El resurgimiento del barraquismo en Barcelona: un retroceso histórico

Este nuevo barraquismo no es solo un problema habitacional, sino un problema vinculado a la falta de políticas públicas y de un modelo migratorio planificado.

Por Joan Balfegó | 17/09/2025

Barcelona enfrenta en la actualidad un fenómeno alarmante: el resurgimiento del barraquismo. Este término, que evoca las precarias viviendas improvisadas de chabolas o barracas, había sido en gran medida erradicado durante la segunda mitad del siglo XX, gracias a políticas urbanas y sociales que transformaron la ciudad. Sin embargo, en los últimos años, hemos presenciado un nuevo auge de asentamientos irregulares.

Según datos del Ayuntamiento de Barcelona, al menos 306 personas viven en barracas, mientras que otras 209 malviven en locales ocupados por la ciudad. Este escenario, protagonizado mayoritariamente por inmigrantes en situación de vulnerabilidad, evidencia un incremento de la pobreza extrema, la falta de políticas efectivas en materia de vivienda y la ausencia de un modelo migratorio planificado que integre las necesidades de la población para evitar la formación de guetos. Estamos ante un retroceso histórico que amenaza las condiciones de vida de los ciudadanos y la cohesión social de la ciudad.

El barraquismo en el pasado

El barraquismo en Barcelona tiene raíces profundas en la industrialización del siglo XIX y la migración masiva de los años 50 y 60. Durante la posguerra, la ciudad atrajo a miles de trabajadores del interior de España, lo que generó un boom demográfico que el parque de viviendas no pudo absorber. En los años 50, se estimaba que entre 70.000 y 100.000 personas —alrededor del 7% de la población barcelonesa— vivían en más de 20.000 barracas dispersas en barrios como el Somorrostro, el Camp de la Bota, el Carmelo o Montjuïc. Estas construcciones improvisadas, hechas con materiales de desecho como cartón, madera y chapa, carecían de servicios básicos como agua, electricidad o alcantarillado, y se convirtieron en focos de pobreza, enfermedades y marginación.

A partir de los años setenta hubo un punto de inflexión. El Ayuntamiento impulsó planes de erradicación del barraquismo. Se crearon comisiones gestoras, como la de 1977, que integraron servicios sociales y educativos para reubicar a las familias en viviendas dignas. Se construyeron polígonos de vivienda social, como los de Bellvitge o el Gornal, y se promovieron talleres ocupacionales para mitigar el impacto social. En 1982, el censo municipal registró solo 1.108 barracas, y para finales de los 80, el fenómeno había sido prácticamente eliminado de la ciudad. Esta transformación no solo mejoró las condiciones de vida, sino que contribuyó a la imagen moderna de Barcelona, con la apertura al mar y la regeneración urbana que culminó en los Juegos Olímpicos.

El nuevo auge del barraquismo

A partir de los años 2000, el barraquismo ha resurgido como respuesta a nuevos desafíos socioeconómicos. La crisis financiera de 2008, seguida de la pandemia, ha disparado la pobreza extrema en la ciudad. Según el Institut d’Estudis Regionals i Metropolitans de Barcelona (IERMB), en 2020 el riesgo de pobreza severa afectaba al 12% de la población metropolitana, con un aumento notable entre inmigrantes. Hoy, el Ayuntamiento estima alrededor de 62 asentamientos irregulares, con unas 500 personas viviendo en barracas, principalmente en distritos como Sant Martí (donde se concentra la mitad), Sants-Montjuïc, Nou Barris y Gràcia. Estos números coinciden con el censo proporcionado: 306 en barracas y 209 en locales ocupados, muchos de ellos en zonas como Vallcarca, La Sagrera o el Poblenou.

El protagonismo de los inmigrantes es evidente. La mayoría proviene de África Subsahariana, el Magreb, Europa del Este (como rumanos o gitanos portugueses) y Latinoamérica. Organizaciones como Cáritas y Arquitectura sin Fronteras destacan que estos grupos, a menudo sin papeles o en situación irregular, enfrentan tasas de desempleo del 37,5% en Cataluña (frente al 16,7% de los autóctonos). Sobreviven recolectando chatarra o trabajando en la economía sumergida, pero la falta de acceso a alquileres asequibles —con precios que han subido un 20% en los últimos años— los empuja al barraquismo.

En 2024, se detectaron 157 menores viviendo en estos asentamientos, lo que agrava la vulnerabilidad infantil y la exclusión educativa. La Generalitat de Catalunya reconoce que 4.170 personas viven en barracas en toda la región, con Barcelona como epicentro. La Oficina del Plan de Asentamientos Irregulares (OPAI) del Ayuntamiento intenta intervenir, pero las acciones se limitan a inspecciones puntuales. Sin embargo, los nuevos asentamientos reaparecen rápidamente, evidenciando la insuficiencia de recursos.

Pobreza, guetos y ausencia de políticas públicas

Este nuevo barraquismo no es solo un problema habitacional; es un síntoma de fallos estructurales. La pobreza extrema se ha cronificado, con un 6,6% de la población metropolitana en riesgo en 2020, afectando desproporcionadamente a inmigrantes. La ausencia de políticas sociales integrales —como vivienda asequible o programas de inserción laboral— ha permitido la formación de guetos, donde se segregan comunidades por origen étnico o nacional, similar a los años 60 pero con un perfil más internacional. Estudios como el de la Universitat de Barcelona (UB) sobre inmigrantes pakistaníes en el Raval muestran cómo la discriminación en el acceso a la vivienda perpetúa la marginalidad.

El modelo migratorio actual carece de planificación. Barcelona ha recibido un millón de inmigrantes en las últimas décadas, pero sin infraestructuras adecuadas. En Cataluña, el plan de la Generalitat destina 97,8 millones de euros hasta 2025, pero expertos como Sergio Porcel del IERMB advierten de que el chabolismo junto al Besòs o el Llobregat es ‘un fenómeno creciente en Europa’ ligado a la crisis de vivienda. El impacto es multifacético: salud precaria, delincuencia asociada y tensión social.

El resurgimiento del barraquismo en Barcelona representa un retroceso histórico que contradice el legado de modernización de los años 70-90. La ciudad enfrenta un incremento de la pobreza que exige acción inmediata. Es imperativo fortalecer políticas de vivienda social y diseñar un modelo migratorio planificado que garantice la integración y evite la conformación de guetos. Solo así se preservará la cohesión social y se honrará el progreso histórico de Barcelona.

Se el primero en comentar

Dejar un Comentario

Tu dirección de correo no será publicada.




 

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.