Chico Mendes

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Por Fernando Salgado

«No começo pensei que estivese lutando por salvar seringueiros. Despois pensei que estaba lutando para salvar a Floresta Amazónica. Agora, percebo que estou lutando pela humanidade»

Antes de que sobre un edificio situado en la Praça do Comerço de Salvador de Bahía fuese construido el Mercado Central, para abastecer de alimentos a los habitantes de la Cidade Baixa, en los túneles excavados en su subsuelo se hacinaron los africanos capturados por los traficantes de seres humanos y convertidos en esclavos antes de que los pusiesen a la venta. La nueva identidad de este inmueble data del año 1912. Sus tiendas son una atracción turística, al igual que los restaurantes que alberga. Turistas, alegría y color sobre las catacumbas.

Frente a la fachada central del edificio se encuentra una amplia plaza semicircular en la que hay espacio destinado a los vehículos, otro a los árboles y un tercero a los puestos de venta. Y en un rincón se encuentra un kiosko, y sobre su visera se extiende un hilo de esquina a esquina del que cuelgan unos cuadernillos impresos y sin encuadernar. Son ejemplares de la Literatura de Cordel. Romances, venganzas, arrepentimientos de pecadores, crímenes, acontecimientos sociales destacados, milagros, heroicidades y sátiras tienen cabida en estas publicaciones.

Tuvieron su origen en los romances y las coplas de ciegos, que llegaron a Brasil desde Portugal, están escritos en rimas romanceadas y este género se popularizó especialmente en la Región Noroeste, en los estados de Pernambuco, Paraíba y Ceará. Las mentes clasistas desprecian este género y lo consideran un vehículo que promueve la superstición. Se venden en los suburbios de las ciudades del interior, las ferias y mercados, donde los cordelistas recitan los versos acompañados por una guitarra.

Son publicaciones que se venden a unos precios muy asequibles, y además de abordar asuntos de la actualidad, también divulgan las tradiciones populares y el arte cotidiano de los creadores locales, haciendo posible mantener la identidad colectiva. Son el vehículo de la crítica social. En este apartado figura Horácio Custódio de Sousa. Es el autor de Chico Mendes O Defensor da floresta, impreso en Tupynaquim Editora (Viana Fortaleza, Ceará).

Eran miles los asesinatos que se contaban el 22 de diciembre del año 1988: de abogados laboralistas, dirigentes sindicales, militantes de izquierdas, ecologistas, indígenas o de sacerdotes que defendían la Teología de la Liberación en la Amazonia brasileña. Y todos los crímenes tenían los mismos autores, los terratenientes; e idéntico motivo doblegar su resistencia y adueñarse de sus tierras. Y siempre el Gobierno miró hacia otro lado.

Ese día, la nueva víctima estaba tan comprometida como lo habían estado todas las demás, pero había alcanzado un peligroso objetivo: que la reivindicación de los más humildes, de los desheredados, se escuchase a miles de kilómetros de una tierra que parecía tan lejana hasta entonces. Mataron a tiros, y delante de su casa de Xapurí a Francisco Alves Mendes Filho, Chico Mendes.

Su padre, Francisco, había llegado en los años 30 al estado de Acre, en la selva amazónica colindante con Bolivia y Perú, para trabajar en la elaboración del caucho. Era un seringueiro. Las naciones indígenas, que habitaban el valle del Jurua, fueron expropiadas por poderosos grupos económicos. Chico Mendes nació en 1944, un año que marcó un hito en la tendencia ascendente de esta actividad y el inicio de su declive, provocado por el descenso de la demanda, provocado por dos factores: la producción en Asia y la Segunda Guerra Mundial.

A la muerte, cotidiana en unas explotaciones sin servicios médicos, se sumó el abandono y el aislamiento. Alcoholismo, miseria y analfabetismo eran los denominadores comunes. En este contexto, el futuro de Chico Mendes estaba escrito, pero el destino quiso que su camino se cruzase con el de un habitante de su mismo poblado, Euclides Fernández Távora, un refugiado político que le despertó en él la inquietud por la justicia y le entregó el más poderoso legado, la palanca más potente para promover la justicia: le enseñó a leer y a escribir.

Transcurridos veinte años, cuando la extracción del caucho había dejado deser rentable, las élites impusieron el terror para intimidar a los indígenas y a las familias de quienes habían trabajado en la extracción del caucho: incendiaron sus casas, mataron su ganado y violaron a sus mujeres, al tiempo que arrasaban los bosques. Para facilitar sus planes, el Gobierno promovió la construcción de la carretera Transamazónica.

La deforestación masiva y los incendios, provocados por los hacendados, para destinar las tierras a la agricultura intensiva y a la ganadería, arrasaron miles de árboles. Grandes humaredas ocultaban el sol. Cuentan que los terratenientes llegaron a usar el napalm.

Eliminada la selva, surgieron inmensas nubes de mosquitos que trasmitían enfermedades como la malaria. Las lluvias despellejaron un suelo ya erosionado, la producción no alcanzó la rentabilidad prevista y las fincas fueron abandonadas. Hacinados en chabolas, permanecían los indígenas y los extractores de caucho.

Pero la selva seguía siendo arrasada. Quienes cogieron el relevo fueron los buscadores de oro. La avaricia prolongó la labor destructiva, intensificada por los efectos contaminantes del mercurio usado en su refinamiento. Las pistas de aterrizaje, construidas para su tráfico ilegal, también fueron usadas por los narcotraficantes, el tráfico de la fauna y la prostitución.

La construcción de embalses en los ríos para la producción hidroeléctrica provocó la llegada de especies invasoras y redujo la pesca. Sequías drásticas, aumento de la temperatura, reducción de la biodiversidad…

Comienzan entonces las movilizaciones de aquellos que quieren defender la selva, que es su modo de vida. Ponen en marcha los empates, que consisten en desplazarse a los lugares donde existe la amenaza de la corta de árboles, y asentarse en ellos, oponiendo una resistencia pacífica. Quien lidera este movimiento es Chico Mendes, y la lucha por la supervivencia se convierte en la vanguardia de un movimiento ambientalista. Grupos ecologistas denuncian en todo el mundo lo que está ocurriendo en Brasil.
Es entonces cuando Chico Mendes reactiva una antigua reivindicación: la creación de reservas en las que además de extraer el caucho también sea posible recolectar y transformar frutos y hierbas silvestres. En Estados Unidos expone su proyecto a los dirigentes del Banco Mundial y tras su intervención en la Asamblea Legislativa de Acre se inicia el primer empate, en Cachoeira. Al que siguen varios.
Hay que evitar el contagio, deciden los que mandan el miedo. Dos latifundistas de la Unión Democrática Ruralista con un amplio expediente criminal, Darly Alves da Silva, y su hijo Darcí, lo tirotean el 22 de diciembre de 1988. Ambos son condenados a 19 años de prisión en 1990. Es el fin de la impunidad, pero es solo el punto de partida. Horas después de conocerse la sentencia, una manifestación concluye ante la casa donde fue tiroteado Chico Mendes, convertida hoy en la sede de una fundación que lleva su nombre.

Pero la devastación de la Amazonia sigue adelante, decenas de miles los focos de fuego consumen millones de kilómetros cuadrados de bosque. La situación parece aproximarse a  un punto de no retorno. “Existen otros criminales que usaron a Darly y a Darcí, pero continúan en la sombra”, denunció hace más de treinta años Marcio Thomas Bastos, el jurista encargado de la acusación en el juicio por el asesinato de Chico Mendes.

La Teoría Gaia plantea que cada componente de la Tierra se encuentra interconectado de tal manera que se produce una dependencia indisoluble entre cada uno de los ecosistemas terrestres. Obviando atributos como la consciencia o la razón, la Tierra, al igual que los seres humanos, es un sistema, se comporta como un organismo y es capaz de autorregularse para mantener su equilibrio interno. Su autor es el científico, químico ambiental, medioambientalista, pacifista y escritor James Lovelock (Letchworth, Gran Bretaña, 1919). «La Amazonia es el riñón de la humanidad», advirtió.

«Se decesse um enviado dos céus e me garantisse que miña morte iría fortalecer nossa luta ate que valería a pena. Mais a experiência nos ensina o contrário. Então eu quero viver»

Diciembre 15

Hombre verde

Hoy hubiera sido el cumpleaños de Chico Mendes.

Hubiera sido.

Pero los asesinos de la amazonia matan los árboles molestos, y también matan a la gente molesta.

Gente como Chico Mendes.

Sus padres, esclavos por deudas, habían llegado a las plantaciones de caucho desde el lejano desierto de Ceará.

Él aprendió a leer a los veinticuatro años.

En la Amazonia organizó sindicatos y juntó a los solos, peones esclavizados, indios desalojados, contra los devoradores de tierras y sus bandoleros a sueldo, y contra los expertos del Banco Mundial, que financian el envenenamiento de los ríos y el bombardeo de la selva.

Y fue marcado para morir.

Los tiros entraron por la ventana.

(‘Los hijos de los días’, Eduardo Galeano, Siglo XXI, 2012).

 

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