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Entrevista con la poeta, novelista y traductora Mar García Lozano, autora de Madrid junto al mar (Editorial Renacimiento, 2025).
Por Isabel Durán Báez | 28/03/2026
¿Por qué decidió centrar ‘Madrid junto al mar’ (1930-1936) en ese periodo concreto y qué cree que lo hace especialmente relevante para comprender la España actual?
De todos los momentos posibles de la la llamada Edad de Plata, (aunque en realidad es otra nueva Edad de oro) que abarca desde el 98 hasta la guerra, he elegido los años de la República porque representan muy bien la culminación y el esplendor cultural de toda esa época. No ha habido ningún otro momento como ese, y me interesaba también la tensión que en esos años se está viviendo, una tensión que, desgraciadamente, desembocaría en los años terribles de la guerra.
El título evoca apertura y horizonte. ¿Qué simboliza ese ‘mar’ en una ciudad como Madrid y cómo dialoga esa metáfora con la idea de modernidad y cambio social?
Sí, el mar funciona como un símbolo de posibilidad, de horizonte infinito. He partido de una idea de Shakespeare que en su obra, El cuento de invierno, sitúa Bohemia junto al mar, y también de un poema de Ingeborg Bachmann, titulado Bohemia está junto al mar, que recoge ese idea de Shakespeare. El mar como todo lo que pudo ser, que fue de hecho, pero que se truncó de la forma más violenta y definitiva posible. El mar como posibilidad de cambio social y cultural, sí, como metáfora de la modernidad. Y quería que estuviese Madrid en el título porque todos los hechos de los que parto, reales, se produjeron en esa ciudad. Es una especie de epitome de lo que estaba sucediendo en todo el país.
¿Considera que el periodo republicano fue realmente un punto de inflexión en materia de derechos para las mujeres, o cree que existe cierta idealización retrospectiva?
Sin duda lo fue, quizá en ningún otro aspecto, aparte de la educación, fue tan claro el avance que supuso ese periodo. Ese camino se había iniciado alguna década antes pero desde luego lo que supuso la República para los derechos de la mujer es, creo, evidente. Tanto desde el punto de vista de lo que iba de arriba abajo (iniciativas políticas, leyes.) como de lo que iba de abajo arriba (cambios en los comportamientos y en los modos de vida). Hubo además, mujeres que se convirtieron en un modelo para otras mujeres, porque vivían, pensaban, amaban de otra forma.
¿Qué papel desempeñaron las mujeres en la transformación cultural y política del Madrid de esos años?
Un papel decisivo. Su participación en la vida pública, sobre todo, creo que es uno de los aspectos mas destacables. Ampliaron el papel de la mujer en el espacio público. En ese sentido son fundamentales la Residencia de Señoritas, dirigida por María de Maeztu, o el Lyceum Club. Iniciativas para la participación de la mujer. Intentos de romper las paredes del hogar o, al menos, de agrandar las ventanas, los balcones… y también de hacer nuevas las calles, los espacios públicos.
Cuando se habla de figuras como Clara Campoamor o Victoria Kent, a menudo se simplifican sus posiciones. ¿Cómo aborda usted las tensiones y debates internos del feminismo de la época?
En realidad no es un tema que aborde de manera explícita en el libro, de hecho no se tocan determinados aspectos de forma deliberada. Clara Campoamor y Victoria Kent no aparecen en el libro, pero desde luego son figuras esenciales para la lucha por los derechos de la mujer en ese época. A pesar de que, como sabemos, optaron por posiciones políticamente muy distintas. Pero finalmente gracias a su labor, se consiguieron logros tan importantes como el voto femenino o la ley de divorcio.
Más allá de las figuras conocidas, ¿qué lugar ocupan en su libro las mujeres anónimas —maestras, obreras, periodistas, activistas— que sostuvieron los cambios cotidianos?
El libro está dedicado a figuras destacadas de la cultura de la época. De los 18 capítulos del libro, 12 están dedicados a mujeres. Sin embargo esas mujeres que cita: maestras, periodistas, obreras… cuyo papel fue también decisivo, no están en el libro, aunque están de otra forma, en la obra de las mujeres que sí aparecen. En este sentido me gustaría destacar una figura, la de la novelista Luisa Carnés porque tiene una procedencia social muy distinta al resto, ella era una mujer obrera, trabajadora de una sombrerería, primero, y después de una cafetería (es la historia que cuenta en su maravillosa novela Tee Rooms). La mayor parte de las mujeres que protagonizaron la vida cultural de aquella época tenían una procedencia burguesa y acomodada. Y es desde su posición, ciertamente privilegiada, desde donde intentaron abrir sendas y caminos nuevos, formas de vida nueva para la mujer, para todas las mujeres.
¿Cree que la historiografía española sigue arrastrando una mirada androcéntrica? ¿En qué aspectos concretos se percibe todavía esa invisibilización?
Bueno, creo que en las últimas décadas se ha avanzado muchísimo en este aspecto, se está intentando recuperar la memoria de la mujer, la herencia de su trabajo, en todos los aspectos. Pero estos caminos son siempre largos y quizá, lentos, demasiado lentos.
En un momento en el que el feminismo atraviesa debates intensos sobre su rumbo y sus prioridades, ¿qué enseñanzas ofrece el periodo 1930-1936 para el presente?
Creo que básicamente están esos “modelos” de mujer a los que antes aludía, que siguen siendo un faro para nosotras. Por como fueron capaces de enfrentarse, en muchos casos desde la nada, a una situación social y política que era verdaderamente adversa. Y claro que también tuvieron sus enfrentamientos….
¿Hasta qué punto considera que los avances en igualdad dependen del contexto político y económico? ¿Qué paralelismos encuentra entre aquel momento y el actual?
Los avances en igualdad dependen, por supuesto, del contexto político y económico. Cuanto más libre y próspera es una sociedad más espacio creará para la igualdad. No creo que el mundo actual se parezca, en este sentido, en otros quizá sí, desgraciadamente, a aquel mundo. Las mujeres actuales creo que no podemos ni siquiera imaginar cómo era aquel mundo , tenga en cuanta que todavía había debates acerca de la capacidad de la mujer para la ciencia o para la verdadera creación literaria. Y estaban Marie Curie o Virginia Woolf, por ejemplo.
¿Cree que existe hoy una cierta complacencia institucional al abordar los retrocesos en derechos de las mujeres? ¿Qué riesgos implica?
Retroceder en esa senda sería una de los mayores errores que podríamos cometer. Pero, sinceramente, no veo ese riesgo de forma real. No lo veo. Aunque pueda haber señales que a veces asustan por su carácter reaccionario, creo que la senda abierta ya no tiene vuelta atrás.
¿Qué papel debería jugar el Estado en la protección efectiva de los derechos de las mujeres? ¿Basta con el reconocimiento formal o son necesarias políticas estructurales más profundas?
Como decía Josefina Aldecoa, hay cosas que de tan evidentes ni siquiera deberían ser planteadas. Un estado debe garantizar la igualdad desde todos los planos.
Madrid fue un hervidero cultural en esos años. ¿Cómo influyó ese ecosistema artístico e intelectual en la construcción de nuevas identidades femeninas?
Fue, como he señalado al principio, crucial, fundamental. Mujeres capaces de enfrentarse, no sólo desde sus creaciones artísticas sino también desde su propia vida personal a los papeles tan arraigados que se les asignaba a las mujeres. Carmen de Burgos, por ejemplo, representa muy bien ese modelo de mujer absolutamente indomable que fue capaz, a principios del siglo XX, de desafiar todo tipo de convenciones. Pero hay muchas más, Maruja Mallo, Concha Méndez, María Zambrano, la propia Zenobia Camprubí, y muchas otras.
¿Diría que la ciudad fue un espacio de emancipación para las mujeres o también un lugar de conflicto y resistencia patriarcal?
Fue un escenario de cambio y de lucha. En la foto oficial de la Generación del 27 no aparece ninguna mujer. Y en la antología que en 1934 publica Gerardo Diego y que fue decisiva para conformar esa generación, tampoco. Después hizo una segunda edición donde ya aparecen dos: Josefina de la Torre y Ernestina de Champurcin. El Liceo Club femenino era atacado desde determinados ambientes masculinos y era mirado con desprecio o complacencia, lo llamaban “el club de las maridas” y muchos intelectuales de la época se negaron a participar en los actos que organizaban.
¿Qué le gustaría que una lectora joven descubriera al leer su libro?
Me gustaría que fuese al Museo Reina Sofía a ver los cuadros de Ángeles Santos o Maruja Mallo; que leyera a María Zambrano, a Concha Méndez, a Margarita Ferreras, a Alfonsina Storni. Que descubriese ese mundo inagotable que nos ofrecen.
Si tuviera que resumir en una idea la principal aportación feminista de Madrid junto al mar, ¿cuál sería?
Podría resumirlo con estas palabras de la poeta americana Adrianne Rich: “Todavía tenemos que mirar la ausencia de mujeres que no pudieron hablarle a nuestra vida”. Eso he querido, mirar esa ausencia.
¿En qué momento sintió la necesidad personal de escribir este libro? ¿Hubo algún episodio o lectura que actuara como detonante?
Empecé a escribir el libro a partir de mi interés por la época en que César Vallejo vivió en Madrid, en 1931. A partir de ahí comencé a imaginar otras vidas, otros personajes. Arranco el libro con la primera conferencia de Unamuno en Madrid después de su largo destierro (pasó seis años fuera de España) porque me parece una figura fundamental en la historia del siglo XX. Y esa conferencia fue el detonante de su actitud, tan valiente y en muchos casos contradictoria, en todos esos años treinta.
¿Qué ha significado para usted, como autora, adentrarse en este periodo histórico desde una mirada feminista?
Siempre he tenido fascinación por esa época, y profundizar en la obra de todos aquellos creadores, hombres y mujeres, capaces de traer signos de modernidad a España no tiene precio. Destacar la obra de mujeres es doblemente importante, sin duda, porque te das cuenta hasta qué punto muchas obras y figuras fundamentales siguen siendo aún hoy prácticamente desconocidas.
Durante el proceso de investigación, ¿hubo alguna historia o figura que le conmoviera especialmente?
Muchas. Hay un relato en el libro en el que cuento un paseo de María Zambrano con Miguel Hernández por la ribera del Manzanares en el que se ponen a llorar. Ese episodio lo cuenta la propia María Zambrano en un entrevista que yo vi después de haber escrito el relato y me impresionó mucho. También figuras como Marga Gil Roesset, que se suicidó por amor a Juan Ramón Jiménez. O el paseo que da Antonio Machado por la calle Santa Engracia recordando su amor por Leonor. Es importante destacar que en el libro parto de sucesos que realmente sucedieron, yo los he imaginado, pero parten de historias reales.
¿Ha cambiado su propia visión sobre la República o sobre el papel de las mujeres en la historia después de escribir esta obra?
Me ha enseñado la lección que se puede aprender cuando lees y estudias con profundidad una época, su luz y su oscuridad.
¿Qué le gustaría que se entendiera mejor sobre su trabajo como historiadora y escritora tras la publicación de este libro?
Yo no soy historiadora, no he pretendido escribir un libro de historia. Más bien es de “intrahistoria”, he intentado mostrar a los personajes de los que trato despojados de los velos de la fama y del prestigio. Mostrarlos en su fondo de seres humanos complejos. He intentado ser leal a lo que representan para mí, y a todo lo que de ellos he aprendido.
Si pudiera sentarse hoy a conversar con alguna persona del periodo que aborda en su libro, ¿a quién elegiría y qué le preguntaría para comprender mejor aquel momento histórico desde nuestra mirada actual?
Pues la verdad es que organizaría una comida o un encuentro con todos ellos, no me perdería a Lorca, a Vallejo, a María Lejárraga, a Miguel Hernández, a Cernuda, a Juan Ramón Jiménez, a María Zambrano, a Ángeles Santos, a Alfonsina Storni, a María Maeztu…y dejaría que fuesen ellos los que me hablasen.
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