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Los sindicatos califican la iniciativa de ‘barbaridad’ y ‘ataque frontal’ a los derechos conquistados tras décadas de luchas.
Por Ernesto Vílchez | 15/05/2026
El próximo mes de junio, el gobierno de Friedrich Merz presentará en el Bundestag un proyecto de ley que supone uno de los mayores ataques a los intereses de la clase trabajadora en la historia reciente. Con el eufemismo de “flexibilidad”, el Ejecutivo pretende desmantelar la conquista obrera centenaria de la jornada laboral máxima de ocho horas diarias, consagrada desde 1918 y convertida en pilar del modelo social alemán. En su lugar, se impondrá un límite semanal que abrirá la puerta a jornadas de hasta 13 horas en días concretos, sin que el trabajador pueda negarse fácilmente.
La ministra de Trabajo, Bärbel Bas (SPD), ha confirmado que el borrador estará listo para junio, tal como se pactó en el acuerdo de coalición. La reforma modifica la Ley de Jornada Laboral (Arbeitszeitgesetz) para sustituir el tope diario actual —ocho horas ordinarias, ampliables excepcionalmente a diez siempre que se compense el promedio— por un máximo semanal de 48 horas. En la práctica, y manteniendo la regla de once horas de descanso obligatorio entre jornadas, esto permite turnos de hasta 13 horas seguidas. Lo que se vende como “modernización” es, en realidad, una cesión histórica a la patronal para que las empresas organicen el trabajo según sus necesidades, no las de los trabajadores.
La patronal aplaude con entusiasmo. Sectores como la hostelería, la restauración y el turismo —que llevan años presionando— celebran la medida porque les permitirá ajustar plantillas a picos de demanda sin pagar más horas extras ni contratar personal adicional. Para ellos, se trata de “flexibilidad” pura y dura: más beneficios, menos costes fijos. El gobierno de Merz y los empresarios van de la mano, como siempre. El canciller, que ya ha repetido hasta la saciedad que “con la semana de cuatro días no se mantiene el bienestar”, encuentra en esta reforma la herramienta perfecta para aumentar la productividad a costa de una mayor explotación de la clase trabajadora.
Los sindicatos, por su parte, han calificado la iniciativa de “barbaridad” y “ataque frontal” a los derechos conquistados tras décadas de luchas. Advierten que normalizará jornadas de 12 y 13 horas, aumentará el estrés, los problemas de salud y el absentismo, y erosionará la ya frágil conciliación. “No se trata de flexibilidad para los trabajadores, sino de flexibilidad para los jefes”, han denunciado. Expertos laborales calculan que, sin límites diarios estrictos, podrían llegar a configurarse semanas de hasta 73 horas en casos extremos si la distribución se hace sin controles reales, aunque el gobierno insista en que el tope semanal se mantiene.
El argumento oficial —“más libertad para organizar la vida”— es un insulto. ¿Qué libertad tiene un camarero o una enfermera que, para no perder el empleo, debe aceptar un turno de 13 horas porque la empresa “lo necesita”? ¿Qué conciliación familiar se consigue cuando se llega a casa exhausto a las diez de la noche? Esta reforma no responde a las necesidades de la gente; responde a la crisis de competitividad que el propio capitalismo alemán ha generado con sus recortes y su obsesión por el beneficio a corto plazo.
La clase trabajadora alemana —y europea— no puede quedarse de brazos cruzados. La jornada de ocho horas no cayó del cielo: fue arrancada con huelgas, manifestaciones y organización sindical a principios del siglo XX. Hoy, ante este ataque sin precedentes, la respuesta debe ser la misma: unidad y movilización. Los sindicatos ya han anunciado resistencia en las calles y en las empresas. Es hora de que los trabajadores se organicen para frenar esta regresión y defender sus intereses de clase.
El verano será decisivo. El proyecto de ley llegará al Bundestag y el debate se abrirá. Pero el verdadero debate no está en los pasillos del Parlamento, sino en los centros de trabajo: ¿vamos a permitir que nos quiten un derecho histórico por el que murieron generaciones anteriores, o vamos a plantarnos y decir “basta”? La patronal y Merz han elegido bando. Los trabajadores también deben elegir el suyo.
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