Historia | La aristocracia y la burguesía en el siglo XIX

Por Eduardo Montagut

La sociedad europea del siglo XIX sufrió cambios profundos, de forma paralela a los que se produjeron en los ámbitos políticos y económicos. La división estamental se sustituyó por una división en clases, basada en una mayor movilidad social. La nobleza perdió su hegemonía social, política y cultural a favor de la burguesía, aunque consiguió adaptarse a la nueva sociedad. Y, por fin, emergieron las clases trabajadoras.

La sociedad del Antiguo Régimen estaba estructurada en estamentos –clero, nobleza y estado llano- y se basaba en el principio de la desigualdad jurídica, lo que comportaba desigualdad económica y política. Pero esta sociedad comenzó a resquebrajarse en el siglo XVIII con la emergencia de la burguesía. Las revoluciones políticas liberales-burguesas destruyeron el principio de la desigualdad jurídica al proclamar la igualdad ante la ley de todas las personas. A partir de entonces, las relaciones sociales se establecieron en torno al concepto de clase social.

Los individuos pertenecientes a una clase social se definirían según su posición económica común, lo que permitiría diferenciar a los propietarios de bienes y medios de producción, es decir, los capitalistas, de los que solamente poseían su fuerza de trabajo, los obreros o proletarios. Pero, además de esta diferencia económica había otras de tipo cultural, educativas, de mentalidades y valores. La pertenencia a una clase no dependía del nacimiento ni de la herencia y podía, legalmente, darse la movilidad entre clases, aunque fuera complicada, frente a la rigidez jurídica estamental.

En la nueva sociedad de clases dos grupos ostentaban la hegemonía social: la nobleza procedente del Antiguo Régimen, que tenía en la tierra su principal fuente de riqueza, aunque había perdido cualquier tipo de distinción o privilegio jurídico, y la burguesía, que combinaba su preeminencia en los negocios y en la industria con la propiedad rural, a la que había accedido gracias a los procesos de desamortización eclesiástica y civil de los países católicos, y por compras directas en el resto de Europa.

Entre la vieja aristocracia y la alta burguesía tuvo lugar un proceso de simbiosis, de tal modo que parte de esa nobleza terminó entrando en el mundo de los negocios y la alta burguesía  onsiguió ennoblecerse; de hecho, las monarquías europeas concedieron muchos títulos nobiliarios a los burgueses durante el siglo XIX

La nobleza europea conservó gran parte de sus rentas agrícolas, ya que no perdieron sus tierras en las reformas y desamortizaciones agrarias realizadas en Europa y que, en el caso de los países católicos, afectaron casi exclusivamente a las propiedades eclesiásticas. Muchos nobles, además, se incorporaron a puestos importantes en las administraciones de los nuevos estados, especialmente en el ámbito diplomático. Su posición social les facilitó su participación activa en la política, en los gobiernos, pero, sobre todo, al copar los escaños de las cámaras altas (senados) del poder legislativo, ya fuera por derecho propio o por elección de los monarcas, según estipulasen las constituciones respectivas.

En algunos países este poder nobiliario puede ser interpretado como una rémora del pasado, imposibilitando la ejecución de distintas reformas, pero, en otros lugares, como en Inglaterra o en Alemania, la nobleza se adaptó a los nuevos valores burgueses y tuvo un gran protagonismo en la economía.

El peso de la aristocracia varió en Europa. En Inglaterra, los lores mantuvieron su poder económico en el campo, ampliando sus beneficios con la explotación de las minas. Frente al caso inglés, en Francia la nobleza no fue tan poderosa, habida cuenta que se había visto muy afectada por las medidas revolucionarias. Su posición como propietaria terrateniente era menos sólida que la de los aristócratas ingleses. En la Europa central, oriental y del sur la nobleza tuvo un protagonismo evidente en todos los ámbitos hasta la Primera Guerra Mundial.

La burguesía fue la clase social más beneficiada en los procesos revolucionarios que marcaron el comienzo de la edad contemporánea en Europa, en los ámbitos políticos, sociales y económicos. Pero, en realidad, la burguesía era muy heterogénea. Dentro de ella, se pueden distinguir varios grupos. En primer lugar, estaría la alta burguesía de los grandes negocios financieros, comerciales, industriales y agrarios. Sus integrantes terminaron por formar verdaderas dinastías modernas: los Krupp, Thyssen, Rothschild, Péreire, Lafitte, etc. Después existiría la burguesía media, formada por comerciantes, dueños de pequeñas fábricas y talleres y notables rurales. Y, por fin, la burguesía de las profesiones liberales y funcionarial, integrada por los profesionales liberales (médicos, farmacéuticos, abogados, etc…), intelectuales, periodistas, y por los funcionarios de cierto grado.

La burguesía impuso un nuevo estilo de vida, un cambio de costumbres y marcó la aparición de nuevos valores sociales y morales, relacionados con la propiedad, el ahorro, el trabajo y la familia. Los burgueses establecieron un ideal para unos o una referencia inalcanzable para otros, aunque, con el tiempo nacerían otros valores y costumbres en el seno de las clases trabajadoras que se enfrentarían a los de la burguesía.

Al alcanzar el poder, la burguesía cambió las ciudades dirigiendo la planificación urbanística con el trazado de calles amplias y rectas en el centro de las viejas ciudades, la expansión o ensanches derribando las murallas y el diseño de los nuevos barrios. También diseñaron y construyeron nuevos edificios públicos o para sus viviendas.

La burguesía estableció nuevos espacios de relación o transformó los viejos. El caso más evidente es el de los cafés, ya existentes en el siglo XVIII pero que cambiaron a mediados del siglo XIX, ampliando sus interiores, con nuevas decoraciones y comodidades. También se potenciaron los teatros y los teatros de ópera.

La vivienda era un símbolo fundamental para la burguesía. Por un lado, era expresión del nivel social adquirido, de la propiedad privada, pilar fundamental de los valores burgueses. Pero, además, era el espacio donde se desarrollaba la vida familiar, otro de los valores que la burguesía potenció, como hemos indicado. Por todo ello, la construcción, distribución de espacios y decoración de la casa fueron aspectos que la burguesía cuidó extremadamente. El centro de la vivienda era el gran salón, magníficamente decorado, para recibir a las visitas, donde la familia se ofrecía como espectáculo para los huéspedes e invitados, Además, la casa contaba con comedor de uso diario, despacho para el cabeza de familia, habitaciones para los integrantes de la familia, cocinas y las habitaciones del servicio.

El vestido, como la casa, también era reflejo de las convenciones y formalismos de la burguesía. Estaba concebido para ocultar el cuerpo y, sobre todo, para marcar una clara diferenciación social con la apariencia externa de las clases trabajadoras. La burguesía hizo una gran ostentación de ropajes, tanto en el hombre como en la mujer, siendo el vestido femenino mucho más complicado. Solamente, a finales del siglo XIX, comenzaron a aligerarse los vestidos y se potenció más la higiene personal.

La educación fue considerada por la burguesía como uno de sus principales instrumentos para reforzar la cohesión social, pero el acceso a la misma no fue igualitario. Se desarrollaron nuevos sistemas educativos que regularon la enseñanza en tres grandes etapas: primaria, secundaria (bachillerato) y superior o universitaria. Después de grandes esfuerzos se consiguió que la mayoría de la población accediera a la enseñanza primaria hacia finales del siglo XIX, al hacerse pública y gratuita, pero muy pocos integrantes de las clases populares pudieron acceder a los otros dos niveles educativos. La mujer, también tuvo vetado el acceso a los niveles medio y superior hasta finales del siglo. En relación con la alfabetización, se alcanzaron niveles altos en los países más desarrollados, pero no así en el este y en el sur europeos hasta bien entrado el siglo XX.

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