La mañana en Gaza no empieza con el sol

Por las noches, cuando el cielo se enciende de luces que no son estrellas, Mariam aprieta la mano de su madre y piensa en una palabra que escuchó en la radio: alto el fuego.

Por Isabel Durán Báez | 23/02/2026

La mañana en Gaza no empieza con el sol. Empieza con el ruido.

Mariam aprendió a distinguir los sonidos antes que las palabras. El zumbido lejano que eriza la piel. El estruendo que hace vibrar los cristales. El silencio extraño que viene después y que nunca significa calma, solo espera.

Tiene ocho años y sabe contar explosiones mejor que los números de su cuaderno.

Vive en un barrio del norte de Franja de Gaza, en un edificio que ya no es exactamente un edificio. Una pared se abrió como una boca y desde entonces el viento entra sin pedir permiso. Su madre dice que el viento no es enemigo. Que el viento solo pasa. Mariam no está segura. Aquí casi todo pasa dejando algo roto.

Antes iba a la escuela. Le gustaba escribir su nombre con lápiz nuevo y colorear el mar, aunque el mar real no lo veía casi nunca. Ahora su escuela es un refugio improvisado donde los niños dibujan casas enteras, con techos firmes y puertas cerradas, como si dibujar fuera una forma de construir.

A Mariam le gusta dibujar ventanas.

Dice que las ventanas son importantes porque sirven para mirar hacia afuera sin irse. Su hermano mayor se fue una tarde a buscar pan y volvió distinto. Más callado. Con los hombros hundidos. Desde entonces, Mariam dibuja ventanas grandes, abiertas, pero con cortinas suaves. En sus dibujos siempre hay cortinas. Como si el mundo pudiera filtrarse.

Por las noches, cuando el cielo se enciende de luces que no son estrellas, Mariam aprieta la mano de su madre y piensa en una palabra que escuchó en la radio: alto el fuego. Le parece una palabra hermosa, como si alguien pudiera ordenar al ruido que se detenga. Como si el fuego obedeciera.

Una vez preguntó por qué se pelean. Su madre respondió algo sobre fronteras, historia, poder. Mariam no entendió. Lo único que sabe es que su muñeca perdió un brazo y que su mejor amiga ya no vive en su calle.

En el refugio hay una niña más pequeña que llora cuando suenan las sirenas. Mariam se sienta a su lado y le cuenta historias inventadas: historias de un jardín donde las granadas son solo frutas y los aviones sirven para viajar, no para asustar. Mientras habla, su voz tiembla un poco, pero no se detiene.

A veces sueña con el mar. No el mar lejano y vigilado, sino uno abierto, inmenso, sin barcos grises. En el sueño corre sin mirar atrás y nadie la llama para entrar rápido en casa.

Por la mañana vuelve el ruido.

Mariam se levanta, sacude el polvo de su vestido y busca su cuaderno. En la última página ha escrito una frase que copió de una voluntaria: “Los niños no deberían aprender la guerra”.

No sabe exactamente qué significa “deberían”. Pero entiende perfectamente lo que es aprender.

Y ella ya ha aprendido demasiado.

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