El gran delirio

Ghosh lo dice claro: los fenómenos extremos, los de verdad, los que arrasan pueblos, ya no caben en la novela seria. Son demasiado inverosímiles, no podemos o no logramos aceptar la realidad. Así que la literatura los expulsa.

Por Dani Seixo | 21/04/2026

Muchos llevamos años huyendo del cambio climático como el que huye de un vecino pesado o de una factura por pagar. Pensamos: bastante tengo con mis problemas laborales, mis fantasmas y esa ansiedad que me agarra cuando veo las noticias. Pero este libro llega a nuestras manos por esas casualidades que tienen los destinos torcidos. Y lo abrimos. Y nos jode.

En realidad, Amitav Ghosh es un tipo que escribe novelas. Buenas novelas. Pero un día, Dios sabe el motivo, decide meterse en el berenjenal del cambio climático y suelta «El gran delirio». Y el mundo académico se rasga las vestiduras, algunos ecologistas aplauden y los políticos hacen como que no va con ellos. Mientras tanto, algunos de nosotros lo leemos desde un café de barrio, con un cigarro mal liado y la certeza de que estamos todos locos.

Porque de eso va el libro. De la locura. De ese delirio colectivo que nos impide ver lo que tenemos delante de las narices.

Resulta que llevamos doscientos años contándonos historias sobre mundos estables, sobre personajes que tienen problemas normales, sobre el orden natural de las cosas. Ignorando abiertamente al monstruo en la habitación. Y ahora la naturaleza nos escupe huracanes de categoría 5 y el orden se ha ido a la mierda, pero nosotros seguimos escribiendo novelas de amor en Nueva York. Como si tal cosa.

Ghosh lo dice claro: los fenómenos extremos, los de verdad, los que arrasan pueblos, ya no caben en la novela seria. Son demasiado inverosímiles, no podemos o no logramos aceptar la realidad. Así que la literatura los expulsa. Los manda al género fantástico, a la ciencia ficción, al cajón de sastre de lo irreal. Y entonces ocurre lo peor: la realidad se vuelve «irreal». Y nosotros, analfabetos funcionales del cataclismo, miramos para otro lado sin inmutarnos.

Hay un momento del libro en el que Ghosh habla de los mitos. De cómo las culturas del océano Índico construyeron historias sobre tsunamis y tormentas para sobrevivir al horror. No eran cuentos. Eran tecnología emocional. Era su manera de decir: «esto pasó, esto puede volver a pasar, preparémonos».

Nosotros, la sociedad moderna, nos reímos de esos mitos. Los llamamos supersticiones. Luego vino el tsunami de 2004 y nos quedamos con la boca abierta como idiotas, porque ningún ingeniero, ningún modelo climático, ninguna app del móvil nos había preparado para aquello. Los mitos, en cambio, sí. Pero claro, los mitos no se publican en revistas de impacto.

El autor no dice esto para dar lecciones de antropología barata. Lo dice porque es escritor, porque sabe que las historias importan. Porque sabe que si no puedes imaginar el desastre, no puedes prevenirlo.

Y aquí viene lo más alucinante. Ghosh no se limita a criticar. Propone algo así como una vuelta a los orígenes. No sé si lo conseguirá. Probablemente no, probablemente subestima el impacto de este sistema económico en nuestro día a día. Pero el gesto es hermoso: usar la imaginación como herramienta política. Como resistencia.

Lo que más me ha impactado de este libro, lo confieso, no son los datos. Aunque hay muchos y están bien escogidos. Tampoco la crítica al capitalismo desde una visión que no se frena en la confrontación a este sistema, que es certera, pero ya la hemos leído en otros sitios. Lo que me fascinó es el tono. Ghosh escribe como quien te cuenta un secreto en medio de una borrachera. Con furia, con ternura, con esa certeza de que no va a convencer a nadie pero aún así lo intenta.

Hay un capítulo sobre el colonialismo y el carbono que es sencillamente brutal. Ghosh demuestra que la Revolución Industrial no fue un prodigio europeo, sino un expolio global. Que el carbón inglés se alimentó de sangre india, que el algodón de Manchester llevaba cosido el hambre de Bihar. Que nuestro bienestar se construyó sobre siglos de saqueo. Y ahora, cuando los países del Sur quieren su parte del pastel, los ecologistas del Norte les dicen que no contaminen. La hipocresía tiene nombre y apellidos.

La solución no es individual, no puede serlo. Es colectiva.

No voy a engañarles. Este libro no es para todo el mundo. Si usted busca soluciones prácticas en la comodidad de su entorno, simplemente instalar placas solares, comprar un coche eléctrico, firmar una petición en Change.org, mejor no lo lea. Se va a frustrar. Porque el libro no ofrece ese tipo de respuestas. Sino que plantea preguntas. Preguntas incómodas, de esas que se te quedan pegadas en la garganta como una espina.

No hay final feliz. No hay un héroe que salve el día. Hay, en todo caso, una invitación a mirar el abismo. Y a preguntarse: ¿y ahora qué?

Vayan a la librería. Cómprenlo. Léanlo. Y luego, si pueden, mírense al espejo y mantengan la mirada ante ese reflejo. Porque el gran delirio no era el clima. Éramos nosotros.

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