Alemania acusa a Rusia: el enemigo necesario para justificar el proceso de militarización

Johann Wadephul, ministro de Asuntos Exteriores de Alemania, y Alexander Dobrindt, ministro del Interior de Alemania. Foto: EP

Necesitan un enemigo creíble para sostener la militarización que vive Alemania y Europa y que está haciendo de oro a los gigantes armamentísticos.

Por Raúl Alcántara | 2/09/2026

El Gobierno alemán responsabilizó este martes de forma oficial a Rusia del intento de atentado con un dron cargado de explosivos descubierto el 4 de agosto en el aeropuerto de Leipzig/Halle, cerca de un avión de carga ucraniano utilizado para transportar material hacia Ucrania.

El ministro del Interior, Alexander Dobrindt, y el de Exteriores, Johann Wadephul, comparecieron en Berlín para afirmar que las investigaciones policiales, el patrón del dispositivo —configuración, componentes, explosivos y detonador— y los informes de inteligencia apuntan a “agentes de bajo nivel” que actuaron en nombre de entidades estatales rusas. El Ejecutivo concluye que Rusia es responsable de lo que califica como un “ataque híbrido”.

Como respuesta, Berlín anunció el cierre del consulado general ruso en Bonn, la rescisión del contrato de la Casa Rusa en Berlín, controles de entrada más estrictos para ciudadanos rusos y nuevas propuestas de sanciones en la UE. Dobrindt subrayó que “no estamos en guerra, pero somos objetivo diario de guerra híbrida”. Wadephul añadió que el liderazgo ruso decidió “dañar de forma deliberada” unas relaciones ya muy deterioradas.

Moscú rechazó de inmediato las acusaciones. La embajada rusa en Alemania las calificó de provocación absurda y sin fundamento, que beneficiaría a Ucrania, al sector militarista europeo y a los fabricantes de armas. Rusia anunció que responderá.

Estas declaraciones no se producen en el vacío. Encajan en un relato que refuerza la figura de un enemigo del que hay que defenderse. Ese relato sirve para justificar el proceso de militarización que atraviesan Alemania y Europa. Tras la Zeitenwende anunciada en 2022, los presupuestos de Defensa se han disparado. Los Estados transfieren miles de millones de euros a la industria militar. Empresas como Rheinmetall, Airbus o Leonardo ven crecer sus carteras de pedidos, sus beneficios y su cotización. El capital privado del sector se beneficia de forma directa de la percepción de amenaza permanente.

Necesitan un enemigo creíble para sostener ese flujo de recursos. Rusia ocupa ese lugar. Cada incidente —drones sobre infraestructuras, sabotajes, ciberataques o presuntas operaciones híbridas— se presenta como prueba de una campaña sistemática de desestabilización. El caso de Leipzig, ocurrido en un aeropuerto clave para el envío de material a Ucrania y para operaciones de la OTAN, se convierte en el último eslabón de esa cadena.

Lo más grave es la pregunta que queda en el aire: ¿están buscando un casus belli que permita pasar de la guerra híbrida a un conflicto armado directo con Rusia? Un atentado fallido contra un avión ucraniano en suelo alemán no es, por sí solo, un acto de guerra declarado. Pero la atribución oficial, las medidas diplomáticas y el tono de “objetivo diario” elevan la temperatura. En un contexto de militarización acelerada, de debates sobre envío de tropas o misiles de largo alcance y de una opinión pública cada vez más polarizada, cada nuevo episodio puede servir para normalizar escaladas que hace pocos años habrían parecido impensables.

La historia muestra que las potencias no siempre esperan a que el enemigo ataque de forma inequívoca. A veces construyen la amenaza con la intensidad suficiente para que la militarización, los contratos millonarios y las decisiones estratégicas parezcan inevitables. Hoy Alemania ha señalado a Rusia. Mañana el siguiente incidente podría servir para dar un paso más.

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