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Los intentos de Beijing por conseguir un alto fuego entre las dos naciones, en las que tiene importantes inversiones, hasta ahora no han tenido efecto
Por Guadi Calvo | 2/05/2026
Cuando el pasado 27 de febrero, el ministro de Exteriores de Pakistán, Khawaja Muhammad Asif, anunció la guerra abierta contra Afganistán, para lo que se lanzaba la Operación Ghazab lil-Haq (Furia por la verdad), sorprendió a pocos. A partir del regreso de los talibanes a Kabul, en agosto del 2021, la relación entre ambas naciones comenzó un proceso de deterioro incontenible. (Ver: Afganistán: los mullahs en su laberinto).
Las diferencias se basan en las acusaciones pakistaníes acerca de que los mullahs dan apoyo y albergue, en su territorio, al grupo terrorista Tehrik-e Taliban Pakistan o TTP (Movimiento Talibán Pakistaní), renombrado oficialmente por Islamabad como Fitna Al Khwarij (Tentación de los renegados). Este sostenimiento a los grupos insurgentes de Pakistán, además de estar alentado por algunos factores externos como podrían ser Washington, Nueva Delhi e incluso Tel Aviv, también responde a la gratitud de Kabul hacia los muyahidines pakistaníes que han colaborado con ellos durante la larga ocupación norteamericana (2001-2021).
Prueba de esto es el notorio aumento de las acciones del TTP, en Pakistán a partir de la victoria de los afganos en la guerra contra los norteamericanos. A lo que hay que sumar desde hace un par de años las acciones, cada vez más temerarias del Ejército de Liberación de Baluchistán (BLA, por sus siglas en inglés) la organización más activa del movimiento separatista baluchí. India, en ambos casos, por su vieja controversia con Pakistán, por Cachemira, no puede ser considerada como un jugador marginal.
Según la inteligencia pakistaní, detrás de cada atentado tanto del TTP, como del BLA, el hilo conductor de las investigaciones atraviesa la Línea Durand, el trazado colonial británico de 1893 con el que Londres separó ambas naciones y el que nunca Kabul ha reconocido oficialmente. Otro punto de discordia.
Si bien desde el comienzo de la guerra los ataques se han dado casi por goteo, han generado ya algunos miles de muertos, entre los que hay que incluir a los 400 que dejó el ataque aéreo pakistaní contra el Hospital Omid, de Kabul, un centro de rehabilitación de adictos con capacidad para dos mil pacientes donde además se produjeron 250 heridos. Lo que parecen no ser los suficientes, ya que la guerra sigue pasando debajo de los radares informativos, absorbidos casi exclusivamente por la guerra de Medio Oriente, que comenzó apenas 48 horas después del conflicto entre Kabul-Islamabad.
En ese sentido, las advertencias del gobierno del Primer Ministro Shehbaz Sharif, que comenzaron con enfrentamientos fronterizos directamente entre los ejércitos de ambos países, hasta que el año pasado la aviación pakistaní comenzó una serie de ataques contra campamentos del TTP, además de bombardear Kabul y otras ciudades afganas.
Los intentos de Beijing por conseguir un alto fuego entre las dos naciones, en las que tiene importantes inversiones, hasta ahora no han tenido efecto. Las conversaciones llevadas a cabo a principios de abril en la ciudad de Urumqi, la capital de la región autónoma de Xinjiang, en el oeste de China, en las que participaron también, junto a los anfitriones, Turquía, Qatar, los Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita, donde se había acordado “no intensificar el conflicto”, según las últimas informaciones, aquello también ha fracasado.
Los ataques del lunes 27 de abril marcaron la primera operación importante desde las conversaciones de Urumqi, lo que pone de manifiesto la fragilidad de los esfuerzos de paz mediados por la comunidad internacional.
Más allá de que el gobierno del primer ministro Shehbaz Sharif, ¿o deberíamos decir del general Asim Munir, el jefe del ejército y verdadero hombre fuerte del país?, se mostró muy proactivo para albergar en su capital las conversaciones entre estadounidenses e iraníes.
Si bien el tándem Sharif-Munir aparece con mucha voluntad para conseguir la distinción entre Teherán y Washington, con sus vecinos del norte parecen no estar dispuestos a dar concesiones.
Las nuevas rondas de ataques pakistaníes a Afganistán continúan sin pausa, desde el pasado 27 cuando varias tandas de bombardeos se registraron contra la ciudad de Asadabad capital de la provincia afgana de Kunar, a catorce kilómetros de la frontera con Pakistán, donde al menos han muerto cincuenta civiles, entre ellos mujeres y niños y otros setenta han resultado heridos. El objetivo habría sido la Universidad Afgana Sayed Jamaluddin que resultó parcialmente afectada, y algunas zonas residenciales de la capital provincial. La información no precisa los ataques han sido aéreos o de misiles. Además de a Asadabad, se informó de más acciones pakistaníes contra los distritos civiles de Sarkano, Dangam, Shultan y Munawara, todos dentro de Kunar. Si bien algunas imágenes muestran a civiles escapando de los ataques entre vehículos y construcciones humeantes y nubes de polvo, no se han mencionado nuevas víctimas.
Tras los ataques del lunes Islamabad no emitió ningún comunicado, aunque acusó a medios afganos de inventar historias para “ganar simpatía y encubrir el apoyo de los talibanes afganos a Fitna Al Khwarij”.
En contra de las declaraciones de Pakistán acerca de los daños provocados en los recientes ataques a la ciudad de Asadabad, algunas ONG que operan en Afganistán confirmaron que los bombardeos y los daños denunciados existieron.
Se cree que el ataque a la universidad haya sido una confusión o un error de cálculo, ya que la Universidad se ubica apenas a mil metros de Camp Wright, una ex base militar estadounidense, donde posiblemente hubiera habido efectivos del ejército talibán
El mismo día de las operaciones contra la ciudad de Asadabad, la prensa afgana informó que fuerzas talibanes asesinaron al menos a seis guardias fronterizos pakistaníes en el paso fronterizo de Spin Boldak-Chaman, junto a la provincia afgana de Kandahar, después de que se reportara la muerte de un niño afgano a manos de los guardias pakistaníes.
A lo largo de prácticamente toda la Línea Durad, los ataques con morteros y artillería pesada son prácticamente diarios, sumando más basa y destrucción sin que se produzcan grandes movimientos de dotaciones militares lo que anuncia que será una guerra larga.
El factor iraní
En este contexto de la guerra entre Afganistán y Pakistán, no se puede ignorar de ninguna manera el conflicto entre Irán con la liga Epstein, que, a pesar de que en estas últimas semanas ha entrado gracias a las inconsistencias de Donald Trump, en lo que von Clausewitz definió como Vom Kriege o Niebla de Guerra, el estado de incertidumbre y confusión por falta de información confiable.
Las fronteras terrestres entre Irán con Pakistán y Afganistán, son de aproximadamente dos mil kilómetros y de fácil tránsito, las que por siglos caravanas de comerciantes y ejércitos han cruzado sin impedimentos naturales. Por lo de finalmente concretarse la amenaza de los Estados Unidos, de una invasión terrestre a Irán, colocar tropa en territorio pakistaní, un aliado sin reservas de Washington, no sería demasiado complejo, más allá de dos factores que se deberían atender. El posicionamiento de los baluchis, que a uno y otro lado de la línea fronteriza pugnan por una nación unida e independiente, tanto de Teherán como de Islamabad, además de considerar que Pakistán alberga después de Irán la mayor comunidad chií del mundo con cerca de 50 millones de fieles, un dato nada menor, si además se tiene en cuenta que esta congregación ha sido hostigada históricamente por los gobiernos sunitas de Pakistán y en muchísimas oportunidades bajo la cobertura de grupos fundamentalistas ad hoc, la inteligencia pakistaní direccionó, según sus necesidades políticas, sangrientos ataques contra la comunidad chií, que ya han provocado miles de muertos. El último se registró a principios del pasado febrero contra una mezquita de esta congregación, a las afueras de Islamabad, que dejó al menos 30 muertos y 170 heridos.
Es por esto que una guerra abierta entre Irán y los Estados Unidos e Israel podría afectar la seguridad regional. Donde China e India tienen mucho que perder.
De escalar la guerra en Medio Oriente, Islamabad no tendrá otra opción que cumplir con Estados Unidos. Es importante marcar en este punto que ni Sharif ni Munir estarían en sus puestos de no haber sido que la CIA, junto a la embajada norteamericana de Islamabad, operaron fuertemente para la operación parlamentaria que terminó con la destitución y prisión del primer ministro Imran Khan en abril del 2022, favores como los de la mafia, que cuando se deben pagar. Se pagan.
Además, Irán, mantiene con los talibanes, relaciones basadas en sus vínculos con la comunidad chií afgana, alrededor de unos seis millones de personas, particularmente de la etnia hazara, la que ha sido objeto de la persecución de los sectores más conservadores del talibán y fundamentalmente del Daesh-Khorasan, por considerar a esta etnia como murtadd (apóstatas).
Es en este escenario, que el conflicto afgano-pakistaní podría tomar mayor volumen regional, donde las facciones armadas separatistas e integristas, aproximadamente unas veinte de todo tipo, que operan entre estas tres naciones podrían ver su oportunidad para revindicar sus pretensiones y expandir sus operaciones.
Hasta ahora, la guerra entre Irán y la Liga Epstein, y la que se libra a ambos lados de la línea Durand, se han mantenido encapsuladas, aunque su cercanía geográfica, la complejidad histórica y la porosidad de sus fronteras son una combinación perfecta para que se expanda a límites inimaginables.
Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central. En Facebook: https://www.facebook.com/lineainternacionalGC.
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