¿Cómo vamos a cambiar?

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Por MªÁngeles Castellanos

El futuro nunca está escrito aunque muchas veces esté pensado, pero ahora  parece que nos enfrentamos a un cambio de paradigma para el que no tenemos nada pensado ni nada escrito.

Lo bueno es que podemos pensar cómo nos gustaría que fuera nuestro futuro, lo malo es que hay quien quiere un futuro con más desigualdades de las que ya había, con más manipulación y con las mismas élites privilegiadas.

Una de las cosas que está quedando clara estos días es la vulnerabilidad de nuestros cuerpos y cómo esta vulnerabilidad individual se transforma en vulnerabilidad global y económica.

El objetivo del confinamiento, de la distancia social, del encierro durante la pandemia, no es otro que salvar vidas, evitar que las personas enfermen, evitar que los sistemas sanitarios se saturen y no se pueda atender a quien lo necesite y, en general, este objetivo parece que genera bastante aceptación.

Bastante aceptación pero no unanimidad, en un momento de la pandemia, multimillonarios de EEUU reclaman la vuelta al trabajo aunque eso suponga que muera gente. Uno de estos multimillonarios tan poco respetuoso con las vidas ajenas es Lloyd Blankfein cuya fortuna alcanza los 1.500 millones de dólares, según Forbes.

El  respeto por las vidas y los intentos para que las vidas sean dignas en la enfermedad, reciben millones de aplausos estos días. Este respeto debería extenderse a otros aspectos que hacen que las vidas merezcan la pena ser vividas.

Además de la línea muy roja que separa estar viva de no estarlo, hay otras cuestiones importantes que determinan la calidad de nuestras vidas.

Vivir es algo más que respirar, no es solo subsistir y transitar por la precariedad, pero, en algún momento en el camino de definir lo imprescindible o lo importante, se olvida a las personas y aparecen el dinero, los beneficios, el capital, la acumulación o las empresas como máximas a las que rendir pleitesía.

Una de las cosas que está quedando clara estos días es la vulnerabilidad de nuestros cuerpos y cómo esta vulnerabilidad individual se transforma en vulnerabilidad global y económica.

Si hoy nos estamos esforzando y cambiando muchas cosas en nuestro día a día por el respeto que tenemos a la vida, mañana no podemos olvidar todo este esfuerzo y volver a un sistema que maltrata los cuerpos, que invisibiliza la importancia de los cuidados y que se construye sobre los abusos, las desigualdades y la precariedad de millones de personas.

Una de las cosas buenas que tiene haber parado el mundo es que tenemos que ponerlo de nuevo en marcha, no vamos a empezar de cero, pero tenemos la oportunidad de cambiar, tenemos que pensar  y empezar a trabajar en el día de mañana  y para ello deberíamos redefinir prioridades, deberíamos huir de la comodidad que supone no tener que pensar, la comodidad de volver a lo que conocíamos aunque lo que conocíamos creara infelicidad, pero era una infelicidad conocida.

El vértigo de la incertidumbre y de lo desconocido asusta y la tentación de refugiarnos en antiguas certezas va a ser muy grande, pero hoy más que nunca, estamos viendo lo vulnerables que somos, estamos viendo que por encima de todo importan las vidas.

Es muy posible que los efectos de la pandemia hubieran sido mucho menores si hubiéramos tenido sistemas de sanidad pública  universal mejor dotados y más extendidos, si hubiéramos  tenido más centros de investigación científica, si en lugar de hacer negocio con la sanidad, con la investigación o con el cuidado de mayores, el objetivo hubiera sido  atender necesidades y no proporcionar beneficios.

También desde diversos ámbitos se pone el foco en la relación que existe entre la situación en la que nos encontramos y la pérdida de biodiversidad.

Desde WWF señalan que esta crisis está directamente vinculada con la destrucción del planeta y que, después de la emergencia sanitaria será necesario replantearse la prevención y lucha de futuras pandemias.

Estas cuestiones necesitan recursos públicos y los recursos públicos se consiguen con impuestos, con cotizaciones, con el reparto de la riqueza. Quien propone bajar impuestos, suprimir cotizaciones, “cobrar el salario bruto”, solo pretende convertirnos en individuos desconectados e indefensos, en objeto de explotación y en unidad de consumo que permita que quienes están detrás de estas ideas sigan acumulando riqueza y miles de millones.

No es una tragedia que quien acumula una riqueza de miles de millones tenga que vivir con una renta digna, lo que es una tragedia es que millones de personas tengan que vivir vidas duras para que unos cuantos acumulen millones a costa de la destrucción de las vidas humanas y del planeta.

Hoy tenemos que pensar cómo será el día de mañana y tenemos que fijar puntos de partida y, al igual que salvar vidas se ha convertido en el objetivo central durante la pandemia, que esas vidas merezcan la pena ser vividas, debería ser el objetivo  en el día después.

El vértigo de la incertidumbre y de lo desconocido asusta y la tentación de refugiarnos en antiguas certezas va a ser muy grande

Aunque sea muy tentadora la idea de volver a la normalidad anterior, esta es una tentación engañosa, no podemos volver a esa situación, el mundo ha cambiado y somos más conscientes que nunca de la fragilidad sobre la que habíamos construido nuestras realidades, no deberíamos obviar esto a la hora de pensar cómo queremos vivir mañana.

Nos vamos a enfrentar a mensajes contundentes de supuestas recetas certeras e infalibles para salir de la crisis económica, nos estamos enfrentando a discursos cargados de odio, a mentiras, a noticias falsas, a datos manipulados, a patriotas de pacotilla que se esconden detrás de banderas, a capitanes a posteriori que venden soluciones sencillas a problemas complejos, a hipócritas que se hacen fotos en bancos de alimentos y sin pudor alguno defienden la caridad frente a servicios sociales, y todos estos tienen en común un objetivo, que tú estés al servicio del mercado, que seas una pieza de un sistema que se alimenta de las desigualdades, que hagas lo que los amos de quienes lanzan estos mensajes quieren, que seas un factor más como lo puede ser una máquina de chorizos en una charcutería.

Todo esto lo van a envolver de mensajes simplistas, van a presentar a culpables fáciles para problemas que son complejos, problemas que tienen más que ver con quienes han promovido la economía globalizada y extractivista, con quienes han hecho y hacen todo lo posible por terminar con la sanidad pública y universal, con quienes han puesto en manos de constructoras y fondos de inversión la atención a las personas mayores. Pero van a culpar a quienes quieren poner soluciones que pongan la vida en el centro, lo hemos visto con los ataques a las manifestaciones del 8 M mientras otras actividades multitudinarias que generan muchos beneficios para unos pocos no eran cuestionadas.

Esta situación es muy complicada, gestionarla es difícil y planificar el futuro lo es aún más. Amaia Pérez Orozco en una entrevista en eldiario.es manifestaba  “Me da miedo que la idea de crisis económica se utilice para, una vez más, derivar recursos de lo común hacia quien tiene el poder de decir ‘la economía soy yo’ en lugar de pensar qué economía tenemos que es tan frágil. Darnos cuenta que este gigante hiperglobalizado e hiperconectado tiene pies de barro.”

De qué serviría tanto esfuerzo por salvar vidas si cuando podamos salir a la calle nos empeñamos de nuevo en destruir las vidas,  en construir desigualdades de las que solo se van a librar unos pocos que ya eran parte de la élite y que no quieren perder sus miles de millones.

Tenemos necesidades de bienes y servicios, con trabajo proveemos estos bienes y servicios y para ello utilizamos recursos naturales que son escasos, el objetivo no puede ser idolatrar los sistemas elegidos para organizar estas necesidades, lo importante, como estamos viendo hoy, es la vida en condiciones saludables y dignas.

Lo fácil no es siempre lo mejor, Víctor Jara cantaba que la vida es eterna en cinco minutos, trabajemos para que todos nuestros cinco minutos merezcan la pena ser vividos.


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