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En ‘Escapar del capitalismo’, Clara Mattei acierta al señalar que no es un orden natural caído del cielo, sino una construcción histórica.
Por Dani Seixo | 9/10/2026
Hay libros que se escriben para tranquilizar conciencias y libros que se escriben para sacudirlas. Escapar del capitalismo pertenece claramente a la segunda categoría. No estamos ante un manual de autoayuda económica ni ante una elegía reformista más. Mattei sostiene, a lo largo de cada página de este título, que el capitalismo no es «natural», «científico» ni «inevitable», sino un sistema relativamente joven y sustituible. Un virus con cura. La obra apunta sin temor a que problemas persistentes como la pobreza, el desempleo y la inflación no son «fallos» del sistema, sino «características fundamentales» del mismo. Las herramientas de los expertos económicos, los recortes presupuestarios, las subidas de tipos de interés, o los impuestos regresivos, se venden como «apolíticas», pero refuerzan la desigualdad.
Y hay que decirlo con claridad, este libro supone una herramienta para a la causa de los explotados. Desmonta la ideología de la «ciencia económica» como saber neutral, desenmascara el carácter político de las instituciones monetarias y fiscales, devolviendo al debate público la pregunta prohibida: ¿por qué debemos aceptar un sistema que delega decisiones cruciales sobre nuestras vidas en entidades donde no tenemos voz ni voto? Esa pregunta, formulada en voz alta y por escrito, tiene un valor incalculable. En un momento de creciente deslegitimación ideológica del capitalismo, un texto así es un aliado objetivo de la clase trabajadora. No se trata, por tanto, de despacharlo con desdén, sino de leerlo con atención, completando lo que deja incompleto y radicalizando lo que deja a medias.
Mattei acierta al señalar que el capitalismo no es un orden natural caído del cielo, sino una construcción histórica. Acierta al mostrar que las crisis no son accidentes, sino manifestaciones de una lógica interna. Acierta al denunciar que los tecnócratas que gestionan la economía no son sabios neutrales, sino actores políticos con intereses de clase. Acierta, al afirmar que otro mundo es posible.
El presente título, publicado oportunamente por Capitán Swing, tiene, además, el mérito de ser accesible. No se refugia en la jerga matemática que la propia autora denuncia como instrumento de exclusión. Habla de la vida real, la sanidad que antepone el beneficio a la salud, el ultranacionalismo que crece al calor de la precariedad, el desempleo que destruye proyectos vitales… Esa capacidad de conectar la crítica económica con la experiencia cotidiana es un arma pedagógica de primer orden. Y en tiempos de oscurantismo especializado, un libro que devuelve la economía al sentido común de los explotados merece ser celebrado.
Conviene, por tanto, reflexionar sobre lo que el libro hace posible pensar. Su mérito es enorme, dado que nos enseña que las decisiones de nuestros gobiernos no son meras decisiones técnicas, sino políticas. Y ese descubrimiento, lejos de cerrar el análisis, abre la puerta a la pregunta marxiana por excelencia: ¿de dónde viene la riqueza que se distribuye? ¿Qué relación social la produce?
En El capital, Marx demuestra que el secreto de la plusvalía no está en el intercambio desigual en el mercado, sino en la esfera de la producción: el capitalista compra la fuerza de trabajo por su valor y la consume durante una jornada laboral en la que el trabajador produce un valor superior al de su propia fuerza de trabajo. Esa diferencia es trabajo no remunerado, ahí radica la explotación. Y es precisamente ese fundamento el que permite entender por qué las instituciones que Mattei denuncia no son usurpadores externos de la soberanía popular, sino los administradores de un orden social basado en la explotación del trabajo asalariado. Su opacidad y su carácter antidemocrático no son un defecto de diseño, sino que suponen la forma política necesaria de un sistema que no puede someter a votación la tasa de explotación de la que depende.
Aquí es donde la distinción entre valor de uso valor de cambio adquiere toda su fuerza. El valor de uso es la utilidad concreta de una mercancía: el pan alimenta, la vivienda cobija, la medicina cura. El valor de cambio es la proporción en que se intercambia por otras mercancías. En el capitalismo, la producción de valores de uso es un medio para la producción de valor de cambio y este, a su vez, es un medio para la acumulación de capital. El capitalista no produce pan porque la gente tenga hambre, sino porque el pan puede venderse con beneficio. Si el beneficio no llega, el pan se tira, las casas se dejan vacías, las camas de hospital se cierran. No es una anomalía, es la pura lógica misma del sistema.
Por eso este sistema nos ahoga, nos desahucia y nos arrebata la vida. No es un error de cálculo ni una mala gestión. Es la subordinación del valor de uso al valor de cambio llevada hasta sus últimas consecuencias. El capitalismo produce alimentos y al mismo tiempo produce hambre, produce viviendas y produce desahucios, produce medicina y produce la muerte evitable. La crisis no es una excepción, es la forma normal en que el capital resuelve sus contradicciones, destruyendo fuerzas productivas y vidas humanas para restaurar la rentabilidad.
De lo que se trata es de abolir el capitalismo, no de gestionarlo mejor. No de disputar a los «expertos» el control del presupuesto, sino de suprimir la relación social que convierte el presupuesto en un instrumento de opresión de clase. No de hacer los bancos «más democráticos», sino de socializar la producción bajo el control consciente de los productores asociados. No de gestionar mejor la explotación, sino de acabar con ella.
El libro de Mattei nos recuerda que el sistema acusa cada crítica, cada denuncia, cada grieta en la legitimidad del capital. Su contribución es valiosa, despierta, incomoda, pregunta. Nuestra tarea es recoger esa pregunta y llevarla hasta el final. Porque el capitalismo no nos arrebata lo mejor de nosotros para que unos pocos acumulen riqueza en la cúspide, nos lo arrebata porque esa es su única forma de existir. Y contra eso, no hay institución alternativa que baste, hace falta la revolución.
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