La unidad de la izquierda sin militancia de base y proyecto transformador está destinada a un nuevo fracaso

Lo que distingue a los frentes amplios de un movimiento político genuino es la ausencia de un programa transformador a largo plazo.

Por Javier Guijarro | 13/02/2026

En el panorama político español de principios de 2026, los partidos situados a la izquierda del PSOE —como Izquierda Unida (IU), Movimiento Sumar, Más Madrid, Comunes y remanentes de Podemos— han intensificado sus esfuerzos por conformar nuevos «frentes amplios». Estas alianzas, presentadas como un revulsivo para el espacio progresista, no son más que maniobras oportunistas diseñadas para maximizar el rédito electoral en un ciclo marcado por comicios autonómicos en regiones como Aragón, Castilla y León y Andalucía. Sin embargo, detrás de esta fachada de unidad, no hay un proyecto político sólido a largo plazo, ni un arraigo territorial genuino, ni un músculo militante capaz de sostener cambios profundos. Al contrario, estos movimientos responden a una lógica puramente cortoplacista, destinada a repartirse escaños y perpetuar carreras políticas, sin un verdadero compromiso con la transformación social.

Las formaciones reformistas han acelerado sus negociaciones para evitar la fragmentación que les costó caro en elecciones anteriores. Por ejemplo, el coordinador federal de IU, Antonio Maíllo, ha impulsado desde enero una «nueva propuesta de frente amplio» que busca aglutinar a partidos como Movimiento Sumar, Comunes y Más Madrid, con el objetivo explícito de no repetir los errores de coaliciones pasadas como Unidas Podemos o Sumar. Esta iniciativa surge en un momento de debilidad: Sumar ha perdido la mitad de sus apoyos desde las generales de 2023, según encuestas recientes, y la izquierda alternativa enfrenta tensiones internas y con el PSOE, su socio en el Gobierno.

Otras figuras, como la del portavoz de ERC, Gabriel Rufián, proponen listas plurinacionales para las próximas generales, mientras que IU aboga por superar Sumar, al que considera un «proyecto fallido» que debe desmarcarse del PSOE para recuperar credibilidad. Estas propuestas, aunque suenan ambiciosas, son esencialmente reactivas: responden a la proximidad de elecciones autonómicas —como las de Aragón en febrero de 2026, donde el PP gana terreno y Vox duplica su representación— y no a una visión estratégica duradera. El fracaso en Aragón para acordar una candidatura unitaria, con divisiones entre IU, Comunes y Podemos, ilustra esta coyuntura: en lugar de construir desde la base, se opta por alianzas de última hora que se deshacen al primer revés.

Lo que distingue a estos frentes amplios de un movimiento político genuino es la ausencia de un programa transformador a largo plazo. En lugar de invertir en estructuras orgánicas con militancia activa y presencia en el territorio, estos partidos priorizan fachadas electorales. Como se ha observado en la trayectoria de formaciones como Podemos y Sumar, su entrada en coaliciones gubernamentales con el PSOE ha diluido su perfil, permitiendo que el socio mayoritario se apropie de reformas modestas mientras ellos pierden identidad. Esta moderación neokeynesiana —limitada a defender el estado del bienestar sin cuestionar estructuras capitalistas profundas— refleja una adaptación al statu quo, no un desafío al mismo.

El arraigo territorial es otro punto débil. A diferencia de partidos históricos con bases sólidas, estos grupos dependen de figuras mediáticas y acuerdos efímeros, sin invertir en organizaciones locales que perduren más allá de las urnas. En regiones como Andalucía o Castilla y León, donde se avecinan elecciones, las tensiones internas han encallado intentos de unidad, dejando un panorama de candidaturas fragmentadas que solo se unen por conveniencia. Sin músculo militante —es decir, sin una base activista comprometida en luchas cotidianas—, estos frentes se vuelven vulnerables a ciclos políticos desfavorables. Históricamente, hemos visto cómo coaliciones similares se desploman en votos cuando el contexto cambia: la caída de Unidas Podemos tras su pico en 2015, o la reciente erosión de Sumar, son ejemplos claros de esta volatilidad.

En el fondo, estas maniobras responden a una lógica de supervivencia: repartirse escaños para vivir de la política. Los partidos reformistas no buscan una transformación social radical —como la nacionalización de sectores clave o una redistribución profunda de la riqueza—, sino mantener su cuota de poder en un sistema que no pretenden alterar. Esto se evidencia en su dependencia de alianzas tácticas con el PSOE, a pesar de las fricciones, como las disputas por medidas de vivienda o pensiones en el Congreso. En lugar de construir organizaciones sólidas con trabajo de base, optan por «propuestas movilizadas» que suenan bien en campaña pero carecen de sustento real.

En España, el declive electoral de la izquierda alternativa desde los años 2010 —con picos en los 80 pero caídas constantes desde entonces— subraya que sin un proyecto genuino, estos frentes se desinflan ante vientos adversos, como el auge de la derecha en regiones clave.

Los frentes amplios de 2026 son un síntoma de su crisis profunda. Mientras el PSOE se mantiene como pilar del sistema, estos partidos reformistas se limitan a tácticas electoralistas que priorizan el corto plazo sobre la construcción de alternativas reales. Sin un objetivo de transformación social —más allá de reformas cosméticas—, y sin invertir en militancia y territorio, estos movimientos están condenados a repetirse en ciclos de auge y caída. El camino no pasa por alianzas oportunistas, sino por organizaciones sólidas que prioricen la lucha de clases sobre el reparto de sillones. De lo contrario, seguirán siendo meras fachadas que se derrumban al primer soplo de adversidad política.

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