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Carmen de Burgos escribió sobre cultura, política y sociedad, pero dedicó una atención especial a las cuestiones que afectaban a las mujeres.
Por Isabel Durán Báez | 9/10/2026
Carmen de Burgos y Seguí nació en Almería en 1867 y murió en Madrid el 9 de octubre de 1932. Fue maestra, periodista, escritora, traductora, corresponsal y una de las voces más firmes en la defensa de los derechos de las mujeres en la España de comienzos del siglo XX. Pero antes de convertirse en Colombine tuvo que enfrentarse a una de las instituciones que más condicionaban la vida femenina: el matrimonio.
Se casó muy joven con Arturo Álvarez Bustos, cuando apenas tenía dieciséis años. El matrimonio resultó desgraciado y estuvo marcado por las infidelidades de su marido y por una relación que terminó siendo incompatible con la vida que ella quería construir. Carmen de Burgos decidió marcharse y comenzar de nuevo junto a su hija. Aquella decisión tenía una dimensión mucho más profunda de la que podemos imaginar hoy: separarse no era sencillo y una mujer que abandonaba un matrimonio podía quedar expuesta al rechazo social, a la precariedad y al juicio de su entorno.
Ella, sin embargo, no aceptó que aquel matrimonio determinara el resto de su existencia. Estudió Magisterio y comenzó a trabajar. En 1901 se trasladó a Madrid con su hija y allí inició una nueva etapa que la convertiría en una figura fundamental del periodismo español.
Adoptó el seudónimo de Colombine y comenzó a publicar en distintos periódicos. Escribió sobre cultura, política y sociedad, pero dedicó una atención especial a las cuestiones que afectaban a las mujeres. Defendió la educación, el acceso al trabajo, el sufragio femenino y el derecho a decidir sobre la propia vida. En 1904 publicó El divorcio en España, después de promover una encuesta pública sobre esta cuestión. Hablar de divorcio en aquella sociedad significaba cuestionar una institución que, para muchas mujeres, podía convertirse en una estructura de dependencia de la que resultaba prácticamente imposible escapar.
También fue una mujer viajera. Como corresponsal recorrió diferentes países europeos y convirtió sus experiencias en crónicas y libros. Su mirada no se limitó a España: observar otras sociedades le permitió comparar costumbres, derechos y formas de vida, incorporando esas experiencias a su pensamiento y a su obra.
Escribió novelas, cuentos, ensayos, artículos y traducciones, y mantuvo una intensa vida intelectual. Su casa madrileña fue un lugar de encuentro para escritores y artistas, entre ellos Ramón Gómez de la Serna, con quien mantuvo una relación durante varios años.
Pero quizá una de las partes más importantes de su legado sea haber entendido que la subordinación de las mujeres no era un conjunto de problemas aislados. La falta de educación, la dependencia económica, las limitaciones legales y la imposibilidad de romper determinadas relaciones formaban parte de una misma estructura. Por eso sus reivindicaciones resultaban tan incómodas: no pedía simplemente que las mujeres fueran tratadas mejor, sino que pudieran disponer de herramientas para decidir sobre su propia existencia.
Carmen de Burgos murió a los 64 años, después de una vida que difícilmente habría podido imaginar aquella adolescente que se casó a los dieciséis. Entre ambas mujeres hay una historia de transformación: la de alguien que se negó a aceptar que el matrimonio fuera su
destino, que convirtió el trabajo y la cultura en instrumentos de autonomía y que utilizó su voz para defender que otras mujeres también pudieran elegir.
Colombine no nació libre de las normas de su tiempo. Tuvo que enfrentarse a ellas para conquistar su propia libertad. Y precisamente por eso su vida sigue siendo una historia profundamente feminista.
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