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Entrevista que nuestro compañero Leandro Albani realizó a Martín Mosquera, director de Jacobin América Latina para LQSomos
Por Leandro Albani | 26/04/2026
Del experimento ultraderechista de Javier Milei a la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán; del fenómeno del trotskismo argentino, representado por el Frente de Izquierda y de los Trabajadores (FIT), a la inestabilidad política e institucional en América Latina; de la situación económica crítica en Argentina a los vaivenes políticos del peronismo y los días por venir en un país jaqueado por el desempleo y la pobreza. LQS habló de estos temas con Martín Mosquera, filósofo y director de la revista Jacobin América Latina, en una extensa charla donde las reflexiones se fueron encadenando en medio de las urgencias cotidianas de un mundo que atraviesa un cambio histórico que parece difícil de augurar hacia el futuro.
¿Cómo se pueden explicar las razones para entender por qué Milei llegó al gobierno en Argentina?
En primer lugar, hubo una interpretación mayoritaria muy escéptica respecto del éxito de Milei. Se pensaba que no podía ganar; que, si ganaba, no podía aplicar su programa; y que, si lo aplicaba, iba a enfrentarse a un estallido social. La mayor parte de la izquierda y una franja del peronismo pensaron eso. Pero no solo no ocurrió, sino que Milei terminó aplicando un ajuste que el propio Fondo Monetario Internacional (FMI) describió como el mayor ajuste fiscal en una economía en tiempos de paz. Y no solo no enfrentó un estallido social, sino que logró afirmarse en el poder.

Entonces, ¿cómo se explica su triunfo?
Milei es el resultado de una derrota social y política previa, que lo antecede y lo explica. No es un accidente electoral ni un mero voto de protesta, aunque esa también fue una hipótesis muy extendida: la idea de que la gente estaba tan enojada que agarró la primera boleta que encontró al momento de votar. A mi juicio, en cambio, Milei expresa tendencias más profundas.
La derrota que explica su ascenso adopta formas menos convencionales que las que suele imaginar la izquierda. Cuando se habla de una gran derrota social y política que abre paso a un período de ajuste estructural, uno piensa, por ejemplo, en una crisis catastrófica como la hiperinflación de 1989, que genera un fuerte reclamo de orden y disciplina. O piensa en derrotas emblemáticas de luchas obreras, como la de los mineros con Margart Thatcher, la de los controladores aéreos con Ronald Reagan, o en Argentina la derrota de las resistencias a las privatizaciones en los años noventa.
Creo que, y en esto sigo sobre todo el análisis de Adrián Piva, de quien publicamos varios artículos en nuestra revista, en la Argentina se combinó una serie de factores. El primero fue un estancamiento económico muy prolongado. Argentina creció hasta 2011 o 2012, pero luego entró en una larga fase de deterioro. Y si una privación económica de corto plazo puede generar una reacción, sobre todo cuando existe organización previa, en la izquierda hay una asociación a veces exagerada entre deterioro económico y revuelta social. En realidad, cuando se consolida una situación de retroceso económico suelen debilitarse las capacidades de acción colectiva de la clase trabajadora: aumenta el desempleo o el pluriempleo, se profundiza la dualización de la fuerza de trabajo, y aparecen múltiples factores que erosionan el poder social de los trabajadores. Ahí hubo, precisamente, un deterioro de la relación de fuerzas.
A eso agregaría el fenómeno inflacionario. No se llegó a una hiperinflación [durante el gobierno de Alberto Fernández], que suele tener efectos fuertemente disciplinadores, pero sí a una inflación altísima y persistente. Perry Anderson tiene una observación muy aguda al respecto, que planteó en una conferencia que dio en Buenos Aires sobre los planes de estabilización en América Latina. Allí señalaba que, en países como Argentina o Perú, la hiperinflación podía funcionar como equivalente funcional de una dictadura militar para aplicar medidas antipopulares por medios no coercitivos. Es decir, tiene una enorme capacidad de aterrorizar a la población. En este caso no hubo hiperinflación, pero sí una inflación de tres dígitos, muy prolongada, y eso también alimentó un reclamo de orden y la expectativa de que alguien viniera a poner fin al descalabro.
El tercer factor, más subjetivo, fue el desastre catastrófico de la experiencia del Frente de Todos. Esa experiencia desmoralizó a un amplio campo social progresista y alimentó una atmósfera política antiestatista y antiprogresista que, a mi entender, es decisiva para explicar el ascenso de Milei.
Mientras sucedía lo que contás, ¿las expresiones de ultraderecha iban creciendo?
Sí, se articula con un proceso más largo de radicalización derechista y autoritaria de las clases medias antiperonistas, que viene de bastante antes. Desde 2008 se consolidó un clima de movilización de esas clases medias, que se fueron politizando con un perfil antipopulista cada vez más marcado. Ese sector se fue derechizando.
Hay un libro de Javier Balsa, “Por qué ganó Milei”, que explica bien este proceso. Balsa muestra que Mauricio Macri fue muy astuto al ofrecerle a su propia base una interpretación de su derrota. Cuando su gobierno fracasa, la explicación que instala es más o menos esta: fracasamos porque hicimos gradualismo en lugar de shock, y porque no reprimimos lo suficiente la movilización social que nos impedía gobernar. Esa lectura quedó condensada, de algún modo, en la imagen de “las toneladas de piedra” del 18 de diciembre de 2017. Es decir, frente a poderes corporativos vinculados al peronismo que “no dejaban gobernar”, y frente a la propia timidez del macrismo para avanzar con su programa, Macri les ofreció a los suyos una explicación coherente de por qué habían fracasado.
Y eso es importante, porque no solo explica una derrota pasada, sino que también orienta una estrategia futura. ¿Qué se desprendía de esa lectura? Que hacía falta una terapia de shock en lugar de un programa gradualista, y que había que estar dispuesto a enfrentar represivamente al movimiento social. ¿Quién encarnó de manera más consecuente ese programa? Milei, que representa, como plantea Balsa, una versión más radicalizada de lo que habían insinuado Macri o Patricia Bullrich.

Recién hablabas sobre el fracaso del gobierno de Alberto Fernández. ¿Qué hizo ese gobierno como para dejar un poco en bandeja la llegada de Milei?
Sobre ese gobierno había un mandato social bastante claro, aunque fuera mínimo. Después de 2018, tras la crisis provocada por el ajuste de Macri, la expectativa era recomponer salarios, jubilaciones y poder adquisitivo. Eso se condensaba en consignas como “vuelve el asado” y en la ilusión, presente en un sector importante, de que podía reconstruirse algo parecido a la experiencia del primer kirchnerismo: salarios relativamente altos, mejora del consumo y una recomposición social significativa. Sin embargo, terminó dejando casi todos los indicadores sociales en una situación peor que la heredada del macrismo: peores salarios, más deterioro del empleo y mayores niveles de desigualdad. Es decir, fracasó en prácticamente todos los terrenos decisivos.
¿Por qué fracasó? Se puede discutir la interna entre Alberto Fernández y Cristina Kirchner, o las dificultades propias del diseño político de su coalición. Pero pondría el acento en dos cuestiones más estructurales. La primera es que resulta muy difícil aplicar una política, llamémosla populista o redistributiva, cuando no hay recursos. El ciclo expansivo que había sido condición de posibilidad del kirchnerismo, impulsado por la demanda asiática y los altos precios de las commodities, ya se había agotado.
Eso lleva al segundo punto. Cuando se reduce la posibilidad de sostener políticas redistributivas sin afectar demasiado la acumulación, porque ya no hay una situación de relativa abundancia, esas políticas solo pueden mantenerse si se adoptan medidas más drásticas frente al empresariado. Y estaba claro que Alberto Fernández no iba a avanzar en ese sentido.
Al mismo tiempo, tampoco aplicó las reformas estructurales que reclamaba la clase dominante y que hoy Milei está llevando adelante. Milei lo hace de una manera mucho más agresiva, pero ya durante el gobierno de Alberto circulaban, como exigencias del poder económico, las reformas laboral, fiscal y previsional. Tampoco avanzó en ese terreno. Por eso, terminó siendo un gobierno percibido como profundamente impotente: no logró ofrecer una salida a la crisis en un sentido favorable para las mayorías populares, pero tampoco resolvió la crisis en los términos que demandaban las clases dominantes. Quedó, más bien, atrapado en una situación de impasse, mientras el deterioro económico y social seguía profundizándose.
En el marco del final del gobierno de Alberto Fernández y que La Libertad Avanza gana las elecciones, ¿crees que hubo algún factor a nivel internacional, pero también a nivel interno, para que una figura como Milei pudiera ganar?
El primer gran acontecimiento que habría que mencionar es la pandemia. No tengo una opinión del todo cerrada sobre sus efectos políticos, ni creo que todavía los entendamos por completo. Pero sí hay una correlación que, en el caso argentino, aparece con bastante claridad, aunque en otros países sea menos nítida. La pandemia parece haber profundizado una tendencia a la desagregación de los lazos sociales. Y en un contexto así, el autoritarismo encuentra mejores condiciones para crecer.
Por ejemplo, en el libro de Javier Balsa que mencionaba, él muestra, a partir de estudios empíricos y cuantitativos, que cuanto más solitaria está una persona y cuanto más carece de una identidad colectiva, más proclive es a votar a Milei. En ese marco de fragmentación social, de debilitamiento de los vínculos y de desarticulación de identidades políticas preexistentes, la pandemia actuó como un factor de profundización y ayudó a crear un terreno favorable para ese tipo de opción política.

¿Los grandes medios de comunicación también influyeron?
No tanto los grandes medios, o al menos no exclusivamente. Habría que analizarlo con más precisión, porque los grandes medios jugaron hasta el final con el macrismo. En todo caso, acompañaron ese cambio de estrategia del macrismo, que pasó de una sensibilidad más bien “obamista” a una orientación más claramente “trumpista”, y acompañaron esa mutación ideológica de las clases medias. Pero ahí hubo además otro fenómeno, que tal vez en su momento no vimos o no supimos dimensionar: el papel de las redes sociales y de las nuevas tecnologías. Hoy eso parece más evidente, porque vemos una y otra vez fenómenos políticos en todo el mundo que nacen, se alimentan o se expanden a través de las redes. Pero en ese momento muchos lo subestimamos. Hay corrientes de opinión, sobre todo entre los jóvenes, que se forman directamente en los algoritmos. Recuerdo que una amiga investigadora en Brasil, que venía de estudiar la experiencia del bolsonarismo, me decía: “Mirá bien lo que está pasando en las redes sociales, mirá lo que pasa en TikTok”. Y yo pensaba: “Lo que pasa en una red social de chicos de 15 o 20 años no puede tener tanta incidencia política”. Pero ella tenía razón: ya lo había estudiado y venía con ese antecedente. Así que si tuviera que señalar dos factores, marcaría esos: la pandemia como acelerador de la fragmentación social y las redes sociales como nuevo terreno de formación de subjetividades políticas.
Después, en un plano más exógeno, uno puede decir que la extrema derecha forma parte de un fenómeno global, de una especie de avalancha internacional. Está claro que expresa algo más general de la época. Pero eso, por sí solo, no explica nada. No alcanza con decir que pasó en Argentina porque también pasa en el mundo. Lo que hay que explicar es por qué en Argentina se reprodujeron, con tanta fuerza, las tendencias que hicieron posible ese éxito global de la extrema derecha.
¿Cuáles son algunas razones por las que se da esta avalancha de la ultraderecha a nivel internacional?
La extrema derecha es hoy un fenómeno de primer orden. Es, probablemente, el fenómeno político central de la coyuntura global. Lo vemos por la cantidad de gobiernos que controla, por el peso estratégico de varios de esos gobiernos, empezando por Estados Unidos, y también por su notable capacidad de resiliencia, que es un indicador muy importante de la fuerza de un fenómeno político. Porque una cosa es ganar y otra muy distinta es recomponerse después de perder. Si la izquierda europea pierde dos elecciones, muchas veces desaparece o entra en una crisis profunda. En cambio, Trump pierde y vuelve al gobierno cuatro años después, y lo hace fortalecido. Bolsonaro pierde, pero el bolsonarismo sigue siendo una fuerza de masas y conserva una gran gravitación. Estamos, entonces, ante un fenómeno de primerísimo orden.
Ahora bien, explicarlo en términos generales no es tan sencillo. Pero diría que hay al menos tres grandes dimensiones a tener en cuenta. La primera es la crisis de 2008, pensada en una escala más histórica, de mediano y largo plazo. Hay muchos indicios de que esa crisis abrió un período de transición en el capitalismo, comparable, en su alcance, con otras grandes crisis históricas: la que siguió a 1873, la de 1914-1945, o 1929-1945, y que liquida el viejo capitalismo liberal para dar lugar al capitalismo keynesiano; o la que, tras la crisis del petróleo y la derrota del ascenso obrero en Europa y América Latina, desemboca en el neoliberalismo. Hoy posiblemente estamos asistiendo a la crisis del capitalismo configurado entre los años setenta, ochenta y noventa, cuyo momento de máxima expansión fue la caída del muro de Berlín y la restauración capitalista en el Este. Esa utopía neoliberal y cosmopolita perdió fuerza hegemónica y entró en crisis.
Ese es el primer punto: estamos ante una crisis mayúscula, que no se reduce a una recesión económica. Es una crisis económica, pero también política, en el sentido de que prácticamente no hay país que no tenga problemas de representación, descomposición de partidos tradicionales o irrupción de fuerzas nuevas. Es también una crisis ambiental, que introduce un elemento relativamente nuevo en la historia del capitalismo, porque en el fondo hay una crisis ecológica de gran escala. Y es, cada vez más claramente, una crisis geopolítica e interimperialista. Se profundizan las tensiones entre potencias, reaparece la guerra como horizonte más visible y se descompone el tipo de coordinación internacional que caracterizó otros momentos del capitalismo. Cuando el sistema está en una etapa relativamente normal, existe algún tipo de articulación estable entre los Estados dominantes: eso describían, con todas sus diferencias, Bretton Woods, el Consenso de Washington o el llamado “orden internacional basado en reglas”. Ese equilibrio está claramente quebrado. Y ese es, quizás, el indicador más fuerte de que estamos en una fase de transición histórica.
El segundo punto es que la primera respuesta social y política a la crisis de 2008 tendió, inicialmente, a expresarse por izquierda. En 2011 eso era muy visible: los indignados en España, las huelgas en Grecia, Occupy Wall Street en Estados Unidos, más adelante la candidatura de Bernie Sanders, el ascenso de Jeremy Corbyn en el Reino Unido, la Primavera Árabe, que luego terminó de manera catastrófica pero tuvo en su inicio un impulso democrático y progresivo, e incluso, aunque es anterior a la crisis de 2008, el ciclo progresista latinoamericano. Es decir, en un primer momento el malestar abrió una oportunidad para fuerzas que aparecían, al menos parcialmente, como contestatarias por izquierda.
Lo que ocurre después es un cambio en la dirección política de ese malestar. Como en todo proceso histórico, ponerle una fecha exacta es arbitrario, pero simbólicamente puede ubicarse entre 2015 y 2016. Ahí se condensan varios acontecimientos que marcan un cambio de clima: el Brexit, con un componente fuertemente reaccionario, antiinmigrante y racista; la primera victoria de Trump; la derrota de Syriza, que fue probablemente la derrota más importante de la esperanza de una recomposición de la izquierda europea en una generación; la catástrofe de la Primavera Árabe; y también la crisis del ciclo progresista latinoamericano, con el triunfo de la derecha en Argentina, la destitución de Dilma Rousseff, el gobierno de Michel Temer y la reforma laboral en Brasil, y luego el ascenso de Bolsonaro. A eso se suma la crisis del chavismo en Venezuela.
La extrema derecha global crece sobre la base del fracaso de las tentativas de izquierda y progresistas del último período. Sobre una acumulación de experiencias frustradas, promesas incumplidas y derrotas políticas, otro actor empieza a capitalizar el malestar social. Ese es, me parece, uno de los núcleos del problema: el descontento no desaparece, pero cambia de signo político. Y cuando la izquierda o el progresismo no logran ofrecer una salida convincente, consistente y durable, ese malestar puede ser reapropiado por fuerzas autoritarias, reaccionarias y nacionalistas de derecha.
¿Cuáles son estos fallos, sobre todo en América Latina, del progresismo y algunos gobiernos que eran más de izquierda?
Dejemos por un momento de lado el caso venezolano, que tiene más particularidades porque fue un proceso más radical y puso en juego otros elementos. El ciclo progresista latinoamericano no puede explicarse solo por la demanda asiática de commodities, pero tampoco puede entenderse sin ese contexto internacional favorable que alivió la restricción externa y acompañó un período de crecimiento y mejora social en la región.
Ese ciclo se explica, más bien, por la combinación de dos factores: por un lado, un cambio en la relación de fuerzas, impulsado por grandes irrupciones de movilización popular en distintos países de América Latina; por otro, un escenario económico externo favorable. Esa combinación permitió, durante un período, articular redistribución del ingreso y acumulación de capital con una relativa armonía. Pero llega un punto en que eso deja de ser posible, y es entonces cuando las burguesías empiezan a volverse cada vez más hostiles a esos gobiernos. Ahí es donde la mayoría de los gobiernos progresistas quedan atrapados en una situación intermedia. Sostienen políticas que, llegado cierto momento, empiezan a resultar inadecuadas desde el punto de vista de la acumulación del capital y, por lo tanto, ponen en guardia a las clases dominantes, pero sin avanzar al mismo tiempo con medidas de una magnitud tal que pudieran neutralizar de verdad el poder de esas clases. Para eso habrían hecho falta políticas mucho más profundas, con mayores incursiones sobre la propiedad privada. Y, en términos generales, ninguno de los gobiernos del progresismo latinoamericano estaba dispuesto a avanzar tan lejos, ni Lula ni los Kirchner.
¿En el caso venezolano qué ves?
El caso venezolano exige una discusión más específica, justamente porque fue más lejos que el resto. No diría que haya iniciado una transición al socialismo, pero sí que allí se puso en juego una transformación de otro alcance. PDVSA ya era formalmente una empresa estatal, pero solo bajo Chávez el Estado pasó a capturar de manera mucho más directa la renta petrolera, que constituye el núcleo de la economía venezolana. La combinación de la muerte de Chávez, el derrumbe del precio del petróleo y el posterior endurecimiento de las sanciones, abrió un ciclo de fuertes estrangulamientos sobre Venezuela, cuyos efectos vemos desde hace años. El período posterior amerita un análisis más fino: qué ocurrió con el gobierno después de Chávez, cómo pensar el ciclo de Nicolás Maduro, que en un primer momento tuvo elementos de continuidad, pero que más adelante también mostró rupturas importantes con respecto al chavismo original.
Volviendo a Argentina, ¿cómo ves a la izquierda no peronista en el país, que tiene diferentes expresiones, pero que no entra en el rotulo de progresista?
En primer lugar, habría que hablar del FIT, que es la corriente más fuerte dentro de la izquierda no peronista y de la izquierda marxista en Argentina. Se trata, además, de una rara avis en el plano internacional: una izquierda de matriz trotskista bastante ortodoxa que ha logrado combinar un peso militante significativo con un rendimiento electoral llamativo para los parámetros internacionales. Hay algunos antecedentes parciales, quizás en Francia o en Inglaterra, en países donde el trotskismo tuvo cierta fuerza, pero en conjunto sigue siendo un fenómeno bastante inusual.
Su consolidación se explica por varios factores. Algunos ya quedan lejos, pero uno importante fue la crisis de otras fuerzas de izquierda en el conflicto con el campo en el año 2008. Recordemos que las organizaciones que hoy dominan el FIT eran entonces fuerzas todavía minoritarias. Pero el hecho de que otras corrientes se alinearan por izquierda con la movilización de las entidades agrarias produjo una crisis, en parte, de ese espacio y puso en el centro al Partido Obrero (PO), al Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS) y a otras organizaciones que mantuvieron una posición de no capitular ante la burguesía agraria. Más adelante, en un contexto en el que casi todo el mundo terminó integrándose al peronismo, ellos conservaron un espacio propio, y eso ocurrió, y esto es clave, en paralelo a la desaparición de una centroizquierda no peronista con alguna consistencia.
En Argentina no existe, me parece, una franja electoral estable de izquierda radical como sí existe en Francia. Allí uno ve que Lutte Ouvrière o el NPA [Nuevo Partido Anticapitalista], pase lo que pase conservan uno o dos puntos cada uno. Después de mayo de 1968 quedó sedimentada una base social para ese tipo de izquierda. En Argentina no creo que haya algo exactamente equivalente. Lo que sí había era un espacio de centroizquierda no peronista que, por distintas razones, terminó concentrándose casi por completo en una sola fuerza de izquierda. Entre otras cosas, eso fue favorecido por la reforma electoral de 2011, que simplificó bastante el panorama para las fuerzas que lograban llegar a la elección general.
Al mismo tiempo, veo una cierta consolidación del FIT como corriente electoral y un cierto estancamiento político. A mi juicio tiene una dificultad persistente para dialogar de manera no sectaria con el fenómeno del peronismo. No digo dialogar en el sentido de perder independencia política, sino de desarrollar tácticas más inteligentes para disputar la base social del peronismo. Y eso, en algunos casos, podría incluir también políticas unitarias.
Por ejemplo, hoy cualquier persona, cualquier joven que se politiza, probablemente se haga antes que nada una pregunta: ¿cómo desalojamos a Milei? Esa va a ser, posiblemente, la gran utopía movilizadora del próximo período: ¿cómo sacamos a este loco? Ahora bien, ¿qué respuesta ofrece el Frente de Izquierda cuando su tradición reciente indica que, cada vez que hubo una posibilidad de cerrarle el paso a Milei en el terreno electoral, optó por votar en blanco? Es decir, una fuerza que pone en el mismo plano a Milei y al resto de la oposición. Creo que ese tipo de posiciones, y podríamos sumar otras discusiones, como las que tuvo frente al impuesto a las grandes fortunas, la estatización de YPF o el pequeño, o no tan pequeño, conjunto de medidas progresivas del kirchnerismo, muestran una ambigüedad importante.
¿Esto que explicás puede ser la razón de esa acusación que se le hace a la izquierda de ser funcional a la derecha?
Hay una parte de esa política que termina alimentando, en sectores más amplios, esa vieja caricatura estalinista de que el trotskismo es funcional a la derecha. Por supuesto, muchas veces eso opera como mito o como simplificación. Pero es cierto que algunas de sus conductas pueden reforzar esa percepción.
Me parece que en el presente hay elementos nuevos. Todo indica que Myriam Bregman [diputada nacional por el FIT] tiene hoy una imagen bastante positiva, y creo que eso no es casual, sino el resultado de una construcción política deliberada: la de una figura capaz de dialogar mejor con la base social del peronismo. Su ascendencia sobre esos sectores creció mucho, por ejemplo, cuando se reunió con Cristina cuando fue detenida. Es decir, cuando apareció ligada a gestos de defensa de libertades democráticas y de intervención unitaria frente a situaciones concretas. Uno podría preguntarse qué pasaría con el FIT si ese tipo de orientación, la que se expresó en esas acciones, se convierte en una política sistemática. Posiblemente estaríamos hablando de una fuerza de otra magnitud, con mayor capacidad de intervención y con otro peso en el equilibrio general de la política argentina.
¿Por fuera del FIT existen otras fuerzas de izquierda no peronista?
Por fuera del FIT existen corrientes minoritarias, pero reales, sobre todo con inserción en movimientos sociales, que buscan una tercera vía entre la integración al peronismo y una izquierda con peso electoral pero políticamente sectaria. Todavía es una incógnita si eso puede coagular en un proyecto con peso político más general, como ocurrió en otros países.
El caso del PSOL en Brasil es interesante para pensar esa posibilidad por contraste. Si uno lo compara con el FIT, la diferencia es muy grande. También es una fuerza de izquierda en la que conviven corrientes marxistas y no marxistas, incluso sectores de izquierda reformista, pero se constituyó como un proyecto independiente del PT, con una política muy distinta de la del FIT: independencia política, sí, pero combinada con acciones unitarias contra la extrema derecha y, por lo tanto, con acuerdos parciales con el lulismo. En ese marco, el PSOL creció mucho.
¿Puede emerger en la Argentina una izquierda de ese tipo?
Hoy parece difícil, porque siguen existiendo dos polos muy fuertes: en primer lugar el peronismo, y en el espacio restante el propio FIT. Pero creo que hay grupos, sobre todo en el mundo de los movimientos sociales, que todavía mantienen en la cabeza esa expectativa.
Al peronismo también le cuesta mucho sentarse a hablar, sobre todo con la izquierda
Por supuesto, sobre todo con quienes están a su izquierda. El peronismo es una corriente con fuertes rasgos sectarios, eso es indudable. No le quito responsabilidad en absoluto. Pero la izquierda tampoco debería eximirse de revisar su propia responsabilidad frente a ese sectarismo del peronismo.
Por ejemplo, lo que pasó el otro día con el acto del 24 de marzo [fecha del golpe militar de 1976]. Hubo un esfuerzo importante por construir una acción unitaria y, frente a eso, la mayoría de las fuerzas del FIT tuvo una actitud más bien hostil. Sin embargo, se logró sacar adelante. Y se logró, justamente, a pesar de los rasgos sectarios de unos y de otros. Eso muestra que existe la posibilidad de ejercer una presión en sentido unitario. En todo caso, la delimitación debería ser el resultado de una experiencia real de lucha común, es decir, el subproducto de la incapacidad de eventuales aliados para sostenerla hasta el final o, directamente, de su negativa a participar en ella. No debería ser una confrontación propagandística previa, que parte de anticipar la traición del otro antes, incluso, de haber intentado una acción común.
Esa táctica pasó peor la prueba de la experiencia histórica. Funciona mejor un enfoque unitario que preserve la independencia política, pero que no renuncie de antemano a la posibilidad de una lucha compartida, que una denuncia propagandística abstracta.
¿Cómo ves al Estados Unidos de Trump frente a lo que pasa en el mundo hoy?
Mi impresión es que atraviesa un declive histórico, y eso es un hecho de enorme importancia. Se trata del declive del imperialismo que comenzó a desarrollarse a fines del siglo XIX y que terminó de consolidar su hegemonía en la posguerra. Son procesos que ocurren, por así decirlo, una vez por siglo. Estados Unidos, y en un sentido más amplio Occidente, están en retroceso frente al ascenso asiático, sobre todo frente a China. Cada año que pasa, China aparece como una economía más competitiva y más productiva, mientras que Estados Unidos pierde terreno relativo.
Sin embargo, lo que pierde en el plano económico intenta compensarlo en el plano coercitivo. Ahí aparece la estrategia de Trump, que expresa el balance de un sector de las élites norteamericanas, tanto políticas como económicas, que concluye que la globalización neoliberal que Estados Unidos impulsó terminó favoreciendo más a China que a sí mismo. Y, en lo esencial, ese diagnóstico es correcto. A partir de ahí se plantea una estrategia de cierto repliegue nacional: dejar de financiar instituciones globales, dejar —al menos en parte— de embarcarse en expediciones militares interminables que consumen enormes recursos y terminan mal, como fue Irak, e intentar revertir algo del proceso de internacionalización productiva mediante la repatriación de capitales. En ese marco, la idea ya no sería la de un Estados Unidos como gendarme global que gasta sumas inmensas para administrar el orden mundial, sino la de una potencia que restablece una lógica más clásica de zonas de influencia: controlar su región y disputar el predominio global, sobre todo a través de medios coercitivos.
¿Esa política de la administración Trump le dio buenos resultados?
Esa estrategia, que va desde medidas económicas como la política arancelaria de hasta intervenciones militares directas, no está dando grandes resultados. En realidad, no está claro que hoy exista una estrategia capaz de devolverle a Estados Unidos una posición de supremacía estable. El retroceso económico relativo y la pérdida de competitividad frente a Asia no parecen reversibles, y tanto las maniobras arancelarias como las aventuras militares tienden a producir resultados, como mínimo, muy inciertos.
Hay que reconocer que Trump juega fuerte y trata de hacer valer la principal ventaja comparativa de Estados Unidos, que sigue siendo su poder coercitivo. Y eso tiene efectos. En algunos casos, esa estrategia le permitió enviar señales muy contundentes, sobre todo hacia América Latina, acerca de su disposición a intervenir con rapidez y dureza. Pero en otros escenarios encontró límites claros. El caso de Irán, por ejemplo, mostró una situación muy distinta: allí se enfrenta a un régimen que conserva capacidad de respuesta y no parece fácil de doblegar a través de una operación rápida. Nada indica que Estados Unidos esté realmente preparado para sostener una guerra prolongada, tanto por sus costos materiales como por sus costos políticos internos. Eso es importante porque una parte central de la base social de Trump, el universo MAGA que él mismo contribuyó a formar, es muy hostil a las expediciones militares en el exterior y al despilfarro de recursos en guerras lejanas que terminan mal. A eso se suma otro problema: cualquier escalada bélica en Medio Oriente tiene efectos casi inmediatos sobre la economía global, en particular a través del precio del petróleo y de los combustibles. Es decir, una guerra de gran escala no solo puede generar un empantanamiento militar, sino también un deterioro económico para el propio Estados Unidos.
Por lo visto, existe una tensión grande entre lo que dice Trump, su supuesto proyecto internacional y la realidad
Lo que se ve es una combinación de agresividad extrema y dificultad para transformar esa agresividad en victorias estratégicas duraderas. Trump presiona, amenaza, escala, pero no siempre logra traducir esa presión en una recomposición efectiva del poder norteamericano. En varios terrenos, más bien aparece una situación de empantanamiento. Y eso vuelve el escenario especialmente incierto.
En todo caso, lo que sí parece claro es que estamos entrando en un mundo de mayores tensiones geopolíticas, más guerras y más choques entre potencias. Y la respuesta de Estados Unidos frente a ese escenario, al menos bajo Trump, consiste en usar de manera cada vez más agresiva instrumentos de coerción económica, política y militar para intentar reposicionarse. El problema es que una potencia en declive puede ser extremadamente peligrosa, justamente porque conserva una enorme capacidad de daño aun cuando ya no logra ordenar el mundo como antes.
Si el gobierno de Trump fracasa, ya sea más cerca en el tiempo si tiene que salir de una manera deshonrosa de la guerra con Irán, o en las elecciones de segundo término en noviembre, ¿cómo pensás que puede impactar en las derechas de América Latina?
Como parte de esta estrategia general, Trump recrudeció la ofensiva sobre América Latina de un modo que no tiene muchos antecedentes en la memoria reciente. Por ejemplo, la intervención económica para sostener a Milei es algo muy excepcional. Habría que remontarse, tal vez, a la ayuda de Estados Unidos a México durante la crisis del tequila, pero ahí estamos hablando de su principal socio comercial, en el marco del NAFTA [Tratado de Libre Comercio de América del Norte] recién estrenado, y en medio de una crisis con posibles efectos globales. También podría pensarse en el apoyo a Boris Yeltsin, con asistencia del FMI y un fuerte respaldo norteamericano, en su campaña de reelección, aunque allí estaba en juego algo de una escala completamente distinta como era la restauración capitalista en el Este. Pero algo como ver al secretario del Tesoro de Estados Unidos pendiente del precio del dólar blue [ilegal o paralelo] en la calle Lavalle de Buenos Aires es realmente insólito.
Trump puede hacer eso, o puede directamente secuestrar a Maduro. Es decir, está dispuesto a jugar muy fuerte en la región. Frente a esa ofensiva imperial, la extrema derecha latinoamericana aparece casi como su alter ego político: un actor funcional, casi un instrumento directo de esa estrategia. Estoy seguro de que Trump va a intervenir con fuerza en los procesos políticos decisivos de la región. Va a jugar fuerte en las elecciones de Colombia y todavía más fuerte en las de Brasil.
En ese contexto, una desestabilización de Trump golpearía, sin duda, a la extrema derecha latinoamericana. Pensemos en el caso de Milei: sin Trump, no sabemos qué habría pasado cuando comenzó la crisis cambiaria previa a las elecciones de octubre de 2025 en Argentina. Tal vez hoy ni siquiera estaría gobernando. Tampoco sabemos cuál sería la magnitud exacta de ese impacto. La extrema derecha siguió creciendo incluso cuando Trump estaba fuera del gobierno. Durante la presidencia de Joe Biden, de hecho, siguió expandiéndose. Pero evidentemente no es lo mismo que tenga como referencia y respaldo al principal dirigente de la extrema derecha global ocupando la presidencia de la mayor potencia del mundo, a que no lo tenga.
Por lo que decís, el futuro aparece marcado por la inestabilidad
No puede descartarse que Trump entre en una dinámica de empantanamiento. La combinación entre una derrota o un atasco militar en Irán y una derrota electoral en noviembre podría abrir escenarios muy diversos, incluso uno de crisis institucional más profunda. En estos días se volvió muy comentada aquella tapa de The Economist en la que aparecen Xi Jinping y Trump, junto a esa frase clásica atribuida a Napoleón: “Si tu enemigo se equivoca, no lo interrumpas”. Porque todo indica que la incursión de Trump en Irán puede convertirse en un punto de inflexión negativo para él. Si eso ocurre, el impacto sobre las derechas latinoamericanas va a ser importante. El problema es que hay dos elecciones muy relevantes para la región, especialmente la de Brasil, antes de los comicios de noviembre en Estados Unidos. La elección brasileña es apenas un mes antes. Salvo que se produzca un desenlace inmediato, que hoy no parece la hipótesis más probable, Trump va a seguir gobernando durante ese proceso electoral, y eso para nosotros es muy importante. Porque un regreso de Bolsonaro en Brasil convertiría a la región en un escenario mucho más hostil y peligroso.
Una crisis o un fracaso de Trump probablemente tendría efectos negativos sobre la extrema derecha latinoamericana. Lo que no sabemos todavía es de qué magnitud serían esos efectos, ni si llegarían a tiempo para modificar los procesos políticos más inmediatos de la región.
Leandro Albani , periodista y escritor argentino, autor de los libros «Kurdistán. Crónicas insurgentes» (kunto a Alejandro Haddad), «Revolución en Kurdistán. La otra guerra contra el Estado Islámico», «ISIS. El ejército del terror», «Mujeres de Kurdistán. La revolución de las hijas del sol» (junto a Roma Vaquero Diaz), «No fue un motín. Crónica de la masacre de Pergamino», «Ni un solo día sin combatir. Crónicas latinoamericanas» y «Kurdistán urgente. Historias de un pueblo en resistencia». Ha realizado coberturas desde Venezuela, Bolivia, México, Cuba, Ecuador, España, Bélgica, Irán y Bashur (Kurdistán iraquí).
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