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Treinta y dos años después de su muerte, la Coordinadora de Trabajadores de Andalucía recordó en Almodóvar del Río a un jornalero y militante libertario marcado por la represión franquista.
Por Miguel Hernández Bernárdez | 30/10/2026
Ofrenda floral en la sepultura de Antonio Ramos Palomares durante el homenaje del 24 de octubre. En las cintas se lee «Antonio y Rosario» y «Ejemplo de lucha obrera». Fotografía recibida para esta crónica. Una fecha y dos nombres entre las flores.
Sobre la piedra oscura de una sepultura, las flores blancas y rojas rodean dos cintas. Una dice «Antonio y Rosario»; la otra, «Ejemplo de lucha obrera». La imagen, recibida por el autor de esta crónica, documenta uno de los gestos del homenaje dedicado el 24 de octubre de 2026 a Antonio Ramos Palomares, conocido como «El Carbonero». No hace falta añadir una frase a la fotografía para comprender que quienes acudieron quisieron dejar constancia de un recuerdo.
La Coordinadora de Trabajadores de Andalucía (CTA) había convocado el acto a las 10:30 horas en el cementerio de Almodóvar del Río, provincia de Córdoba. La fecha llegó cuatro días después del aniversario de su fallecimiento: Antonio Ramos murió el 20 de octubre de 1994. Treinta y dos años han pasado desde entonces. El homenaje devuelve la atención a una biografía vinculada a la vida de los jornaleros, la militancia anarcosindicalista y las consecuencias de la dictadura sobre los trabajadores y sus familias.
La vida que hay detrás del apodo
Antonio Ramos Palomares nació en Villanueva de Córdoba y pasó buena parte de su vida en Almodóvar del Río. Trabajó desde joven y militó en la Confederación Nacional del Trabajo (CNT). Su compromiso político y sindical se forjó en una Andalucía atravesada por la desigualdad en el campo, los conflictos por la tierra y la organización obrera. El apodo de «El Carbonero», ligado a uno de sus oficios, fue el nombre con el que lo recordaron compañeros y familiares.
Durante la Guerra Civil participó en experiencias de organización campesina y en la resistencia de sectores libertarios. Tras la victoria franquista conoció la detención, la prisión y la vigilancia. Una ficha biográfica recogida por el proyecto memorialista Todos los Nombres documenta su encarcelamiento y su actividad clandestina posterior; la entrevista que le realizó Lily Litvak en diciembre de 1990 permite escuchar, además, su propia reconstrucción de aquellos años.
Litvak conversó con él durante tres jornadas, del 15 al 17 de diciembre de 1990, en su domicilio de Almodóvar del Río. Aquella fuente oral recoge su infancia, sus primeros contactos con el anarquismo, la experiencia de las colectividades agrarias y el recuerdo de compañeros represaliados. La memoria personal no sustituye a los expedientes, pero ilumina lo que a menudo no aparece en una relación de fechas: el miedo, los nombres de quienes ayudaron y el coste cotidiano de continuar defendiendo unas ideas.
El recuerdo familiar
Un familiar de Antonio, vinculado a CTA Andalucía, ya había compartido sus recuerdos para un artículo biográfico publicado en septiembre de 2026. Lo describía como un hombre cercano, autodidacta y dotado de una memoria extraordinaria. «Para nosotros era el tío Carbonero», resumía al explicar una relación personal que se prolongó durante años.
Su testimonio habla también de las consecuencias familiares de la represión y de la solidaridad entre quienes padecieron la cárcel y la clandestinidad. Es una voz relevante, precisamente porque distingue a la persona del personaje histórico: junto al militante aparecen el familiar, el vecino y el trabajador. Las palabras pronunciadas en el acto de este 24 de octubre no se reproducen aquí porque todavía no disponemos de una transcripción revisada de los audios recibidos.
La memoria obrera necesita documentos y lugares
Recordar a «El Carbonero» no exige construir una leyenda sin matices. Supone abrir sus vivencias al contraste con la investigación histórica y preguntar qué ocurrió con los trabajadores que, después de 1939, fueron perseguidos por sus ideas. La entrevista de Litvak, los archivos memorialistas y la documentación de la época ofrecen puntos de partida concretos para seguir investigando.
La sepultura de Almodóvar del Río se convirtió este sábado en un lugar de encuentro entre historia familiar y memoria colectiva. Las flores no sustituyen el trabajo de los historiadores, pero recuerdan por qué merece hacerse: detrás de los expedientes y las estadísticas hubo personas con nombres y apellidos, trabajos, afectos y proyectos de vida.
En un tiempo en que los testimonios directos de la Guerra Civil y la posguerra son cada vez más escasos, preservar las entrevistas, identificar los documentos y transmitirlos a nuevas generaciones resulta una tarea urgente. Ese es el sentido público de este homenaje: que Antonio Ramos Palomares, «El Carbonero», no quede reducido a un nombre grabado en piedra, sino que siga siendo una historia conocida y contrastable.
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