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En la feria de Madrid no se vende turismo: se venden los restos de un crimen. Lo que ocurre en Fitur 2026 no es un simple episodio turístico.
Por Lucio Martínez Pereda | 25/01/2026
Israel promociona en la Feria Internacional de Turismo 2026, que se celebra en Madrid del 21 al 25 de enero, empresas turísticas que ofrecen viajes a territorios palestinos ocupados como Cisjordania, Jerusalén Este, Belén y las Alturas del Golán. En España no debería llamarnos mucho la atención: el llamado ‘turismo de guerra’ ya fue empleado por Franco durante la guerra para hacer propaganda de la represión llevada a cabo en la Guerra Civil.
En esta feria Israel vuelve a ocupar un espacio que se mide en metros cuadrados e impunidad. Bajo la apariencia de actividad de ocio con imágenes de desiertos románticos y hoteles de piedra rosada, lo que se vende no son viajes, sino el relato de una normalidad que quiere hacer pasar la ocupación por una cuestión bíblica y la segregación por exotismo cultural. Las ofertas lo revelan mejor que cualquier comunicado político. Jericó, Belén, Jerusalén Este o las Alturas del Golán aparecen como paradas de un itinerario espiritual.
Este esfuerzo por normalizar el genocidio es una campaña que coincide con la propuesta inmobiliaria de resorts de lujo presentada en Davos. En la feria de Madrid no se vende turismo: se venden los restos de un crimen. Lo que ocurre en Fitur 2026 no es un simple episodio turístico. Es una muestra más del modo en que la ocupación israelí busca legitimarse en el mercado del ocio como antes lo intentó con el deporte.
El director general del Ministerio de Turismo israelí, al inaugurar el pabellón, quiso ocultar la propaganda anti genocidio del evento en esta frase: “El turismo está por encima de la política”. La frase, que podría parecer banal o diplomática, encierra toda una doctrina. Es la doctrina del desvío: ocultar la violencia de la ocupación, los checkpoints, las casas demolidas tras un plácido recorrido en autobús con aire acondicionado. El turismo como anestesia del crimen.
Resulta fascinante y repugnante en igual medida ver cómo el poder fabrica neutralidades para enmascarar sus responsabilidades. Decir que el turismo está por encima de la política equivale a declarar que las víctimas están por debajo del negocio, que la vida humana debe invisibilizarse tras el decorado de los stands y los folletos. Es el mismo mecanismo por el cual los regímenes coloniales mandaban pintar de blanco las fachadas para recibir a los reyes.
Esa frase, que podría pasar por tecnocrática, es una negación de la tragedia. No habla de política porque la política- en su sentido pleno, que remite al conflicto, a la justicia, a la decisión- resultaría insoportable frente a los cadáveres de niños y a los escombros. La neutralidad turística es una coartada estética: mientras los cuerpos se amontonan, el lenguaje oficial invita a visitar playas paradisiacas
En el fondo, el director no oculta la propaganda antigenocidio: la combate con la forma aparentemente más eficaz de todas, la indiferencia decorativa. Bajo la apariencia de profesionalismo quiere conseguir que los asesinatos pierdan su gravedad . Lo que en esta frase se enunciaba no era una frase sobre turismo, sino la sustitución de la verdad por el evento y del dolor por el eslogan.
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