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El rey emérito no fue un héroe, fue un oportunista que salvó su corona cuando el plan se torció.
Por Roberto Casanova | 27/02/2026
En un momento en que se produce en España la desclasificación de los archivos del intento de golpe de Estado del 23F, ciertos sectores políticos intentan rehabilitar la imagen del rey emérito Juan Carlos I. Argumentan que su intervención fue decisiva para preservar la democracia durante aquella fatídica jornada de 1981. Pero esta narrativa es una falsedad descarada, un intento burdo de blanqueo histórico que ignora la realidad: Juan Carlos I no solo conocía los planes golpistas, sino que los respaldó inicialmente. Solo cuando vio que el golpe carecía de apoyo masivo en las fuerzas armadas, ejecutó una maniobra oportunista para posicionarse como el salvador de la democracia.
Los documentos desclasificados, procedentes de ministerios como Defensa, Interior y Exteriores, incluyen 153 unidades que, en su mayoría, refuerzan la versión oficial de que el monarca frenó la asonada una vez iniciada. Sin embargo, emergen detalles incómodos: un manuscrito anónimo de los golpistas atribuye el fracaso del golpe a «dejar al Borbón libre y tratar con él como si fuese un caballero», insinuando que Juan Carlos traicionó a los sublevados después de haberles dado luz verde inicial. Historiadores y expertos mantienen dudas razonables sobre su rol previo: ¿estaba al tanto de las conspiraciones de Armada y Milans del Bosch? ¿Participó en reuniones confidenciales? Fuentes como el embajador alemán Lothar Lahn revelan que el rey expresó «comprensión, si no simpatía» hacia los golpistas en conversaciones privadas. Investigaciones periodísticas y libros como Juan Carlos I, la biografía sin silencios de Rebeca Quintans afirman que el monarca autorizó el golpe 48 horas antes, a través de intermediarios como el general Armada, en reuniones con figuras ultraderechistas como José Antonio Girón de Velasco. No fue un héroe; fue un oportunista que salvó su corona cuando el plan se torció.
Ahora, el líder del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, aprovecha esta desclasificación para pedir el regreso del emérito a España. En un mensaje en la red social X, Feijóo afirma que «sería deseable que el Rey Emérito regresara a España» para pasar «la última etapa de su vida con dignidad y en su país», reconociendo errores pero destacando su supuesto papel en el 23F. Esta petición no es aislada: el PSOE, siempre servil a la Corona, no se opone. Fuentes del Gobierno han declarado que «la decisión de si regresa o no a España depende exclusivamente de él», y que nunca se le ha impedido volver. ¿Dignidad? ¿Para quién? Juan Carlos I no merece un regreso triunfal; merece un juicio por sus actos. Su implicación en el 23F es solo la punta del iceberg de una vida marcada por el abuso de poder, el desenfreno sexual y la corrupción económica.
Hablemos claro de sus escándalos sexuales que evidencian que es un putero compulsivo. Según informes del Ejército español, entre 1976 y 1994, Juan Carlos I mantuvo relaciones con 2.154 mujeres, incluyendo 332 en solo 15 meses durante un «período pasional». Sus amantes más notorias incluyen a Corinna zu Sayn-Wittgenstein, con quien tuvo una relación que estalló en escándalo durante la cacería de elefantes en Botsuana en 2012, donde se rompió la cadera mientras España sufría una crisis económica brutal. Otro caso explosivo es el de Bárbara Rey, con quien se filtraron fotos besándose en 1994, supuestamente parte de un chantaje que involucró pagos del Estado para silenciarla. Otras mujeres como Marta Gayà, Olghina de Robilant y Gabriela de Saboya figuran en la lista de sus infidelidades, que humillaron públicamente a la reina Sofía durante décadas. En 2025, incluso surgió un rumor de un «cuarteto sexual» con vedettes, que el emérito no negó. Esta adicción al sexo no es anécdota; es un patrón de abuso de privilegios que lo convierte en un personaje indigno.
Peor aún son sus escándalos económicos, que revelan a un ladrón que saqueó fondos públicos y privados. En 2008, recibió 100 millones de dólares del rey saudí Abdallah, posiblemente una comisión por el AVE a La Meca, que ocultó en una fundación panameña en Suiza. No declaró nada, evadiendo 51 millones en impuestos. Otro caso: una cuenta en Jersey con 10 millones de euros, y pagos de la Fundación Zagatka por vuelos privados por más de ocho millones, que regularizó en 2021 con 4,4 millones a Hacienda gracias a préstamos de empresarios como Vicente Boluda y Félix Sanz Roldán. Investigaciones suizas y españolas lo vinculan a blanqueo, cohecho y fraude fiscal, incluyendo regalos no declarados como escopetas o dinero en metálico. En total, regularizó más de cinco millones en dos pagos «voluntarios» que la Fiscalía aceptó, a pesar de no ser espontáneos, salvándolo de la imputación. Sus vínculos con tramas como Gürtel, mediante gestores como Arturo Fasana, y comisiones en ventas de armas a Oriente Medio, completan el retrato de un corrupto que acumuló fortuna a costa del erario público.
El pueblo español no debe aceptar su regreso. Juan Carlos I es un golpista, un putero y un ladrón que debería ser juzgado, no rehabilitado. Basta ya de blanqueo: su legado es de vergüenza, no de gloria. Mientras PP y PSOE lo protegen, la sociedad debe exigir cuentas. Estamos hartos de mentiras ni impunidad.
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