Argentina | A seis años de la tragedia de Once

Por Yesica Hnitko

Esa mañana como tantas otras, entré corriendo al andén de la estación de Ramos Mejía. El tren estaba por cerrar las puertas, explotando de gente. Se me cruzó por la cabeza que no iba a arrancar el día renegando… que se vaya nomás (pensé) ya llegará el siguiente.

Y me senté tranquila en el andén, a esperar el siguiente… y llegó el número 16 (3772)! Atestado de gente, complicado subirse, pero ya era tarde, así que un poco a presión me subí (¿cómo carajo podía imaginar lo que estaba por suceder?).
Y el viaje fue incómodo, había tanta gente carajo!.

Llegando a Caballito, cuando el tren empezaba a transitar las murallas del túnel, inicié la rutina de caminar hacia el furgón de cola (detestaba perder tiempo esperando para bajar).
Guardé el libro que venía leyendo, puse el móvil en la cartera también y caminé como cada mañana, empujando un poco y puteando a los que no se sacan las mochilas de la espalda…
Crucé el cuarto vagón y desistí de mi ruta hacia al furgón porque la gente esa mañana estaba más lenta que de costumbre y yo no quería pelear (raro en mi).
Me apoyé contra el estribo mientras el tren avanzaba hacia el andén.
Lo próximo que recuerdo es el impacto (y la sensación de salir volando desde mi lugar hasta el extremo del vagón) gente encima, aturdida por el golpe en la cabeza,, cristales rotos y muchos gritos.
No entendía nada.
Pensé en una explosión (así se sintió el impacto desde dentro).
Me pude poner en pie… las puertas no abrían.
Lo veía todo en cámara lenta. Un chico pateaba una de las puertas, trataba de abrir….
Lo logró…Alguien me arrastró del brazo…

-Bajate piba! Se va a prender fuego!

Me acuerdo de esas palabras porque fueron las que activaron mis reflejos.
Me ayudaron a bajar y me desmaye en el andén.

Hoy 6 años después puedo decir que volví a dormir sin miedo

La siguiente vez que abrí los ojos, alguien me sacudía mientras me pasaba mi teléfono (me habian atado la cartera al brazo) y me decía: “atiende, debe ser tu familia que estará preocupada” Sin entender mucho, atendí. Era mi mamá, que me preguntaba si ya habia llegado al trabajo, porque en un programa de TV decían que habia chocado un tren en Once. Le contesté que estaba bien, que ya iba para casa (estaba en una camilla de trauma con un cuello de politraumatismo esperando que me trasladen) evidentemente no me daba cuenta de lo que estaba sucediendo.
Pasado el mediodía estaba en el hospital Rivadavia, con una fisura en una vertebra cervical, un traumatismo en la base del cráneo y algunos magullones.
La saqué barata, supongo.
Cada 22 de Febrero revivo el horror de ese día y las consecuencias del después: el terror a dormir, por no soñar con el accidente, los ataques de pánico, la medicación que te dejaba en un estado de estupidez permanente, la rehabilitación, el desfile por médicos, kinesiólogos, psicólogos y psiquiatras, soportar que en tu trabajo se “indignen” porque no vuelves a trabajar, aunque no tengas el alta médica o que la gente no entienda que te pasa: “si estás viva” y muchos etc, más.
Mi mamá de fierro como siempre. Incondicional. Mi Pilar en ese momento.
Hoy 6 años después puedo decir que volvi a dormir sin miedo. Ya no despierto gritando desesperada, queriendo correr sin saber porqué, ni para que.
Yo estoy aquí y la cuento. Otros cincuenta y un compatriotas no tuvieron la misma suerte.

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