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La Corona y el Estado no se limitaron a las compañías del siglo XVII. Hasta principios del siglo XIX la Corona figuraba como propietaria de esclavos en posesiones coloniales.
Por Ricardo Guerrero | 4/10/2026
La participación de la Corona británica en el comercio transatlántico de esclavos está documentada en registros de compañías con carta real, actas parlamentarias y bases de datos de viajes. Un proyecto reciente, el Register of British Slave Traders, reunido por historiadores de varias universidades y difundido en 2026, cataloga a unos 10.500–13.000 inversores y instituciones entre 1563 y 1807. Según ese registro y la base Slave Voyages, los barcos británicos embarcaron a más de 3 millones de africanos —la cifra estimada ronda los 3,26 millones— a lo largo de casi dos siglos y medio de actividad organizada.
El grueso de esa actividad no fue clandestino. Tras la Restauración de 1660, Carlos II concedió monopolios a compañías reales. La Company of Royal Adventurers Trading into Africa (1660) y, sobre todo, la Royal African Company (RAC), reconstituida por carta real en 1672, recibieron el derecho exclusivo de comerciar en la costa occidental de África, incluido el tráfico de personas. El gobernador y uno de los principales accionistas fue Jacobo, duque de York, hermano del rey y luego Jacobo II. La compañía mantuvo fuertes en la Costa de Oro (como Cape Coast Castle), empleó la Marina Real para proteger sus rutas y marcó a cautivos con las iniciales de la empresa o del duque. Historiadores calculan que la RAC transportó entre 150.000 y más de 200.000 personas antes de perder el monopolio efectivo; fue, durante décadas, el mayor operador individual europeo del tráfico.
El monopolio se erosionó tras la Revolución Gloriosa de 1688. Guillermo III recibió acciones de la RAC (entre ellas un traspaso gratuito de Edward Colston). En 1698 el Parlamento abrió el comercio a particulares a cambio de un derecho del 10 %. El volumen británico se multiplicó: Liverpool, Bristol y Londres se convirtieron en los principales puertos. La South Sea Company, creada en 1711, obtuvo el asiento español —el contrato para suministrar esclavos a las colonias hispanas— gracias en parte a la diplomacia de la reina Ana, que conservó una participación relevante. Jorge I y Jorge II figuraron también como inversores. Entre 1714 y 1740 esa compañía embarcó más de 43.000 cautivos, según Slave Voyages. Investigaciones recientes en sus archivos describen instrucciones para marcar a los esclavos en el hombro izquierdo con un emblema de la Corona, hierros fabricados en Inglaterra.
El periodo cubre desde las primeras empresas inglesas del siglo XVI hasta la Ley de Abolición del Comercio de Esclavos de 1807. De los aproximadamente 12,5 millones de africanos embarcados en todo el tráfico transatlántico (estimación consolidada de Slave Voyages), la cuota británica representa alrededor del 26 %. Portugal y Brasil concentraron cerca del 47 %. La mortalidad en la travesía media rondó el 12–15 % en las rutas británicas; cientos de miles murieron antes de desembarcar en el Caribe, las colonias norteamericanas o la América española. Los compradores finales eran plantadores de azúcar, tabaco y algodón; los vendedores iniciales, en la mayoría de los casos, reinos y comerciantes africanos que capturaban o compraban cautivos en el interior.
La Corona y el Estado no se limitaron a las compañías del siglo XVII. Hasta principios del siglo XIX la Corona figuraba como propietaria de esclavos en posesiones coloniales (plantaciones confiscadas, arsenales y diques reales). Entre 1795 y 1807 el Ejército británico compró miles de hombres esclavizados para unidades de las Indias Occidentales. Al mismo tiempo, desde finales del siglo XVIII creció el movimiento abolicionista. La ley de 1807 prohibió el comercio a súbditos británicos; la Slavery Abolition Act de 1833 emancipó a los esclavos del imperio (con indemnización a los propietarios y un periodo de “aprendizaje”). A partir de entonces la Marina Real patrulló el Atlántico contra el tráfico ilegal de otras banderas.
El registro de 2026 no inventa el fenómeno; sistematiza nombres —monarcas, más de un centenar de parlamentarios, directores del Banco de Inglaterra, clérigos y más de mil mujeres inversoras— y vincula marcas corporales con el emblema real en documentos de la South Sea Company. La escala de más de tres millones de personas embarcadas bajo bandera británica y la implicación directa de la Casa de Estuardo y de monarcas hannoverianos posteriores son hechos asentados en la historiografía y en las bases de datos de viajes. El mismo Estado que organizó y protegió el tráfico durante generaciones fue, después de 1807, el principal poder naval que lo reprimió.
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