Cinco genocidios actuales: el caso Tigray en Etiopía

En la actualidad, se registran al menos cinco genocidios simultáneos en el mundo, aunque la cobertura mediática y la atención internacional varían considerablemente entre ellos. En medio de una histórica y rica diversidad étnica, Etiopía atraviesa una compleja crisis política y de gobernabilidad con el genocidio de Tigray como telón de fondo.

Etiopía, la segunda nación más poblada de África con 116 millones de habitantes y más de 80 grupos étnicos, se erige como un crisol de diversidad y reclamos soberanistas. Su rica y compleja cultura, considerada la cuna de la humanidad, encuentra sus raíces en el antiguo Reino de Aksum, que floreció entre los siglos I y VII después de Cristo. Este reino se expandió desde la actual región de Tigray hasta abarcar vastas extensiones, incluyendo regiones fronterizas de Sudán, gran parte de Eritrea y la costa occidental de la península arábiga, a menudo confundiéndose con el legendario Reino de Saba.

La historia de Etiopía se entreteje con el esplendor del imperio etíope, también conocido como Abisinia, heredero del Reino de Aksum. Este imperio no solo abarcó los actuales territorios de Eritrea y Etiopía, sino que se extendió hacia Yibutí, el norte de Somalia, el sur de Egipto, el oeste de Yemen, el este de Sudán y una parte suroccidental de Arabia Saudita, dejando una huella imponente que perduró durante 705 años, desde 1270 hasta la abolición de la monarquía en 1975. El ocaso del imperio etíope fue marcado por un golpe de Estado de inspiración comunista, que derrocó al icónico líder rastafari, Haile Selassie I, poniendo fin a una era de dominio que abrazó vastas tierras y culturas.

Tras el golpe de Estado liderado por el teniente coronel Mengistu Haile Mariam, en 1975, surgió la República Democrática Popular de Etiopía, un Estado de orientación comunista respaldado por la Unión Soviética (URSS) y Cuba, que perduró hasta la caída de Mengistu en 1991. Este período estuvo marcado por una despiadada guerra civil entre diversos grupos guerrilleros y el gobierno etíope. Aunque muchos se reintegraron a la vida democrática al término del conflicto, otros persistieron en sus actividades armadas.

A pesar de su antiquísima y rica historia, cultura y tradición, Etiopía ha permanecido en los titulares principalmente debido a la persistente inestabilidad que ha enfrentado durante décadas. En la actualidad, el país experimenta nuevamente una crisis política y de gobernabilidad, una situación lamentablemente recurrente en la región. En los últimos días, esta problemática ha escalado, generando una tensión de difícil resolución. Por este motivo, la atención de la comunidad internacional se centra en Addis Abeba.

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Abiy Ahmed / Imagen: MULUGETA AYENE / AP

El líder etíope Ahmed Abiy, de 45 años, recibió el Premio Nobel de la Paz en 2019 por su papel en la consolidación de la paz con Eritrea, tras el conflicto que enfrentó a ambas naciones vecinas entre 1998 y 2000, culminando con su separación. En su llegada al poder en 2018, Abiy fue considerado una figura prometedora, con inclinaciones hacia la liberalización y modernización. Perteneciente a la etnia oromo, su objetivo principal era fortalecer el gobierno nacional en un país profundamente dividido, caracterizado por su diversidad étnica.

Abiy inició su mandato respaldado por Occidente y generando expectativas de un cambio pacífico en una amplia parte del país. Sin embargo, su política de alianzas experimentó un rápido cambio al acercarse más a Rusia y China, alejándose gradualmente de Washington. La guerra civil en Etiopía adquiere dimensiones internacionales, ya que, además de los vecinos Eritrea y Sudán, también están involucrados, en diversas medidas, actores como Moscú, Beijing, Irán, Emiratos Árabes Unidos (EAU) y Turquía. Ante el avance de las fuerzas rebeldes, la Casa Blanca ordenó ayer la retirada de sus representantes diplomáticos de Addis Abeba.

En la actualidad, Abiy enfrenta acusaciones de persecución contra la minoría étnica tigrayana, de promover la guerra civil para mantenerse en el poder y de cometer presuntos crímenes de lesa humanidad. La disputa se intensificó cuando la región de Tigray convocó elecciones sin la aprobación del gobierno central, siendo gobernada por el Frente Popular de Liberación del Tigray (FPLT), un grupo rebelde opuesto a las autoridades de Addis Abeba.

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Soldados del gobierno etíope capturados por las fuerzas de Tigray, en octubre de 2021 / Imagen: AP

Los sectores nacionalistas de Tigray y oromo rechazan la autoridad del primer ministro y del gobierno central, lo que ha llevado a un recrudecimiento de los enfrentamientos en las últimas semanas. Los rebeldes rodean la capital del país, poniendo en peligro la estabilidad del gobierno. Los tigray acusan al gobierno de bombardear su región, atacando a civiles en Mekele.

Aunque Etiopía reconoce el derecho a la autodeterminación, incluida la «secesión» de las diversas naciones, nacionalidades y pueblos que la componen, Abiy y sus seguidores sostienen que tanto los tigray como los oromo han optado por la vía de la violencia contra el gobierno federal, justificando así su respuesta represiva.

Se han verificado múltiples casos de crímenes de guerra, delitos de lesa humanidad, acciones de limpieza étnica e, incluso, evidencia clara de genocidio dirigidos contra la población de Tigray. Las fuerzas etíopes y eritreas han perpetrado agresiones sexuales contra mujeres y niñas en la región. La agresión sexual hacia las mujeres no constituye un incidente aislado en este conflicto; de hecho, se ha empleado como una táctica de guerra.

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Soldadas etíopes cautivas llegan al Centro de Rehabilitación de Mekele, capital de la región de Tigray, Etiopía, en julio de 2021 / Imagen: Yasuyoshi Chiba / AFP

Las fuerzas etíopes y eritreas han llevado a cabo frecuentes ejecuciones de civiles y masacres. Un ejemplo destacado tuvo lugar en la ciudad de Axum, donde soldados eritreos causaron la muerte de cientos de civiles entre el 28 y el 29 de noviembre de 2020. Amnistía Internacional ha señalado que esta ejecución masiva podría constituir crímenes de lesa humanidad. Además, se destaca el uso del hambre como una táctica de guerra, ya que no solo el gobierno etíope ha obstaculizado la entrada de ayuda humanitaria, sino que también las fuerzas gubernamentales han destruido cultivos y saqueado almacenes, dejando al 90% de la población de Tigray cerca de morir de hambre.

A pesar de las advertencias sobre un genocidio en curso, la comunidad internacional ha mostrado una notable falta de acción, limitándose a expresar continuas «preocupaciones por el conflicto». Quizás, el interés geopolítico de Etiopía no es tan grande para las potencias occidentales y por eso no se hace nada para frenar lo que sucede. Sin embargo, proteger a los pueblos es una cuestión de ética y de protección de los derechos humanos, que hoy, claramente, no se está cumpliendo en Tigray ante la inacción y la hipocresía de gran parte de la comunidad internacional. La comunidad internacional debe intervenir para detener un genocidio de proporciones inmensas que se lleva adelante en pleno siglo XXI.

*Por Gonzalo Fiore Viani para La tinta / Imagen de portada: Reuters / Tiksa Negeri.

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