Martín Villa cabalga de nuevo

Nada dijo de que durante su mandato de ministro del Interior (1976-1979), hubo 125 personas asesinadas por la policía, la guardia civil y los grupos de extrema derecha vinculados con el aparato del Estado

Por Sabino Cuadra Lasarte | 2/05/2026

Hace tan solo unos días Martín Villa pronunció una conferencia en Ourense titulada “De la guerra que perdimos todos, a la Transición que todos ganan”, en la que se explayó a gusto sobre la guerra del 36-39 y la Transición. En una entrevista previa a su charla que le hizo el diario La Región, insistió en eso de “la guerra que perdimos todos”, algo que, en cualquier caso, ni siquiera casaba con la opinión de su guía espiritual, Francisco Franco, quien en un discurso pronunciado en Lugo, en 1940, afirmó con desvergonzado orgullo que “Nuestra Cruzada es la única en la que los ricos que fueron a la guerra salieron más ricos”. Fue sincero el genocida.

En su charla, Martín Villa hizo trampas con la baraja, porque si bien toda guerra, en general, conlleva muerte, dolor y destrucción para el conjunto de la población, lo cierto es que a muchas personas les tocó perder bastante más que a otras, infinitamente más. Es más, para algunos la guerra no fue sino un negocio en el que invirtieron y se forraron. Franco dixit.

Frente a quienes se hicieron más ricos, millones de personas fueron despojadas de sus propiedades gracias a la Ley de Responsabilidades Políticas, hecha a la medida del bolsillo de los vencedores: militares, falangistas, Iglesia, caciques… El botín logrado no tuvo parangón. A la par, el bando ganador tomó al asalto los innumerables puestos que el nuevo Estado le reservó: Falange, Sección Femenina, Sindicato Vertical, Frente de Juventudes, Administración, Ejército,…

Durante la dictadura, unos pocos monopolizaron el poder con la más absoluta impunidad, mientras que la mayor parte de la población vio anulados sus derechos democráticos y sociales. Las mujeres, en particular, vieron cómo sus derechos no solo fueron cercenados, sino que su propia identidad pasó a ser considerada de segundo orden. Esposa sumisa, madre abnegada y ferviente católica la quería el Régimen. El código civil franquista equiparó a ésta con los menores de edad, los locos y los sordomudos que no supieran leer, ni escribir.

Martín Villa afirmó en su charla que la Transición “solo ha tenido un enemigo, que ha sido el terrorismo”. Nada dijo de que durante su mandato de ministro del Interior (1976-1979), hubo 125 personas asesinadas por la policía, la guardia civil y los grupos de extrema derecha vinculados con el aparato del Estado. Casi una por semana. A ello hay que sumar las más de 1.000 personas que durante su estancia en el gobierno (1976-1982), fueron torturadas tan solo en Euskal Herria, tal cual han acreditado distintos Informes oficiales reconocidos por el Gobierno Vasco y el Gobierno de Navarra.

Martín Villa olvidó mencionar también, como si aquello hubiera sido peccata minuta, el intento de golpe de Estado del 23-F, con Tejero tomando a tiro limpio el Congreso y secuestrando a todos sus miembros. Tampoco se refirió, claro está, a las doce imputaciones que él mismo tiene en la querella argentina por su presunta comisión en otros tantos crímenes habidos en las matanzas policiales del 3 de marzo de Gasteiz, en 1976, la “semana negra” madrileña y la II Semana pro-amnistía en Euskal Herria, ambas en 1977, y los sanfermines de 1978. Para él, el enemigo de la democracia ha sido el terrorismo y “SOLO” el terrorismo. Punto.

Martín Villa afirmó también que la Transición, nos permitió acceder a “un régimen impecablemente democrático”. Sin embargo, no hay más que abrir la prensa de estos días y ver el baile de ministros y altos cargos del PP y el PSOE que están pasando por los tribunales, para comprobar que en ese régimen impecablemente democrático, la corrupción institucional ha sido y sigue siendo seña de identidad del sistema. De Juan Carlos I, mejor no hablar.

Tras su paso por la Jefatura Nacional del SEU (Sindicato Español Universitario), la Secretaría General del Sindicato Vertical, el Gobierno Civil de Barcelona, los Ministerios de Relaciones Sindicales, Interior y Administración Territorial y la Vicepresidencia del Gobierno, Martín Villa cambió de tercio. Entre 1980 y 2020, pasó por la dirección de 45 empresas y ostentó, desde 1990, un total de 95 cargos corporativos. En su extenso curriculum figuran Endesa, Sogecable, Técnicas Reunidas, Ibercobre, Enersis (Chile), Cellophane, El Fenix, Caja Madrid, Cepsa, Globalvida… Muchos sectores empresariales consideraron obligado abrir las puertas de sus Consejos de Administración a quien tantos servicios les había prestado durante el franquismo. Se lo tenía ganado.

La derecha franquista, ésa a la que pertenece Martín Villa, sigue afirmando, erre que erre, desde púlpitos, salas de banderas y escaños congresuales, que la sarracina del golpe de Estado del 36, las décadas posteriores de dictadura y represión y la propina de una Transición ensangrentada, no fueron sino la respuesta obligada a una patria puesta en peligro por la República, el comunismo judeo-masónico y las decenas de capas políticas y sociales que, a modo de una gigantesca cebolla, envolvían a ETA.

El gobierno acaba de nombrar a Baltasar Garzón como Presidente de la Comisión de violaciones de los Derechos Humanos habidas en la Guerra y la Dictadura. Varias puntualizaciones. Primera, han olvidado meter dentro del paquete de violaciones a las habidas durante la Transición. Segunda, denominar a este órgano “Comisión de la Verdad”, mientras siguen vigentes la Ley de Amnistía y la Ley de Secretos Oficiales, es una desvergüenza que clama al cielo. Tercera, nombrar a Baltasar Garzón, magistrado en su día de la Audiencia Nacional que no investigó las denuncias por torturas policiales hechas a cientos de personas detenidas cuyos casos él instruyó (el Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha condenado al Estado español en once ocasiones por esta razón), es una muestra más de que sigue habiendo zorros (otro aún mayor es el ministro del Interior, Grande Marlaska) a los que se les sigue confiando la vigilancia de importantes gallineros. Régimen impecablemente democrático llama Martín Villa a todo esto.

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