La Columna de Gavazan

Sucede habitualmente que la cercanía impide a quien observa tener plena constancia de la magnitud de aquello que se encuentra ante sus ojos. Es lo que sucede en Tatev.

Salvar Al Garito IOSIF

Por Fernando Salgado

Una columna de piedra despunta en uno de los patios del Monasterio de Tatev. Mide ocho metros, tiene forma de octaedro, está coronada con una cruz de piedra (khachkar) pesa ocho toneladas y carece de más ornamentos. Estaba asentada sobre un complejo mecanismo de pesos y contrapesos y oscilaba cuando se producía vibraciones en su entorno, llegando a alcanzar ángulos de treinta grados.

Seis años fueron necesarios para construirla, entre los siglos IX y X, y desde entonces sirvió a los monjes para advertir la inminencia de un terremoto, tan habituales en Armenia, o de un movimiento de tropas, porque era capaz de detectar el galope de los caballos en una época en la que resultaban habituales las invasiones. Se llama Columna Gavazan.

El monasterio fue construido en el siglo IX como sede del obispo de Syunik, pero su origen se remonta a cinco siglos antes, porque en este lugar se encontraba una iglesia de dimensiones reducidas, dotada de una gran carga emocional e histórica porque es una de las primeras referencias del cristianismo en Armenia.

En sus mejores tiempos, el monasterio llegó a contar con un millar de monjes. Iglesias (dedicadas a san Pedro y san Pablo, con su campanario y su elegante cúpula; a san Gregorio El Iluminador, la referencia espiritual del país, y a santa María) celdas, mausoleos (el filósofo Grigor Tatevasi cuenta con uno de ellos), refectorios y otros edificios componen un amplio complejo amurallado.

Su mayor tesoro posiblemente sea su biblioteca (matenadaram), cuyos volúmenes escondían los monjes en las cámaras habilitadas con esta finalidad bajo tierra. Tatev fue una universidad medieval, un potentísimo foco que irradió el conocimiento por todos los rincones del país.

Halidzor, un pequeño pueblo de la provincia de Syunik en el que viven en torno a medio centenar de vecinos, es la población donde está situado el complejo monástico. Escuchando a Lusine Ghazaryan transitamos por la historia, a su lado caminan Sara Salgado y Loli Quinteiro. Martin Karapetyan llega más tarde, conduciendo el vehículo en el que recorremos el territorio armenio.

Dos empresas, de Suiza y Austria, lo construyeron. Se conoce con el nombre de Wings of Tatev (Alas del Tatev), su recorrido tiene una longitud 5,7 kilómetros y permite contemplar el valle del río Vorotan y la sinuosa carretera que lo serpentea desde una altura superior a trescientos metros durante los quince minutos que dura el viaje a los veinticinco apretujados pasajeros que ocupamos la cabina acristalada.Por este lugar transita una anciana de nacionalidad francesa de piel clara, menuda y esbelta. Coge mi mano para subir unos peldaños que conducen hasta una hilera donde venden recuerdos y productos de alimentación típicos y agradece la ayuda con una sonrisa. Como casi todos los visitantes, alcanzó este lugar sobrevolando el monte en un teleférico.

Dos empresas, de Suiza y Austria, lo construyeron. Se conoce con el nombre de Wings of Tatev (Alas del Tatev), su recorrido tiene una longitud 5,7 kilómetros y permite contemplar el valle del río Vorotan y la sinuosa carretera que lo serpentea desde una altura superior a trescientos metros durante los quince minutos que dura el viaje a los veinticinco apretujados pasajeros que ocupamos la cabina acristalada.

Los gatos merodean por los tejados y las gallinas buscan gusanos en el patio de una humilde vivienda en cuya terraza de madera nos aguarda la comida. Sobre un mantel de tonalidades rojizas se distribuyen los alimentos: pan (lavash) queso, pepino, tomate, berenjena, carne de cerdo y pollo y tabulé. Para finalizar, vaklava y otros postres en los que los pistachos, las nueces, las avellanas y la miel son los ingredientes habituales. Café y té.

Sucede habitualmente que la cercanía impide a quien observa tener plena constancia de la magnitud de aquello que se encuentra ante sus ojos. Es lo que sucede en Tatev. En un vehículo todo terreno nos internamos por una carretera de tierra en la que se suceden los socavones. Conduce la dueña de la casa en la que acabamos de comer y nos lleva hasta un alto desde el que contemplamos la fachada trasera del monasterio, que parece brotar del borde de un precipicio, desafiando la ley de la gravedad.

La experiencia que supuso haber transitado entre la tecnología punta (Winds of Tatev) y la medieval (la Columna de Gavazan), había tenido aquella jornada como anticipo Khndzoresk, un pueblo excavado en toba volcánica, un tipo de roca ligera, de consistencia porosa, formada por la acumulación de cenizas expulsadas a través de los respiraderos durante las erupciones.

No resulta sencillo asimilar la idea de que en 1958 varios miles de seres humanos viviesen en unos túneles excavados en unas paredes verticales, de alrededor de ciento sesenta metros de altura, a los que tenían que acceder mediante escaleras y cuerdas.

En un paraje encajonado, la escasa luz natural entraba a través de un orificio. La cocina era el centro de gravedad de la vivienda. Pueden verse vasijas para guardar el aceite, toneles para el vino, un molino manual de piedra que convertía en harina el grano, utensilios usados en la elaboración del queso, guadañas, útiles para la trilla y la agricultura, una mesa, algún camastro y un par de zapatillas permanecen en estos orificios. Es el último escenario que dejaron sus habitantes para la posteridad.

Con sus tres escuelas y sus dos iglesias, en Khndzoresk llegaron a vivir varios miles de personas. El poblado fue fundado entre los siglos XIV y XV. Cuenta una leyenda que dos hermanos llegaron a este lugar persiguiendo un ciervo y decidieron que su difícil acceso -habían tenido que descender y trepar por las empinadas gargantas de Khor Dzor- lo convertía en un refugio en un tiempo en el que eran frecuentes las confrontaciones bélicas, y llevaron sus familias. Fueron el germen de un núcleo que estuvo habitado durante varios siglos.

Llegamos al antiguo Khndzoresk desde el nuevo Khndzoresk, después de haber atravesado un puente colgante de 160 metros de largo que une los dos márgenes del desfiladero desde el año 2010, balanceándonos a 63 metros de altura. El desfiladero por el que caminamos nos conduce hasta El manantial de nueve niños, que un hombre dedicó a su esposa después de que ésta hubiese traído al mundo varios hijos en un parto múltiple y en el camino nos detenemos ante la sobria estructura de una iglesia sin puertas ni ventanas.

Austero y silencioso como el templo al que en otro tiempo se acercaban los vecinos para pedirle favores a dios o agradecerle su intercesión en la resolución de sus asuntos, nos recibe un hombre vestido con una camisa y un pantalón de color negro, una camiseta azul y barba de varios días. Extiende su mano derecha y nos invita a pasar. Las piedras del suelo están levantadas. Una cruz descansa sobre una pared de la que se desprende la cal,  sobre la que alguien escribió fechas y palabras, y de la que cuelga el cuadro de una virgen.

La luz de la mañana soleada se filtra a través de las ventanas. El abandono deja impresas sus huellas en la única nave de que consta. En una mesa cubierta con un tapete bordado pueden verse recipientes usados en otro tiempo en las ceremonias. Una pequeña estancia que pudo haber sido la sacristía es el refugio de decenas de murciélagos, que encuentran en este lugar silencio y oscuridad.

Algunos fragmentos de las columnas están esparcidos por el suelo y otras fueron amontonadas y parecen aguardar a que alguien detenga en ellas su vista y evite que el paso del tiempo y el efecto de los meteoros elimine este vestigio.

Sobre una mesa de patas torneadas y dos estancias observo un libro de visitas en el que dejo constancia de la desolación que provoca el abandono en un activista de la asociación cultural Capitán Gosende, de la Terra de Montes, que no por ser testigo de la misma en el lugar donde nació se resigna ante la mansedumbre de aquellos que aceptaron el exterminio.

El agua, que entra por la cabecera de una parcela caracterizada por su pendiente, se distribuye por el huerto a través de un sistema de canalizaciones. Crecen las hortalizas y los árboles frutales en un sorprendente oasis donde encontramos refugio frente a un sol que calienta con intensidad. En una hornacina situada en una pared del templo, nuestro silencioso guía nos muestra una khachkar, y sobre el dintel hay una inscripción. Abandonamos el templo siguiendo sus pasos. Con Lusine Ghazaryan, Sara Salgado, Loli Quinteiro y Martin Karapetyan camino sobre un suelo reseco siguiendo un itinerario en pendiente que nos lleva hasta su improvisada casa. Con planchas  de madera, cartón y plástico construyó las paredes y el plástico sustituye al cristal en las ventanas. Sujeta bajo un árbol, la caja vacía de un televisor sirve de marco de un letrero en el que hace un llamamiento para que cuiden el entorno.

Un lavabo de plástico, una hamaca… Todo ofrece una imagen de fragilidad y uno se pregunta cómo se las arreglará en invierno, cuando el termómetro marque diez grados bajo cero, o cuando la lluvia caiga con fuerza.  Y de nuevo se repite la lección: aquellos que poco tienen no dudan en repartirlo entre los demás. Aquel hombre discreto y humilde, con aire de místico y anacoreta, nos llena los bolsillos de fruta.

Viajamos por el sudeste del país. El calor aprieta, la carretera es irregular, un tramo bien asfaltado deja paso a otro en el que abundan los socavones, circunstancia que obliga a Martin Karapetyan a maniobrar una y otra vez. Al atardecer, los rebaños de vacas retornan a sus cuadras trazando una hilera por uno de los márgenes y, cuando deben cruzar la calzada, los coches hacen un alto para cederles el paso.

Los Lada apartan se apartan a un lado para no entorpecer la circulación de los modelos de fabricación alemana y japonesa. El robusto vehículo que fue en otro tiempo emblema de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas sufre para subir las pendientes y en las cunetas pueden verse las carrocerías de numerosos que fueron abandonados y se oxidan lentamente. Son su cementerio.

Llegamos a Goris al atardecer. A 253 kilómetros de Ereván, la capital de Armenia. Se extiende sobre un valle a los pies de una gran montaña verde. Su arquitectura es similar a la de otras ciudades. Las casas se caracterizan por una combinación entre dos colores, gris y blanco. Casi todas son de construcción antigua y cuentan con balcones. No hay aceras, un canal de una cuarta de ancho y una profundidad similar discurre en paralelo a la carretera y un sistema de canalizaciones aéreas sirve para recoger el agua de la lluvia y transportarla hasta estos cauces. Tampoco cuenta con una red de alumbrado público.

Delante de las fachadas se instalaron los puestos de venta de vodka de morera, vino, adobos, frutas o dulces, pero ahora ya declina el sol y las sombras se imponen dibujando un perfil impreciso de una ciudad en la que no atisbamos comercios, bares ni otros establecimientos públicos. Parece vacía. Nos internamos por una explanada de tierra que antes fue un jardín y nos lleva hasta un bloque de edificios representativos de la arquitectura soviética.A la altura de un puente nos encontramos con una camada de cachorros de perros que aceptan agradecidos nuestras caricias y nos siguen cuando llega el momento de la despedida. Camiones que un día fueron patrimonio del ejército se caen a pedazos, abundan los coches abandonados y en una calle en pendiente se encuentra un cuartel rodeado de penumbra.

Sentimos la impresión de haber accedido a un territorio privado. Familias enteras charlan delante de sus fachadas y observan con curiosidad y sorpresa nuestro paso. Desde este lugar, un hombre nos sigue a través de la penumbra y desiste de hacerlo cuando alcanzamos la calle principal, donde algunas bombillas arrojan una luz tímida.

Las ramas de los árboles frutales se convierten en la bóveda del patio interior del hotel donde nos recibieron con una amplia sonrisa y al que regresamos para cenar. Solo nuestra conversación rompe el silencio. Comienza a refrescar. Armenia es un país situado sobre un altiplano, a 1.800 metros sobre el nivel del mar, donde los inviernos son duros y fríos, es habitual que la temperatura se desplome hasta menos veinte grados centígrados y que la nieve impida transitar por buena parte de la red de carreteras, mientras que los veranos son tan cortos como abrasadores.

La ciudad está atravesada por la carretera M12. Su referencia en el norte es Ereván. En dirección sur, bordea la frontera con Nagorno Karavag antes de internarse hacia Kajaran. Linchk, Vahavar y Meghri se encuentran a continuación. Agarak es la última población armenia, y el río Arax traza la cercana frontera con Irán. Una bifurcación conduce a Nagorno Karavaj a través de las montañas. La construcción de este pasadizo encajonado entre las montañas, denominado el corredor de Lachin, fue financiada por la comunidad armenia que vive en Argentina.

Como sucedió durante el período comprendido entre los años 1988 y 1994, coincidiendo con el desmoronamiento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, Goris está convertida de nuevo en un campamento militar desde el que salen tropas y suministros, y a esta ciudad llegan miles de armenios huyendo de un nuevo enfrentamiento con Azerbaiyán por el control de Nagorno Karavaj, desatado en el mes de septiembre.  Treinta mil muertos después, ambos países firmaron un alto al fuego, que no la paz, pero desde entonces siguen siendo dos países en guerra. Y estalló de nuevo.

Desde entonces, la tensión fue una constante y ambos países vivieron temerosos de que una guerra abierta pueda arrastrar a toda la región, poniendo en peligro el oleoducto Bakú-Tiflis-Ceyhan y el gasoducto del Sur del Cáucaso, que abastecen a Europa desde Azerbaiyán y discurren por el norte de Nagorno Karabaj. En Occidente ponen el acento en la economía y los muertos y heridos están en un segundo plano.

Ambos contendientes utilizan armas rusas. Armenia las obtiene a buen precio gracias a su vínculo con Moscú, pero Azerbaiyán dispone de una capacidad económica infinitamente superior gracias al petróleo, y también se las suministran Turquía e Israel. Turquía (entonces el Imperio Otomano) es el responsable del genocidio en el que murieron entre millón y medio y dos millones de armenios, cometido entre los años 1915 y 1923, que solo reconocen una veintena de los 193 países integrados en la Organización de las Naciones Unidas (ONU). España no figura entre ellos.

Las fortificaciones armenio-karabajíes dominan las alturas. La presencia de combatientes sirios abona la controversia. Los bombardeos son cotidianos en la capital, Stepanakert. Armenia cerró la carretera que conduce al enclave por el norte, ya que discurre muy cerca de la frontera de Azerbaiyán, y ahora el riesgo se centra en el corredor de Lachin.

La práctica totalidad de la población (en torno a 150.000 habitantes) es de nacionalidad armenia. Azerbaiyán argumenta que la ONU reconoce Nagorno Karavaj como territorio de su soberanía. Armenia, cuya superficie multiplicó por diez la actual (29.743 kilómetros cuadrados) fue un día la Gran Armenia, que se extendía desde las inmediaciones del mar Negro y el mar Caspio hasta el Mediterráneo.

Ahora, cuando están en de nuevo en juego los 4.800 montañosos kilómetros cuadrados del Alto de Karabaj y el conflicto se cobra más muertos y heridos, vuelve a escucharse la advertencia de quien fue el líder del Ejército Secreto por la Liberación de Armenia y murió víctima de un balazo azerí en 1993, Monte Melkonian: “Si perdemos Nagorno Karavaj, pasaremos la última página de la historia de nuestro pueblo”, vaticinó.

Desde Erevan, Lusine Ghazaryan envía un mensaje: “Con cada pérdida nos morimos con todo el pueblo y renacemos para luchar con más fuerza. Somos el único pueblo en el mundo que si vivimos en paz, emigramos, pero si estamos en peligro, todos vuelven para defender el país. La conducta de los armenios de todo el mundo merece admiración y orgullo”.

El sorprendente entramado de piedras construido entre los siglos IX y X en el Monasterio de Tatev se mantiene fijado con grapas, pero el mecanismo que provocaba su inclinación, anunciando la proximidad de un movimiento sísmico o la llegada de las tropas invasoras, desapareció hace tiempo. Hoy, la Columna de Gavazan no es más que una curiosidad. Mil cien años después, los conflictos fronterizos continúan.


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