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Mientras la ultraderecha gana espacio, una parte de la izquierda parece empeñada en su particular suicidio político.
Por Encarnación Páez Alba | 16/10/2016
«La historia se repite dos veces: la primera como tragedia, la segunda como farsa».
He querido comenzar mi reflexión marciana de hoy con esta frase de Karl Marx porque cuando quienes deben defender la democracia se dividen, otros aprovechan las grietas. España no es la de 1936, pero sería irresponsable ignorar ciertos ecos inquietantes del pasado: la polarización, la demonización del adversario, el avance de los discursos autoritarios y la incapacidad de algunos dirigentes para anteponer el interés colectivo a sus ambiciones. La historia no se repite como una fotocopia, pero sus advertencias se convierten en papel mojado cuando nadie quiere escucharlas.
Mientras la ultraderecha gana espacio, una parte de la izquierda parece empeñada en su particular suicidio político. Personalismos, guerras de siglas y disputas por el liderazgo han convertido la unidad en una consigna y la fragmentación en una costumbre. La decepción que provoca que Gabriel Rufián no lidere un proyecto amplio de cooperación de las izquierdas nace, precisamente, de la esperanza de que alguien rompa esa dinámica y se atreva a construir puentes donde otros levantan trincheras. No se trata de idealizar a un dirigente, sino de lamentar otra oportunidad que parece diluirse entre cálculos partidistas. ¿De qué sirve proclamar la justicia social si se antepone la supervivencia de las propias siglas a la posibilidad de transformar la realidad?
La responsabilidad es compartida por quienes alimentan rivalidades, confunden la discrepancia con la traición y prefieren una pequeña parcela de poder a un proyecto común. La pluralidad enriquece; el sectarismo debilita. Y cada fractura irresponsable puede alejar de las urnas a ciudadanos que necesitan respuestas, no espectáculos de autofagia política.
Georges Orwell lo comprendió en nuestra Guerra Civil. En Homenaje a Cataluña retrató tanto la lucha contra el fascismo como las divisiones internas que desgarraron al campo republicano. Su experiencia dejó una lección incómoda: las causas justas también pueden debilitarse por el dogmatismo, la propaganda y las luchas fratricidas. Las buenas intenciones no eximen de responsabilidad política.
Mientras tanto, la ultraderecha utiliza las redes sociales para convertir la frustración en resentimiento y el descontento en munición electoral. Sus mensajes breves, emocionales y simplificadores encuentran eco entre personas empobrecidas, desencantadas y expuestas a información que no siempre pueden contrastar. No es la pobreza sinónimo de ignorancia: es la desesperación, cuando nadie ofrece soluciones creíbles, la que facilita que algunos señalen falsos culpables y enfrenten a los más vulnerables entre sí. Frente a ello, no basta con denunciar: hay que escuchar, proponer y cumplir.
No estamos condenados a repetir 1936, pero tampoco inmunizados contra los errores que condujeron a aquella tragedia. La democracia exige memoria, responsabilidad y coraje. Y quienes aspiran a defenderla desde la izquierda deben comprender que la unidad no significa renunciar a las ideas, sino impedir que las diferencias terminen sepultando cualquier esperanza compartida.
Cuando quienes deberían construir una alternativa se dedican a destruirse entre sí, no solo decepcionan a sus votantes: dejan el camino despejado a quienes cuestionan el pluralismo. Defender la democracia es responsabilidad de todos los demócratas, pero la historia juzgará con especial severidad a quienes, pudiendo evitar su debilitamiento, eligieron alimentar sus propias guerras.
«Lo único necesario para el triunfo del mal es que los hombres buenos no hagan nada»
Atribuido a Edmund Burke.
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