CSA, Por una reapropiación colectiva de la ciudad

Hablan de por qué la ciudad, esa jungla de asfalto y ladrillo que nos vendieron como el único escenario posible, es en realidad un campo de batalla, una lucha de clases continua.

Por Dani Seixo | 10/07/2025

Ha llegado a mis manos este artefacto publicado por la editorial AKALCentros sociales autogestionados. Un libro que todavía huele a imprenta, a papel virgen, a la antítesis del olor a humedad, sudor y pintura en spray de cualquier Centro Social levantado con el esfuerzo de toda una comunidad movilizada. En la portada, dos nombres: Ibán Díaz Parra, Miguel A. Martínez, escritores, militantes. Un profesor titular y un catedrático. La Academia. La Institución, pero también personas con los pies en la calle. Quizás vuestro primer instinto es de puro rechazo visceral. ¿Qué cojones nos van a contar estos tipos desde sus despachos con calefacción sobre lo que significa partirse la cara por un trozo de ciudad? ¿Vienen a ponernos una nota a valorarnos? ¿A convertir nuestra vida en otro paper que citarán sus becarios?

La desconfianza es el mecanismo de defensa que nos mantiene en pie cuando el sistema nos quiere aplastar, empaquetar y vender como una anécdota cultural para turistas con ínfulas. Por tanto, vuestra primera reacción es del todo comprensible. Quizás os encontráis ante otro producto. Otro intento de domesticar lo salvaje, de traducir el grito a un lenguaje aséptico y comprensible para quien jamás ha sentido la adrenalina de transformar la ciudad en algo que le da la espalda al capital.

Pero entonces, empezáis a leer. Y poo a poco la hostilidad se convierte en sorpresa. Luego en un guiño de reconocimiento… Estos tipos han estado escuchando.

Parra y Martínez no se andan con rodeos. Despliegan un arsenal teórico basado en el «derecho a la ciudad», a lugares «comunes urbanos». Palabros que suenan a tesis doctoral, pero que realmente hablan de lo nuestro. Hablan de por qué la ciudad, esa jungla de asfalto y ladrillo que nos vendieron como el único escenario posible, es en realidad un campo de batalla, una lucha de clases continua. Un tablero donde los de siempre (especuladores, fondos buitre, políticos con sonrisas de telediario y carteras B) mueven sus fichas para expulsarnos, para convertir nuestros barrios en parques temáticos para turistas y nuestros hogares en simples cifras de un Excel que arroja beneficios en paraísos fiscales.

El libro es una autopsia precisa de esa guerra. Analiza con la frialdad de un cirujano cómo el capitalismo neoliberal no solo levanta edificios, sino que diseña la soledad, la alienación y la competencia. Y frente a esa maquinaria de mierda, ellos colocan el concepto de «reapropiación», una arma en nuestras manos. Un arma que no es otra cosa que el nombre técnico para lo que hacemos por instinto todos aquellos que todavía queremos cambiar este mundo: tomar lo que nos pertenece. Abrir una grieta en el muro del gran capital. Okupar un edificio abandonado no como un capricho, sino como un acto de pura supervivencia política y existencial. Convertir un espacio muerto, un monumento a la especulación, en un hervidero de vida y comunidad.

La «autogestión», esa palabra que tanto manosean y que tan pocos entienden, aquí se disecciona sin piedad. No es el buenrollismo hippie de cuatro colegas montando un huerto, es acción política directa. Es conflicto. Es tensión. Es aprender a decidir en colectivo sin jefes ni líderes. Es enfrentarse a tus propias contradicciones, a los egos, a la dificultad de construir algo horizontal en un mundo que nos ha educado para ser verticales y obedientes. Par rendirnos. Es la política en su estado más puro y brutal: la gestión de la vida en común.

Lo más subversivo del libro es que, viniendo de la Academia, le da a nuestro caos un armazón teórico. Nos da munición. ¿Es un libro perfecto? Ni de broma. Pero su valor no está en ser un manifiesto punk, sino en ser algo mucho más retorcido y brillante: un informe de inteligencia. Un dosier completo sobre el enemigo y acerca de como golpear sus puntos débiles.

No es un libro para colocar en la estantería como un trofeo progre. Es una herramienta para afilar. Es para leerlo, subrayarlo, discutirlo a gritos en la próxima asamblea, para fotocopiar capítulos y repartirlos. Para conocernos y entender que cuando reparamos una gotera, organizamos un concierto autogestionado o montamos una red de apoyo mutuo, no solo estamos sobreviviendo. Estamos construyendo otro modelo de ciudad, ladrillo a ladrillo, hostia a hostia. Estamos construyendo en nuestros barrios ese mundo nuevo por el que tanto luchamos.

Este libro no te enseña a dar una patada en la puerta. Pero te da mil razones documentadas, históricas y teóricas por las que esa puerta merece y debe ser pateada por toda la comunidad para crear un espacio nuevo. Y eso, especialmente viniendo de dos catedráticos, es lo más anarquista que he leído en mucho tiempo. La última página no la escriben ellos en su despacho, la escribiremos nosotros y nosotras, cada día, con cada concierto, con cada plato de comida en un comedor popular, con cada muro que convertimos en lienzo y no en frontera o especulación. Que se jodan, la ciudad todavía es nuestra.

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