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El caso Koldo tiene un impacto emocional inmediato: provoca rabia visceral, portadas diarias, tertulias interminables y consumo masivo. El Kitchen -pese a su escala mayor- requiere seguir tecnicismos judiciales, entender fondos reservados y espionaje político, lo que lo hace menos “vendible”
Por Lucio Martínez Pereda | 21/04/2026
Confundimos la morbosidad con la importancia real de la corrupción. Esto explica por qué un juicio capta toda la atención mientras el otro pasa desapercibido, pese a su mayor gravedad. Nos entretiene el escenario grotesco del caso Koldo – empleos ficticios, sexo, comisiones en sobres y un portero de discoteca convertido en asesor. Es un relato muy costumbrista, fácil de seguir. Es rentable para los medios: nombres conocidos, detalles sórdidos, anécdotas de enchufismo cotidiano que indignan de inmediato. Sin embargo, en el otro lado, en el caso Kitchen, se despliega un fenómeno más grave: un profundo entramado gubernamentel implicado en la fabricación de pruebas falsas. Aquí no hay caricatura sino arquitectura de poder.
La atención pública -perezosa y voraz- prefiere el escándalo del caso Koldo al mecanismo estructural de la Kitchen. El primero indigna sin exigir comprensión. El caso Kitchen -en cambio- es corrupción gubernamental de dimensiones abrumadoras: desde la cúpula de Interior, bajo un gobierno del PP, se organizó un operativo parapolicial para espiar ilegalmente , fabricar pruebas falsas y recuperar documentos comprometedores, todo ello financiado con fondos reservados del Estado. Es un caso de mayor calado institucional -manipulación del aparato del Estado para encubrir delitos- pero carece de provecho mediático: no hay infidelidades ni figuras pintorescas, solo informes fríos, grabaciones técnicas y un entramado burocrático que exige esfuerzo para entenderse.
El caso Koldo tiene un impacto emocional inmediato: provoca rabia visceral, portadas diarias, tertulias interminables y consumo masivo. El Kitchen -pese a su escala mayor- requiere seguir tecnicismos judiciales, entender fondos reservados y espionaje político, lo que lo hace menos “vendible”.
Resumiendo y de eso trata este texto: la opinión pública, perezosa y ávida de sensacionalismo, prefiere el escándalo emocional y sencillo del caso Koldo al entramado profundo y peligroso del caso Kitchen, confundiendo morbosidad con verdadera importancia de la corrupción.
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