La izquierda alternativa ante el 29N

¿Qué puede ocurrir con la izquierda alternativa si llega al 29-N confrontada?

Por José Luís Carpintero | 15/10/2026

Podemos a través de las declaraciones de Irene Montero ha cerrado con ERC un acuerdo por el que miembros de Podemos se incluirán en las listas republicanas en las cuatro circunscripciones catalanas, y se presentará con lista propia en el resto del Estado donde actuará en un “equipo” de campaña con Gabriel Rufián en el resto del Estado. Plantean que no se cierran a no colaborar con el Frente Unido, pero no mediante una candidatura única sino a través de un mosaico de acuerdos parciales, vetos cruzados y tácticas de supervivencia, e incluso ofreció, que inversamente, esa coalición se sume al marco que su partido.

El Frente Amplio —Izquierda Unida, Movimiento Sumar, Más Madrid y Comuns— respondió consolidando su propio cartel: Ada Colau como candidata a la Presidencia y Emilio Delgado, como cabeza de lista del Frente Amplio por Madrid, lo que aboca a Colau a Barcelona.

Esto cierra casi definitivamente las ilusiones de gran parte de la izquierda de lograr una lista común estatal a la izquierda del PSOE ya que el plazo para registrar coaliciones ante la Junta Electoral termina el viernes 16 de octubre a las 23:59.

Lo que queda no es unidad, y tenemos que preguntarnos ¿Qué puede ocurrir con la izquierda alternativa si llega al 29-N confrontada? ¿Podría hacer algo para corregir lo máximo posible su confrontación y no convertirse en el facilitador involuntario de una mayoría de PP y Vox?

En el momento actual debemos separar lo anunciado de lo que todavía no está cerrado en pactos.

Está anunciado: Podemos no presentará candidatura propia en Cataluña y “contribuirá” a la de ERC, encabezada por Rufián. Montero ha dicho que hará equipo con él “en el conjunto del Estado”. El Frente Amplio ha nombrado a Colau y ha cerrado Madrid con Delgado. ERC, como partido, ha cerrado la puerta a diluir sus siglas en el Frente Amplio, aunque el propio Rufián pide a republicanos y Comuns “hablarse y entenderse”.

No está cerrado: El acuerdo Podemos–ERC aún no es una coalición electoral registrada. No es lo mismo una conversación, un anuncio de colaboración y un pacto formal ante la Junta. Las conversaciones con el Frente Amplio continúan, al menos en el discurso. Colau insiste en que “todavía hay tiempo”. Podemos mantiene la propuesta de primarias abiertas (14 y 15 de octubre) para un candidato conjunto, una vía que el resto del espacio ya no trata como realista.

La distinción importa. Una parte de la izquierda se está consolando con la idea de que “aún se puede pactar”. Técnicamente, sí es posible. Políticamente, cada anuncio de listas propias encarece el pacto: quien cede ahora no cede un escaño, cede un relato de liderazgo.

La encuesta de 40dB publicada el 9 de octubre (El País / Cadena SER) ilustra el coste potencial de la división, y no debe tomarse como pronóstico. En dos escenarios hipotéticos estima entre 7 y 9 escaños si las candidaturas van separadas (Sumar/Frente Amplio en el 5,3% y Podemos en el 2,3%) y entre 15 y 19 si van juntas (9,5%). La diferencia no es magia, sino la aplicación del sistema el electoral D’Hondt en provincias de 3, 4 o 5 escaños, que funciona como un muro. Dos listas cercanas pueden hacer decenas de miles de votos y cero diputados; una lista conjunta puede entrar.

Hay que añadir el matiz de que incluso en el escenario de unidad, esa misma encuesta sitúa a PP y Vox por encima de la mayoría absoluta (estimación central de 198 escaños separados, 196 juntos). La unidad no garantiza, por sí sola, un gobierno de izquierdas. Lo que sí hace es decidir si ese espacio es socio de investidura o resto testimonial.

Si la separación se mantiene, la izquierda alternativa se expone a tres problemas reales:

Pérdida de representación por fragmentación. En provincias medianas, 8.000 votos repartidos entre 2 listas pueden costar el escaño. No hace falta que un votante de Colau se pase a Feijóo.

Confusión y desmovilización. El votante no ve un debate de programa; ve un pulso de nombres (Colau frente a Montero frente a Rufián). Eso deprime y dificulta la participación, por tanto empuja hacia el voto “útil” o a quedarse en casa.

Menor capacidad de influencia. Una representación reducida limita el peso en el Congreso, la financiación ordinaria y la palanca de cualquier negociación posterior.

Pero no debemos considerar que todo el electorado de Podemos y del Frente Amplio es intercambiable. Existen sectores que valoran precisamente que se diferencien en ofertas distintas. Por eso sumar votos separados no equivale al resultado de una lista conjunta, y tampoco es honesto fingir que la unidad recuperaría automáticamente todos los escaños del intervalo 15–19.

Pero existe un riesgo para Podemos que no es “perder peso”: es el umbral

No integrarse en la marca del Frente Amplio puede preservar identidad y evitar el papel de socio menor. Esa es la lógica interna de Montero, y no es irracional: el pacto con Rufián les da cobertura mediática, la permite decir que no va “sola” y les ahorra el coste de listas propias en Cataluña, donde Podemos ya no es un actor autónomo claro.

El problema es que esa lógica choca con la aritmética. España no tiene umbral legal estatal del 3%, pero el sistema en Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Alicante o Málaga premia la concentración. Una lista de izquierda alternativa que no concentre voto puede repetir el destino de formaciones que cruzaron el desierto entre dos elecciones: votos testimoniales, cero escaños, crisis de aparato.

¿Es el fin de Podemos? No. Pero si sería un debilitamiento grave, no una liquidación automática. Un diputado por Madrid, otro por Valencia o un efecto de arrastre de Montero pueden dejar un grupo mínimo. Lo realista no es la desaparición inmediata, sino la irrelevancia: pasar de ser veto a ser ruido. Para que esa pérdida se convierta en crisis de largo plazo tendría que persistir después del 29-N: caída de afiliación, falta de implantación territorial, asfixia financiera e incapacidad de renovar liderazgo y propuestas.

El Frente Amplio tampoco es inocente. Llega a la semana decisiva discutiendo circunscripciones, con Más Madrid colocando a Delgado por delante de Mónica García y con una unidad que aún no incluye a quien más votos puede aportar o restar.

Quien parte el espacio no es solo Podemos. Pero el coste no es simétrico: Podemos se juega existir; el Frente Amplio se juega ser decisivo; PP y Vox recogen el premio sin tener que convencer a ese votante.

¿Voto útil al PSOE? ¿Regalo a PP y Vox?

Es plausible que una parte del electorado se vaya al PSOE si cree que su papeleta es más eficaz para evitar un gobierno PP–Vox, sobre todo en provincias donde Podemos o el Frente Amplio rozan el escaño pero existen dudas sobre si lo alcanzaran. No es automático ni cuantificable con los datos disponibles. Otros se quedarán por identificación, votarán territorial o se abstendrán por frustración.

La ruptura no entrega votos a PP o Vox. El mecanismo es otro, y es más prosaico: desmovilización, derrotismo y un D’Hondt que, con dos papeletas a la izquierda del PSOE, les dificultará obtener representación en las circunscripciones medianas. Varios sondeos de estos días sitúan a PP y Vox en bandas de mayoría o muy cerca. Son fotos de campaña, no resultado. El sentido, sin embargo, es claro: el bloque de la derecha no necesita un milagro; le basta con que la izquierda se fraccione y se desaliente.

¿Qué deberían corregir, si de verdad quieren mejorar el panorama?

La corrección no es un llamamiento moral a “ser generosos”. Es una lista de decisiones concretas, a contrarreloj, que distinguen una táctica de supervivencia de una estrategia de bloque.

Dejar de negociar el cartel y negociar el mapa

Una marca única estatal ya parece fuera de alcance. Lo que todavía puede salvar escaños es un reparto territorial de no agresión: una sola lista en las provincias donde el D’Hondt castiga la división (Valencia, Alicante, Sevilla, Málaga, Zaragoza, A Coruña, las islas) y competencia abierta solo donde ambas pueden entrar (Madrid, quizá Barcelona). Ir de frente en Madrid y Barcelona y pactar en el resto no es “traición”: es aritmética. Quien lo rechace porque “rompe el relato” está eligiendo el relato contra los escaños.

Separar Cataluña del resto del Estado

El acuerdo Podemos–ERC y la candidatura de Colau por Barcelona se pisan. En 2023, Comuns rozó los 500.000 votos y 7 escaños, los mismos que ERC y Junts. Si ahora la izquierda no independentista y la independentista se disputan el mismo votante, esos escaños no se transfieren uno a uno: parte se va al PSC, parte se queda en casa, parte se diluye. Rufián no puede ser simultáneamente el altavoz estatal de Montero y el socio que niega a Comuns como referente catalán sin pagar un precio. La corrección sería un encaje explícito: ERC y Comuns no tienen por qué ir en la misma papeleta, pero sí dejar de tratarse como enemigos principales.

Bajar el conflicto de nombres a un criterio verificable

Colau, Montero, Delgado, García, Rufián. El votante no está eligiendo un programa; está asistiendo a un casting. Si hay primarias, que sean reales y con censo compartido, no un órdago a 48 horas. Si no las hay, que el criterio sea implantación territorial y no el último titular. Un espacio que no puede decidir quién encabeza Madrid o Barcelona no está en condiciones de pedir el voto útil contra la extrema derecha.

Sustituir la “colaboración” retórica por hechos registrables

“Seguiremos intentando todas las formas de colaboración” no moviliza a nadie. Lo que mueve es una coalición registrada, un protocolo de campaña conjunta, un compromiso de no agresión y un relato único frente a PP y Vox. El 16-O no admite comunicados afectuosos. O hay papeleta común en alguna parte del mapa, o hay dos marcas y hay que asumir el coste.

Hablar de política, no de aparato

Vivienda, acampadas, huelga, sanidad, precariedad. Ese es el tablero real. Mientras el espacio discute si Montero “se integra” o si Colau “es de consenso”, cede la iniciativa narrativa a quien sí tiene un marco simple. Una izquierda que llega a campaña hablando de sí misma ya ha empezado a perder.

Asumir que la unidad no basta, pero la división sobra

Incluso juntos, los sondeos no les dan hoy para bloquear una mayoría de derechas. Eso no anula el valor de concentrar voto: cambia el día después. Con 15–19 diputados hay grupo, hay visibilidad, hay capacidad de chantaje institucional. Con 7–9, o con 2, hay testimonio. Corregir el rumbo no es soñar con repetir 2015; es impedir que el espacio deje de existir como actor.

La contradicción, desnuda

La fórmula de Podemos es nítida: en Cataluña, la izquierda “nacional” es ERC; en el resto, la izquierda “alternativa” debo liderarla yo; si no me aceptáis, iré igual, con Rufián de altavoz. Eso es máxima presión negociadora y mínima coherencia de coalición. Funciona si el Frente Amplio cede el cartel. Si no cede, Podemos se queda con un aliado que no se presenta fuera de Cataluña, un competidor en su propio campo y un sistema electoral que castiga el orgullo más que el programa.

El Frente Amplio replica el espejo: invita a Podemos “porque aquí no sobra nadie” mientras confirma listas que ya no tienen hueco real para Montero. También es presión. También es cortoplacismo.

Para el conjunto de la izquierda a la izquierda del PSOE, el 29-N no se juega solo contra Feijóo y Abascal. Se juega, primero, contra su propia incapacidad de convertir un electorado todavía existente en escaños. Si no corrigen el mapa, los nombres y el calendario, la fragmentación no será un accidente: será una decisión. Y las decisiones, a diferencia de las encuestas, sí tienen autor.

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