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quizá la pregunta no debería ser únicamente cuánto talento tenía Almudena Grandes, sino de dónde sacaba el tiempo para desarrollarlo
Por Isabel María Durán Báez | 27/09/2026
Ver Almudena, el documental dirigido por Azucena Rodríguez, es volver a encontrarse con una Almudena Grandes que va mucho más allá de la escritora que conocemos a través de sus libros. Aparece la mujer, la madre, la pareja, la trabajadora y, sobre todo, una mujer que tuvo que abrirse un espacio propio dentro de una vida llena de responsabilidades. Y mientras la vemos hablar, reír, recordar y escribir, resulta inevitable hacerse una pregunta: ¿cuánto tiempo propio tuvo realmente Almudena Grandes para convertirse en Almudena Grandes?
La pregunta puede parecer extraña cuando hablamos de una escritora que consiguió construir una obra tan extensa y alcanzar un reconocimiento tan enorme. Pero precisamente por eso merece la pena formularla.
Porque tendemos a imaginar a las grandes escritoras sentadas ante un escritorio, escribiendo durante horas, completamente entregadas a la literatura. La realidad suele ser bastante menos romántica.
Almudena tenía hijos, trabajo, pareja, casa y todas esas pequeñas obligaciones que llenan los días y que, históricamente, han recaído mucho más sobre las mujeres.
Hay una imagen que me parece especialmente significativa. Cuando escribió Las edades de Lulú, Almudena se levantaba a las cinco de la mañana para poder escribir. Después llevaba a su hijo Mauro al colegio y se marchaba a trabajar a Anaya.
A las cinco de la mañana.
Mientras otros todavía dormían, ella ya estaba intentando conquistar unas horas para escribir.
Y esto cambia completamente la imagen que tenemos de una escritora.
Porque quizá la pregunta no debería ser únicamente cuánto talento tenía Almudena Grandes, sino de dónde sacaba el tiempo para desarrollarlo.
Las mujeres han necesitado históricamente negociar con el tiempo de una manera diferente.
El tiempo de los hijos.
El tiempo de la casa.
El tiempo de la pareja.
El tiempo de los demás.
Y, cuando queda algún espacio, el tiempo propio.
Virginia Woolf habló de la necesidad de una habitación propia. Pero existe otra cuestión de la que hablamos menos: el derecho a disponer de tiempo propio sin tener que justificarlo.
Una habitación puede estar cerrada y, sin embargo, seguir existiendo una multitud de obligaciones esperando detrás de la puerta.
Y ahí es donde la vida cotidiana de Almudena resulta especialmente interesante.
El documental permite acercarnos también a esa parte menos pública de su existencia, a la mujer que no estaba únicamente escribiendo novelas, participando en actos o hablando de literatura. Estaba también dentro de una casa, de una familia y de una relación de pareja.
Y es precisamente ahí donde aparecen esas pequeñas escenas que pueden parecer insignificantes cuando se cuentan por separado: estar pendiente de los hijos, ocuparse de determinadas tareas domésticas, hacer recados o incluso atender peticiones cotidianas de su marido, como preparar unas fotocopias.
Son cosas pequeñas.
Pero las pequeñas cosas también construyen una vida.
No se trata de juzgar desde fuera una relación de pareja ni de afirmar que conocemos todos sus mecanismos. Tampoco de convertir a Almudena en una víctima.
Se trata de mirar algo mucho más cotidiano: cómo incluso en relaciones entre personas con una conciencia política y social progresista pueden sobrevivir determinados repartos tradicionales de tareas.
Porque el patriarcado no siempre aparece en forma de una orden.
A veces aparece como una expectativa.
Como esa persona a la que se le pide algo porque “ella sabe dónde está”.
Como quien recuerda la cita del médico.
Como quien está pendiente de los niños.
Como quien hace una fotocopia porque alguien se la pide.
Como quien cocina porque, de alguna manera, ha terminado asumiendo que esa tarea le corresponde.
Son pequeñas cosas.
Pero sumadas unas a otras ocupan tiempo. Y el tiempo es precisamente una de las cosas que una escritora necesita para escribir.
Ahí está una de las cuestiones que más me interesan al mirar a Almudena Grandes desde el presente.
No necesitamos convertirla en una mujer perfecta.
Ni convertir su vida en una historia ejemplar.
Precisamente resulta más interesante verla en toda su complejidad: como una escritora extraordinaria que también tuvo que enfrentarse a las contradicciones de ser mujer.
Una mujer que escribió sobre la vida de otras mujeres. Que habló de deseo, de libertad, de memoria, de desigualdad y de poder. Y que, al mismo tiempo, tuvo que abrirse espacio dentro de su propia vida.
El documental de Azucena Rodríguez consigue acercarnos a esa Almudena íntima, alejada de la imagen solemne que a veces construimos después de la muerte de una persona.
Y eso es importante.
Porque cuando una escritora muere existe el peligro de convertirla inmediatamente en monumento.
La fotografía.
La estatua.
El nombre de una calle.
La escritora imprescindible.
El personaje público.
Pero antes de todo eso hubo una mujer.
Una mujer que se levantaba temprano.
Que tenía sueño.
Que llevaba a su hijo al colegio.
Que trabajaba.
Que escribía.
Que cocinaba.
Que amaba.
Que discutía.
Que se cansaba.
Que tenía contradicciones.
Y que necesitaba, como cualquier otra persona, tiempo para sí misma.
Quizá por eso Almudena me interesa tanto.
Porque no solo nos recuerda a una escritora que ya no está.
Nos obliga a pensar en todas las mujeres que, mientras intentan construir una carrera, una obra o simplemente una vida propia, continúan siendo las responsables invisibles de que todo lo demás funcione.
Y entonces vuelvo a aquella imagen de las cinco de la mañana.
Almudena escribiendo mientras los demás duermen.
Me parece una imagen hermosa.
Pero también incómoda.
Porque no deberíamos romantizarla.
Una mujer no debería necesitar levantarse de madrugada para encontrar el tiempo que el resto del día le niega.
Quizá el verdadero homenaje a Almudena Grandes no sea solamente seguir leyendo sus libros.
También debería ser preguntarnos por qué tantas mujeres extraordinarias tuvieron que aprender a escribir, trabajar, pensar y crear en los márgenes del tiempo que les quedaba después de atender a los demás.
Almudena Grandes consiguió hacerse un lugar en la literatura.
Pero quizá lo más interesante sea preguntarnos cuántas horas de su vida tuvo que conquistar para conseguirlo.
Y ahí, de repente, el documental deja de hablar solamente de Almudena.
Empieza a hablar de muchas mujeres.
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