La jodienda del Perú (I)

En los dos últimos mandatos, es decir, diez años, ocho presidentes de la república en total; cinco echados por corrupción (a la trena de rejas, la domiciliaria y/o con el estigma de “permanente incapacidad moral”) y otro que dimitió a los cinco días viendo lo que se le venía encima

Por Primitivo Carbajo | 20/04/2026

Una ultraderechista convencional de pedigrí japonés, Keiko Fujimori, por defender y continuar el legado de su padre condenado por crímenes de lesa humanidad, y un fenómeno de la ultraderecha loca que vamos sabiendo, Rafael López-Aliaga, alias Porky, “el nuevo Bolsonaro”, numerario del Opus Dei y de la cofradía de la motosierra, competirán en segunda vuelta por la presidencia del Perú como caballos ganadores de la primera carrera.

Tiene el mérito añadido esta competeción de que, tras el esfuerzo de ambas galopadas, los laureles del vencedor se convertirán con alta probabilidad estadística en corona de espinas y en carne de prisión el caballo. Así sucedió con los presidentes peruanos elegidos en los cinco mandatos de este cuarto de siglo, más Alberto Fujimori, el último del anterior. Sólo uno no fue enchironado, pero porque se pegó un tiro en la sien justo cuando le iban a meter entre rejas.

Resulta extraño, pues, que con estos precedentes inmediatos y su destino carcelario comparecieran en la parrilla de salida de la primera vuelta nada menos que 35 caballos, ponis unos cuantos. Los electores tuvieron abanico donde apostar y motivo suficiente, en su gran mayoría, para sentirse defraudados. Un 70% de ellos, más o menos, si vuelven a las urnas, apostarán en la segunda carrera a regañadientes, no por su caballo, o usarán la papeleta con otra postura, la también práctica de limpiarse el ojete con ella.

Con la primera no era tan sencillo. Contenía el aliento de esperanza en el caballo favorito dentro del formato sábana, a todo color, rojos, verdes, azules y amarillos con sus mezclas, tantos candidatos a otros cargos de los muchos partidos participantes en la carrera con sus logos y banderas: como buscar a Wally en el rompecabezas y, una vez hallado, emborronar la sábana con el bolígrafo. Había que intentarlo.

Además de los presidentes del siglo elegidos en las urnas, uno por lustro, también están en las cárceles peruanas buena parte de los que los reemplazaron en la alta magistratura, todos con lustre, de acuerdo con el orden constitucional para completar el mandato.

En los dos últimos mandatos, es decir, diez años, ocho presidentes de la república en total; cinco echados por corrupción (a la trena de rejas, la domiciliaria y/o con el estigma de “permanente incapacidad moral”) y otro que dimitió a los cinco días viendo lo que se le venía encima. Quedaron a salvo los dos cuya única función fue tramitar las respectivas convocatorias electorales. Realmente sombroso. No parece realidad, sino fruto de una ficción literaria, y esta, entiendo yo, es la primera trampa.

Magritte ya lo señaló de manera plástica: Ceci n’est pas une pipe. Estás viendo una pipa ciertamente, pintada con esmerado realismo, es inequívocamente una pipa. Pero ni se puede fumar con ella ni se puede extraer del marco y, además, tampoco hay tabaco. Esto es, pese a su realismo indudable, le faltan todos los ingredientes para ser una pipa de verdad, real, con su función de uso, que precisa tabaco y produce humo fuera del marco en que Magritte la metió con la advertencia.

Algo similar habría que tener presente en la jodienda del Perú para no confundir el arte con la realidad. Suele repetirse que la realidad imita al arte, pero nunca fue así. El arte aflora desde la realidad que lo inspira, sean artes plásticas o literarias, que lo plasman con su propia vida, la artística, pero en realidad naturaleza muerta. La naturaleza viva acompaña tabaco y humo y más jodienda de la que cabe en los marcos de un cuadro o un relato.

La vitalidad y consistencia de esta Modernidá que nos toca están atrapadas, sin embargo, pese a la advertencia de Magritte, en esos marcos del arte, como moscas en la miel de su complacencia.

El arte es complaciente, aun siendo perturbador. Llama a los sentidos con su propuesta de masaje para atemperar la crispación de la carne. Con notas musicales, con líneas y colores en los lienzos y en las palabras cuando poesía o relato o teatro. Seduce, nos sumerge en su intriga y emoción, nos atrapa en ellas, y ya no salimos de ahí, de ese disfrute que camufla la realidad que lo empujó a ser.

Por esa vía hemos llegado a asumir que vivimos “en” una distopía, donde la distopía es por definición creación artística. Ciertamente, la idiotez y desvaríos campantes en esta realidad que nos toca desbordan el sentido común, pero su inclusión en una distopía o ficción, por meterlos en algún sitio, comporta, automáticamente, la relegación de la realidad, de la naturaleza y su vida, la suplanta por la naturaleza muerta.

La jodienda del Perú no debería mirarse, como sucede, como un serial de pornografía.

El desfile de canditados y presidentes de la república hacia la cárcel después de coronarse merece tratamientos de ficción, sin duda, para interpretarlo más cabalmente con sus herramientas.

-¡Qué bárbaro! Y viene ya de atrás, eh.

-Claro: ¿cuándo se jodió el Perú?

La socorrida frase de autoridad, extraída de una novela, Conversación en La Catedral, por tanto de una ficción, cuyo arranque sitúa al protagonista preguntándose, textualmente, “en qué momento se había jodido el Perú”. La frase trastoca a pregunta directa, ya manida como eslogan, y la pregunta se formula como clave de bóveda… de la imposibilidad de responderla. Con su retintín supremacista: ¡qué país, qué gente!

Los idiotas escamotean así el contraste de la novela con la realidad, cuánto de real hay en el arte grande de sus páginas, complacidos por la pornografía de la jodienda antes que espantados por la vigencia de la jodienda misma, antes y después de la novela. No se vea en lo que voy diciendo un absoluto descrédito. Yo mismo apaño el concepto jodienda en la misma fuente de autoridad, pero con otra actitud: el periodismo no puede ser ficción, aunque use de sus recursos. Ni puede escapar de responder a las preguntas clásicas para reflejar la realidad con la información que justifica el oficio.

Informar de la asombrosa realidad peruana y de sus causas, si se plantea con la única pregunta de marras, obliga a adentrarse en la lógica indagatoria que podría llevarnos al Paraíso Terrenal por tener que asistir hoy a los pasmos y espasmos de su singularidad. ¡Menuda jodienda! ¿No es elocuente el escenario? Y sí, también Perú se jodió cuando el Paraíso, este en la Biblia, los dos sitios con serpientes seductoras y venenosas que determinan la continuación de la vida en la historia y su relato.

Añádase que ambos relatos comparten, entre los recreos de la jodienda, el esmero pornográfico de las matanzas y masacres, de las torturas hasta muerte de buenas personas, algunas luego endiosadas, casi todas condenadas al olvido o, a lo sumo, a engordar una estadística con su anonimato. La ficción, la bíblica como guía de viajes para creyentes, y por extensión la literaria o artística, más o menos literaria o artística y mediática -periódicos, podcats, televisiones, redes y media, medias de red y carreras en las medias que ya no lucen las piernas- componen el pulp que suplanta la jodienda real, condiciona su percepción con los focos, enfoques, planos, ángulos de tiro (así llamados) y demás recursos, para encontrar y servir la jodienda con la realidad paralela de la pornografía, ese problema: ceci n’est pas une pipe, insisto.

Entonces, escucho a los idiotas de las tertulias y agarro la pregunta talismán de esa obra de arte por ser yo mismo idiota: ¿en qué momento se jodió el Perú?

El momento. El “cuándo” al uso eclipsa ese importante vocablo del texto original y su acepción. El momento cobra dimensión amplia, no es un instante. A Mariano, para que se entienda, le llegó su momento, que podríamos identificar como el instante, pero resulta casi irrelevante en los alcances del Momento Mariano, una realidad en el espacio que acota una jodienda de peso y densidad con mayúsculas.
Vargas-Llosa, para responderse, se concedió dos tomos de páginas y palabras, lo que pide cualquier conversación de bar, vaya. Si se baja la pregunta a tierra, a la calle de los peruanos, ofuscamientos aparte, no hay duda en su respuesta escueta para precisar el momento:

-Cuando vinieron ustedes.

-¿Quién, yo? Me está confundiendo con su abuelo.

-No. A mi abuelo lo mataron y no hablaba español.

-Lo siento de veras. Pero le aseguro que yo no vine ni mandé matarlo, ni nadie de mi familia ni de mis ancestros, que yo sepa. Sé que vinieron otros vecinos del pueblo, pero hace siglos y a Guatemala, queda lejos.

-Es lo mismo. No quise ofenderle. No tenemos buen recuerdo de los españoles, eso es todo, sépalo.

Tampoco tengo yo la mejor opinión de su voluntad y tino democráticos en la sábana de la papeleta electoral. La segunda carrera, en junio, si Keiko o Porky, verifica por anticipado la truculencia política, con independencia de su ganador, si ella o él, si la continuidad del legado de otóchan, papi en japonés, condenado por crímenes de lesa humanidad, o el cofrade de la sierra, para usarla incluso de bisturí en la extracción de órganos, opción de último recurso de los pobres para ir sobreviviendo: demediados, con un ojo, un riñón o acaso medio cerebro, depende de la plata que se necesite y de la cotización en el mercado de órganos. Invita a pensar que ambos, la yegua y el caballo, férreos defensores ambos de la familia procreadora y de la marcha atrás, demonizan el aborto sólo por esa razón de tener el mercado surtido con la motosierra multiusos sin parar, quirúrgica y leñera.

Las heridas de aquella jodienda española no han cicatrizado, cinco siglos después. Los 500 años están cumpliéndose exactamente ahora. La inculpación por el hipotético momento en que se inició la jodienda resulta remota, pero tampoco voy a quitarle su fundamento. Contaré de manera sucinta, en modo esquema, algunos de sus rasgos de identidad para que el lector ligue conmigo los puntos en cuatro entregas: si llegó hasta aquí, liquidada la primera.

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