no desaparece con reformas parciales; y los servicios públicos, aunque se defienden en el discurso, sufren tensiones crecientes por falta de financiación estructural. El resultado es una frustración que se expresa de varias formas: abstención creciente, desmovilización de las bases tradicionales y, en no pocos casos, desplazamiento de voto hacia opciones de derecha, incluso cuando estas no ofrecen mejores respuestas materiales.
El error no está únicamente en las personas o en las siglas del momento, sino en la renuncia estratégica. Una izquierda que acepta como horizonte máximo la administración más o menos eficiente del capitalismo pierde su razón de ser histórica y, con ella, su capacidad de conectar con quienes más necesitan cambios profundos.
Las marcas electorales pueden ganar elecciones puntuales, pero no construyen adhesión duradera ni generan la confianza necesaria para afrontar reformas de calado cuando se está en el gobierno. Tampoco sirven para resistir el desgaste del poder, porque carecen de un relato y de una base organizativa que trascienda el ciclo electoral.
Frenar esta dinámica exige algo más que llamadas genéricas a la unidad. Requiere fijar directrices de largo plazo que prioricen la mejora concreta de las condiciones materiales de la clase trabajadora. Esto implica aceptar que el conflicto con intereses económicos poderosos es inevitable y que la transformación no se improvisa en una legislatura.
Sin un proyecto de esas características, las advertencias sobre la derecha suenan huecas y la unidad se convierte en un mero arreglo de siglas. La izquierda no puede seguir funcionando como una suma de marcas electorales. O recupera la ambición de transformar la sociedad de manera deliberada y a largo plazo, o seguirá gestionando el descontento que ella misma alimenta.
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