Etiopía, un poco más cerca de la debacle

Rodeada de enemigos internos y externos, Addis Abeba parece no tener otra posibilidad que la de escapar hacia adelante y eso, como siempre, va a tener un altísimo costo en vidas humanas, lo que siempre se considera después.

Por Guadi Calvo | 4/11/2026

Inevitable, Etiopía, a pesar de ser un país mediterráneo, navega hacia otro naufragio, volviendo a poner en riesgo su unidad territorial. Empujada por el reinicio de la guerra civil (2020-2022) en la nación africana, se ha reabierto un capítulo que nunca se había cerrado por completo.

En septiembre pasado se reactivaron los frentes de guerra, mientras que Addis Abeba responsabiliza al Frente Popular de Liberación de Tigray (FPLT) y a sus socios de la Alianza para la Supervivencia de las Fuerzas Populares de Etiopía (Tsimdo), una coalición integrada por otras seis Kililoch (regiones) separatistas, las que estarían recibiendo apoyo del presidente eritreo Isaias Afwerki. Por su parte, la dirigencia del FPLT había denunciado incursiones de las Fuerzas de Defensa Nacional de Etiopía (FDNE). Lo que fuera, lo cierto es que una vez más los rebeldes debieron abandonar la capital regional Mekelle, tras la invasión de las FDNE. Mientras que las milicias de Amhara y Afar también se encuentran en estado de movilización, previendo una avanzada sobre sus regiones por parte de las tropas federales. En este contexto, no se debe menor que Addis Abeba y Asmara hayan roto relaciones diplomáticas el pasado primero de octubre, lo que podría reiniciar la guerra por cuyo fin formal en 2019, Abiy Ahmed, recibiera el Nobel de la Paz.

Con el impulso que le ha dado su renovado mandato, el primer ministro etíope Abiy Ahmed, que acaba de comenzar, el cinco de octubre, su tercer gobierno consecutivo, el que tendría que terminar en 2031. Ahmed se ha propuesto que para entonces haya conseguido la ansiada salida al mar, la que perdió en 1991, tras una guerra que había comenzado en 1962 con la entonces provincia rebelde de Eritrea, que, a través del plebiscito de 1993, con un sugestivo 99,83 por ciento de los votos afirmativos, confirmó la separación definitiva de Addis Abeba, que a partir de entonces perdió los puertos sobre el mar Rojo de Massawa y Assab, que quedaron bajo control eritreo y los que no pudo recuperar a pesar de la guerra que estalló en 1998 y se prolongó hasta el 2000.

Desde entonces, el 95 por ciento de su comercio exterior se gestiona por puertos de Djibouti, por lo que es probable que, de generalizarse el conflicto armado en el norte, Etiopía pruebe suerte otra vez, aunque en su campaña Ahmed se comprometió a conseguirlo “mediante negociaciones”.

Promesa que se estima difícil de cumplir, ya que a Etiopía a partir de 2025 le ha surgido un nuevo enemigo, Egipto, que siente, tras la puesta en marcha de la Gran Represa para el Renacimiento Etíope (GRRE), peligrar el flujo de las aguas del Nilo, por lo que se ha lanzado a construir una alianza hasta ahora solo diplomática para cercar a Etiopía.

De esa realidad parte la Declaración Conjunta de el-Alamein, por la ciudad donde se firmó, a donde llegaron, además del anfitrión, el presidente egipcio Abdel Fattah al-Sisi, los presidentes de Eritrea, Isaias Afwerki, Hassan Sheikh Mohamud de Somalia y el general sudanés Abdel Fattah al-Burhan, líder de las Fuerzas Armadas Sudanesas (FAS), que desde 2023 libra una guerra civil con el Grupo de Apoyo Rápido, una organización paramilitar sostenida fundamentalmente por Emiratos Árabes Unidos (EAU).

El Nuevo el-Alamein se convirtió, desde su llegada, en el sueño más preciado del raís egipcio; del que aspira se convierta, además de un centro turístico de primer nivel mundial, en sede del Gobierno y de las principales universidades del país.
Con esta jugada, el Cairo se adelantó a los planteos de Addis Abeba en su desesperada búsqueda por una salida marítima, al tiempo que reafirma su presencia en la región del Cuerno de África, las costas del mar Rojo, en consideración de un posible conflicto con Etiopía por la nueva realidad del Nilo inferior, desde la inauguración de la GRRE. A lo que se le suma el rechazo al reconocimiento de Somalilandia, la región rebelde del norte de Somalia, donde Addis Abeba proyecta establecer un puerto, tras el Memorándum de Entendimiento, de enero de 2024, en que se estableció una franja costera próxima a Berbera (Somalilandia) por 50 años, a cambio del reconocimiento como nación independiente y otras ventajas económicas. Lo que Mogadiscio ha considerado inaceptable. (Ver: Etiopía: nuevas guerras en los viejos frentes).

La encrucijada etíope

Rodeada de enemigos internos y externos, Addis Abeba parece no tener otra posibilidad que la de escapar hacia adelante y eso, como siempre, va a tener un altísimo costo en vidas humanas, lo que siempre se considera después.

En previsión, los etíopes que pueden han comenzado a abandonar su país y esta última semana es el mejor ejemplo de lo que va a suceder si nadie pegar un volantazo para evitar la colisión.

El viernes 30 de octubre, una serie de disparos que se escucharon en la ciudad etíope de Moyale, de la Región de Oromia y miembro del Tsimdo, sobre la frontera con Kenia, produjeron una oleada de corridas hacia territorio keniano. Mientras que decenas de camiones de carga quedaron varados a cada lado de la frontera

El miércoles 28, la agencia de la ONU para los refugiados informó que ya unas 50 mil personas habían cruzado la frontera hacia Kenia, mientras que el día anterior habían sido 36 mil. Aunque algunas fuentes locales indican que estos números podrán ser todavía superiores, ya que los refugiados prefieren deambular por la ciudad antes que en los campamentos, por lo que el recuento es mucho más difícil. Mientras, la Organización Internacional trabaja para darles atención médica, alimentos y refugio.

Los enfrentamientos en cercanías a la frontera keniata habrían comenzado el pasado día 18 de octubre, por la apertura de una delegación del gobierno de Somalia y el izamiento de su bandera. Moyale es un área en disputa entre la administración regional de la Región de Oromia y la República de Somalia, que se remonta en el tiempo a un pueblo perteneciente a la etnia Oromo, los Boranas, un grupo pastoril y seminómada, y los Garre, que son somalíes. Esos combates se extendieron a otras comunidades, a las que se sumaron la policía regional y las milicias locales. Según se denunció, la milicia separatista del Ejército de Liberación Oromo (ELO), mayoritariamente musulmana, entre los días 20 y 24 del mes pasado asesinó al menos a sesenta cristianos ortodoxos.

Mientras en la ciudad portuaria de Obock, en el norte de Djibouti, miles de etíopes han comenzado a huir de la guerra, intentan llegar a Yemen, para después seguir hacia Arabia Saudí, un paso frecuente para los migrantes de África Oriental que intentan buscar trabajo en las monarquías del golfo. (Ver: Etiopía: La larga caravana de los invisibles) (Migrantes: también se muere en el paraíso).

Las tremendas condiciones climáticas y la crónica inseguridad de la región jamás han conseguido amilanar la voluntad de los migrantes, que saben que la única posibilidad que les queda es convertirse en semiesclavos para todo servicio de alguien en alguna de las monarquías que les permita subsistir y enviar algo de dinero a sus familias.

De los 57 mil exiliados etíopes que llegaron a Djibouti, entre enero y junio 51 mil han preferido cruzar el mar Rojo, ingresar a un país en guerra civil desde el 2012 y seguir hacia el reino saudita, lo que de ningún modo es garantía de éxito y mucho menos de sobrevivencia, ya que los abusos y los asesinatos de la guardia fronteriza saudita son solo una estación más en un viaje que puede llevar meses.

La reanudación de los combates solo ha incrementado y puesto en foco a esa migración que lleva décadas de un flujo sostenido que el contexto solo apunta a acrecentarlo. En las últimas semanas, el conflicto en Tigray provocó la llegada a Djibouti de más de 30 mil personas.

Desde Tigray hasta Yemen, los dilales (guías) que llevan a los migrantes hasta otros “colegas” que a la vez los derivan a otros intermediarios responsables en una intrincada línea del viaje siempre incierto, por lo que en cada tramo se puede pagar hasta 500 dólares. Aparte del agua y los alimentos, se venden a precios exorbitantes. En 2025, más de 200 mil etíopes llegaron a Djibouti escapando de la debacle.


Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central. 

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