El estallido social en Madagascar: Una explosión de ira contra la pobreza y la injerencia francesa

Manifestantes junto a miembros del ejército en Antananarivo, Madagascar, el 14 de octubre de 2025. Foto: Henitsoa Rafalia | EFE

El estallido en Madagascar no puede entenderse sin analizar las condiciones de vida de la mayoría de los malgaches: Más de tres cuartas partes de la población vive en pobreza extrema, subsistiendo con menos de dos dólares al día.

Por Joan Balfegó | 28/10/2025

Madagascar, la gran isla del océano Índico, ha sido recientemente escenario de un estallido social que ha sacudido el panorama político. Este movimiento no surge de la nada: es el resultado acumulado de profundas desigualdades sociales, agravadas por una juventud desesperada y una élite desconectada de la realidad. Las movilizaciones, lideradas principalmente por jóvenes, han canalizado una ira popular que culminó en la huida del presidente Andry Rajoelina y la toma del poder por parte del ejército.

La juventud como motor del cambio

Más de dos tercios de la población malgache tiene menos de 30 años, lo que convierte a Madagascar en uno de los países más jóvenes del mundo. Esta generación, educada en un contexto de precariedad pero conectada a través de redes sociales y móviles, ha sido el catalizador principal de las protestas. Frustrados por la falta de oportunidades, los jóvenes han salido a las calles para exigir un futuro digno. No se trata de un movimiento aislado, sino de una respuesta colectiva a décadas de estancamiento social. Liderados por estudiantes, desempleados y trabajadores informales, han organizado marchas masivas en Antananarivo y otras ciudades, utilizando consignas que denuncian la corrupción y la desigualdad.

La pobreza extrema como detonante

El estallido no puede entenderse sin analizar las condiciones de vida de la mayoría de los malgaches. Más de tres cuartas partes de la población vive en pobreza extrema, subsistiendo con menos de dos dólares al día. Esta realidad se agrava por el deterioro de los servicios básicos. Solo el 35% de los habitantes tiene acceso a electricidad, y apenas el 15% cuenta con agua potable directa en sus hogares. En los últimos años, el suministro de ambos ha empeorado notablemente, con cortes de luz y agua que se han vuelto habituales, afectando la vida diaria, la salud y la productividad.

La estructura económica del país agrava aún más la situación. Apenas el 5% de la población se gana la vida con un trabajo remunerado en el sector formal. La gran mayoría depende del sector informal: comerciantes callejeros, artesanos y pequeños agricultores que luchan por sobrevivir en un mercado precario y vulnerable a las fluctuaciones climáticas y económicas. Esta informalidad no solo perpetúa la pobreza, sino que deja a millones sin protección social, seguridad laboral o acceso a créditos. La combinación de estos factores ha generado un caldo de cultivo para el descontento, donde la supervivencia diaria se convierte en una batalla constante.

El alarde de la élite y la ira popular

Un elemento que encendió la mecha fue el comportamiento ostentoso del presidente Andry Rajoelina y su familia. Descendiente de una acaudalada familia militar, Rajoelina y sus hijos han hecho alarde descaradamente de su riqueza en medio de la miseria generalizada. Imágenes de lujos, viajes y propiedades contrastan brutalmente con la realidad de un pueblo que carece de lo básico. Esta desconexión ha canalizado la ira popular hacia las calles, transformando el resentimiento en movilizaciones masivas. Los manifestantes no solo protestan por la pobreza, sino por la percepción de una élite corrupta que se enriquece a costa del sufrimiento colectivo.

La sombra de la injerencia francesa

Otro pilar clave del descontento es la influencia persistente de Francia, la antigua potencia colonial. Aunque Madagascar obtuvo la independencia oficial en 1960, París sigue ejerciendo una injerencia significativa en los asuntos internos del país. El propio Rajoelina llegó al poder en 2009 mediante un golpe de Estado respaldado por Francia. En 2014, el gobierno francés le otorgó la ciudadanía, un gesto que muchos malgaches interpretan como prueba de su alineación con intereses extranjeros. Rajoelina no era más que un títere del Eliseo, según críticos locales, lo que ha alimentado un sentimiento anticolonial que se entremezcla con las demandas sociales. Las protestas han incluido consignas contra la «neocolonización», exigiendo soberanía real y el fin de la dependencia económica y política de Francia.

La represión y el golpe militar

La respuesta del gobierno fue brutal: la represión de las protestas dejó un saldo de 22 muertos, lo que solo avivó el fuego del movimiento. El 13 de octubre, ante la presión insostenible, Rajoelina abandonó el país en un avión militar francés, un símbolo elocuente de su dependencia externa. Al día siguiente, el 14 de octubre, el ejército, bajo el mando del coronel Michaël Randrianirina, tomó el poder, declarando un gobierno de transición para restaurar el orden y atender las demandas sociales.

Este estallido social en Madagascar ilustra cómo la combinación de pobreza extrema, juventud marginada, ostentación elitista y herencias coloniales puede derrocar un régimen. El futuro dependerá de si el nuevo liderazgo militar aborda las raíces sociales de la crisis o perpetúa el ciclo de desigualdad.

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