Cosas que ocurren cuando un preparador va más allá de preparar

Por Marta Herrera

La mejor casualidad de mi vida llegó una noche de octubre en la que un casi desconocido me dijo en medio de una calle de Madrid que me presentara a la oposición de Secretarios-Interventores y que insistiera en pedir a J como mi preparador. Y bendita casualidad y bendito gran consejo. Porque sin dudar de la existencia de otros tantos preparadores maravillosos, J ha sido para mí mucho más que un mero preparador. Quizás me acerco más a un amago de definición si digo que ha sido mi psicólogo, mi amigo, mi paño de lágrimas, mi compañero de risas y casi un padre adoptivo. Y todo desde el primer día.

Y, ¿de quién, si no de él, iba a recibir la noticia de mi aprobado? Él, que corrió a llamarme cuando yo aún estaba en pijama. Él, que cuando no le cogí el teléfono volvió a llamar. Insistiendo hasta el final, hasta para las buenas noticias. Y es que esa es su esencia. Siempre preocupado por mí y por mi persona antes que por mi carrera. Y logró prepararme para ambas. Para aprobar y para no rendirme.

Pero si yo no me rendí fue porque en él veía a quien yo me quería parecer. Porque me soportó fallando una y otra vez, cometiendo los mismos errores, cayendo en la misma piedra durante 18 meses y nunca me puso en duda, nunca dejó de insistir, de consolarme, de animarme. Porque creyó en mí haciéndome ver que la oposición era cosa de dos. Que navegábamos juntos en esa horrible burocracia elitista. ¿Y cómo fallar a quien apuesta por ti sin conocerte y te trata como si fueras el ser más capaz que jamás ha conocido?

J es para mí una inspiración. En lo profesional porque de él aprendí que la perfección es el único camino y que las cosas hay que hacerlas bien. Que en nuestro trabajo los resultados llevan un tiempo bien gastado y nunca apresurado. Pero inspiración sobre todo porque para J lo profesional era una excusa para llegar a lo humano. Porque nunca vi un gesto de soberbia, ni de prepotencia, ni de banalidad, pese a que no conozco a nadie más sabio que él en mi ámbito profesional. Y ahí le tenía, ese gran juez, profesor, preparador que dejaba sus tareas legales para llamarme, sacarme de la cama y pedirme que no me rindiera.

Créanme si les cuento que la luz que desprende como humano es incomparable con el ya de por sí extraordinario brillo de su calidad como profesional. Pocos profesores me han transmitido el amor y cariño por su alumna como él logra hacer llegar. Su buena fama no le hace justicia a la calidad de su buen hacer.

J logró que me conectara a él casi con adicción. Sabía que ir a su despacho nunca sería una perdida de tiempo aunque fuera muy mal preparada. Sabía que habría ganancias en esa pérdida de tiempo que suponía el desplazarme y hacer un trabajo mal ese día. Nunca tenía miedo cuando el hablaba y eso que me preparaba para la tarea que más miedo, ansiedad y problemas me ha causado en mi corta vida. J decía que muchas veces perdíamos la conexión con la nave nodriza, y no le faltaba razón. Pero, lo que nunca decía y yo sabía, es que él era la forma de reconectar con la nave nodriza. Cómo echaré de menos verle cada martes.

J, eres la luz al final del túnel, la del túnel y la que indica el camino al túnel. Eres la calma en el ojo del huracán, el muelle al que anclarme y toda la colección de tópicos que se me ocurren. Eres el consejo siempre a tiempo y el cariño siempre listo para alcanzarnos. Pero si duda has sido imprescindible en este camino y mi agradecimiento jamás estará a la altura del aprobado que hemos logrado. Gracias por enseñarme la magia de esta profesión y la necesidad de ser humano.

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