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Matthew Desmond, en su libro Pobreza, made in USA, oportunamente publicado por la editorial Capitán Swing, desmonta la gran mentira del país de las oportunidades con precisión quirúrgica.
Por Dani Seixo | 25/03/2025
Ser pobre en Estados Unidos es como estar atrapado en un mal viaje de ácido en un motel de carretera, con cucarachas correteando entre las colillas y el zumbido intermitente del televisor sintonizado en Fox News. Todo ello, mientras la factura resultante es la de un fin de semana en la Trump International. La gran tierra de las oportunidades, la meca de los emprendedores, el Sueño Americano convertido en una pesadilla con olor a grasa, sudor rancio y desesperación.
En los Estados Unidos, la pobreza no es un accidente o una anomalía, es claramente un negocio. Una maquinaria bien afinada en donde cada billete de un dólar es exprimido hasta la última gota de sudor y sangre de los que tienen la mala fortuna de nacer en el lado equivocado de la autopista.
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Matthew Desmond, en su libro Pobreza, made in USA, oportunamente publicado por la editorial Capitán Swing, desmonta la gran mentira del país de las oportunidades con precisión quirúrgica. Nos empuja la cara contra el asfalto caliente del neoliberalismo y nos obliga a mirar de cerca las cicatrices de un sistema que no solo permite la miseria, sino que la necesita para poder seguir avanzando. No es que la pobreza sea un fallo en el engranaje del Imperio. Es que es el propio engranaje.
Si la pobreza estadounidense fuese un país, tendría más habitantes que Canadá. Casi 41 millones de personas, el 13% de la población, viven permanentemente en ella, atrapados en un círculo vicioso donde ser pobre es un privilegio que no se pueden costear. Aquí no se trata de no tener dinero, se trata de que cada aspecto de la vida, desde cobrar un cheque hasta alquilar una maldita tostadora, es más caro si eres pobre. Ellos son los perdedores del supuesto mejor de los mundos.
Sin cuenta bancaria, cada cheque de pago cuesta 10 o 15 dólares en una casa de cambio. Alquilar muebles porque no puedes permitirte comprarlos significa pagar tres veces su valor original. Un préstamo de emergencia tiene un interés del 400%. Así que si necesitas una salida rápida para pagar tu alquiler, esa pueda ser tu ruina. Si no puedes pagar la factura de la luz, la empresa te meterá una multa de reconexión de 50 dólares, como si la falta de dinero fuera un capricho. Todo, absolutamente todo en este sistema está planteado para ponerte la soga al cuello y golpear firmemente la silla tambaleante que se resiste a mantenerse bajo tus pies.
Los suburbios de las grandes ciudades están llenos de familias que sobreviven en furgonetas destartaladas con niños que hacen la tarea en el aparcamiento de un McDonald’s para robar un poco de Wi-Fi gratis. Los hospitales tienen una tarifa especial para los pobres: facturas de 20.000 dólares por una noche en urgencias, mientras los ricos se operan la nariz en clínicas privadas con música de jazz ambiental y un cóctel de bienvenida que calme los nervios de las futuras víctimas de la sociedad de consumo. Todo ello en un país con un millón de niños sin hogar. Sí, has leído bien. Un millón de niños sin hogar en el país más rico del mundo.
Mientras tanto, los grandes propietarios reciben más subsidios fiscales por sus hipotecas de lujo que todo el presupuesto federal de asistencia para los pobres. El 1% no solo se enriquece, sino que se financia con dinero público de un estado que detestan, mientras el resto paga por respirar.
La vivienda es otro campo de batalla. Ser propietario es jugar con la baraja marcada a tu favor; ser inquilino es pagar por un agujero que cada mes es más pequeño y más caro. Los salarios llevan décadas estancados, pero los alquileres suben como cohetes. En la lógica capitalista, si los pobres no pueden pagar su techo, la solución es convertir la falta de vivienda en un delito. Bienvenidos a la distopía.
El capital necesita un ejército de reserva de trabajadores pobres a los que chuparles hasta la sangre, siempre listos para aceptar condiciones cada vez peores, siempre listos para ser digeridos y desechados en el altar del capitalismo. La idea es simple: cuanto más desesperado está alguien, más fácil es explotarlo. Los barrios pobres de Estados Unidos tienen una esperanza de vida más baja que en algunos países en guerra, pero Hollywood sigue creando fantasía a base de cocaína, alcohol y escándalos sexuales solapados por el próximo cotilleo del momento. Hay más bancos de empeño y casas de apuestas que supermercados, más adictos al fentanilo que futuros científicos. Hay más posibilidades de morir en una prisión privada que de jubilarse con una pensión decente.
Pero el sistema te dirá que todo esto es culpa del individuo. Que si eres pobre es porque no trabajas lo suficiente. Que si no puedes pagar el alquiler es porque gastaste tu depauperado sueldo en tonterías que ellos mismos te han metido por los ojos incesantemente. El gran truco del capitalismo no es solo hacerte pobre, es hacerte creer que la culpa de ser pobre es tuya.
Desmond analiza el infierno desde dentro y saca de todo ello un título necesario para derruir los ya tambaleantes cimientos de un sueño americano que nunca fue tal. Si no eres una de esas personas que prefiere seguir viviendo engañada y quieres abrir tus ojos a la realidad del imperialismo estadounidense, será mejor que corras a tu librería más cercana, saques un par de billetes de tu cartera e inviertas tu tiempo y tu intelecto en comprobar los entresijos de una trampa que hoy afecta a millones de estadounidenses, pero que poco a poco también impregna nuestras ciudades, nuestros hogares, nuestra realidad más inmediata. No digas que nadie te ha propuesto herramientas para escapar a la trampa que dibuja este sistema.
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