De la geopolítica empírica a la invención de Occidente: una revisión crítica de Samuel Huntington

Huntington fracasa estrepitosamente cuando pretende definir Occidente: su concepción de la civilización occidental se asemeja a un cajón de sastre donde entran todos los países o territorios que no sabe dónde encajar.

Por David Valiente | 21/09/2026

En 1993, el politólogo Samuel Huntington publicó en la revista Foreign Affairs un artículo que recibió duras críticas de sus colegas. La recepción del texto le llevó a ampliar y profundizar en sus argumentos. El resultado fue El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial, uno de los trabajos más reconocibles en el corpus de relaciones internacionales y uno de los que, a mi juicio, peor ha soportado el paso del tiempo.

Antes de comenzar con el análisis es necesario (y justo) puntualizar lo siguiente: el trabajo analítico de Huntington tiene algunos elementos premonitorios. Tratar de anticipar los cambios globales que pueden producirse tras una ruptura del orden internacional es una tarea compleja y, por lo general, poco satisfactoria, pues suelen ser más numerosos los errores que los aciertos. Por lo tanto, la siguiente crítica se sustenta en el hecho de que uno de los libros más icónicos y menos consistentes se continúe citando en la literatura académica internacional, habitualmente sin cuestionar sus postulados.

Esto no quiere decir que el texto de Huntington sea simplemente una maraña de teorías disparatadas. Es cierto que una buena parte de su argumentación se asemeja más a un ejercicio de ficción especulativa que a un análisis serio de geopolítica y relaciones internacionales. Pero el neoyorquino no se equivocó en combatir el optimismo acrítico que se asentó en algunos politólogos estadounidenses que, a mediados de los noventa, habían aceptado por válido el artículo y el posterior libro publicado por el investigador Francis Fukuyama, quien en El fin de la historia y el último hombre argumentó que la dialéctica entre ideologías había llegado a su fin y que, a partir de entonces, el conflicto dejaría de ser el motor de la historia. Sostuvo que la expansión del modelo capitalista reduciría las posibilidades de que los países se vieran las caras en el campo de batalla.

Algunas críticas a su concepción de la política internacional

Según Huntington, la caída de la Unión Soviética generaría el ecosistema internacional oportuno para que los estados-nación se asociasen entre ellos, teniendo como principal fuerza alineadora los vínculos civilizatorios y culturales en común. Esto no quiere decir que desdeñe otras variables —intereses nacionales, régimen político, economía, alianzas, geografía o instituciones—, pero establece una jerarquización que favorece los principios de su tesis.

Uno de los aspectos más discutibles del ensayo es el escaso valor que concede a las pulsiones nacionalistas y a las necesidades de seguridad de los Estados. Visto en perspectiva, no hace falta salir de Europa para comprobar hasta qué punto fue errónea su predicción, porque, según sus postulados, “la violencia entre ucranianos y rusos debería ser improbable si la civilización es lo que cuenta”. Ambos países llevan enfrentados desde 2014 y las tensiones han escalado hasta desembocar en la invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022.

El segundo desacierto de Huntington reside en no conceder suficiente importancia a las variables políticas internas de los países en su proyección geopolítica. Durante la etapa de unipolaridad, Estados Unidos y Canadá mantuvieron una relación estrecha y cooperativa. Sin embargo, la llegada al poder de Donald Trump ha empezado a erosionar esta dinámica. Ottawa no ha recibido bien la imposición de nuevos aranceles por parte de Washington sin motivo alguno, ni que su presidente amenace con convertir el país en “nuestro querido Estado Cincuenta y Uno”.

El politólogo neoyorquino tiende a minusvalorar la capacidad de las estrategias económicas para establecer vínculos sólidos entre Estados. China y Taiwán pertenecen, según Huntington, a la civilización sínica y deberían mantener cierto grado de sintonía. En cambio, la relación ha resultado conflictiva durante estas últimas siete décadas. Si algo ha contribuido a evitar una escalada del conflicto —y, hasta ahora, una invasión— ha sido, por un lado, la disuasión estadounidense y el compromiso militar de Washington con la seguridad de Taiwán y, por el otro, lo que considero más relevante, el desarrollo de redes comerciales profundas que permitieron a ambos países crecer económicamente a niveles que rozaban los dos dígitos, sobre todo desde que se produjo la apertura de República Popular China en 1978.

Pero donde mejor se aprecian los errores de la teoría de Huntington es cuando desdeña los regionalismos conformados sobre premisas políticas, geográficas y militares. Los dos ejemplos de regionalismo más exitosos son la Unión Europea y la ASEAN, que no responden precisamente a una lógica cultural y civilizatoria.

En el seno de la ASEAN, de hecho, confluyen varias civilizaciones —la sínica, la occidental, la islámica y la budista— y aun así se ha construido una organización intergubernamental basada principalmente en la cooperación económica para tratar de evitar que cualquiera de los tres gigantes regionales —China, India y Estados Unidos— interfiera en los asuntos del Sudeste Asiático. Asimismo, los gobiernos han priorizado sus necesidades de seguridad y se pueden ver países pertenecientes a civilizaciones contrarias construyendo asociaciones estratégicas contra otros con los que sí comparten una concomitancia cultural. Vietnam es un buen ejemplo: mantiene asociaciones estratégicas con India y Estados Unidos —pese a las diferencias civilizatorias y las rencillas históricas con Washington— frente a China, la cual se percibe como una amenaza.

Algunos problemas a la hora de definir Occidente

Entre las variables que Huntington emplea para definir las civilizaciones hay dos que destacan por encima del resto. El politólogo prioriza la religión y la lengua a la hora de articular su división civilizatoria, y este criterio resulta relativamente sólido cuando se aplica a las civilizaciones budista, sínica, hinduista y japonesa; menos acertado en las civilizaciones latinoamericana, musulmana y ortodoxa; y fracasa estrepitosamente cuando pretende definir Occidente. Su concepción de la civilización occidental se asemeja a un cajón de sastre donde entran todos los países o territorios que no sabe dónde encajar.

Si ponemos en práctica los criterios del propio Huntington, Occidente debería dividirse en al menos tres nuevas civilizaciones:

  • La civilización anglosajona comprendería Estados Unidos, Reino Unido, Australia, Nueva Zelanda y Canadá (aunque en esta última la población francófona compone algo más de un veinte por ciento). Se definiría por el empleo del inglés y la creencia anglicana y protestante. También podría añadirse una variable histórica: cuatro de estos países proceden de una misma matriz —el Reino Unido— y varios mantienen vínculos institucionales y culturales a través de la Commonwealth.
  • La civilización católica no solo podría explicarse por la religión que le da nombre, existen otros elementos fundamentales como el derecho romano o el origen latino de sus lenguas. Se podrían incluir en esta lista a España, Portugal, Italia y Francia.
  • La civilización germana se encontraría a caballo entre las dos anteriores. Formarían parte de ellas países de habla germana y con una fuerte vinculación al luteranismo. Serían Alemania, Suiza y Austria.

Como habrán comprobado, las imperfecciones en esta división son más que notorias. La civilización germana tal y como se ha propuesto en esta crítica tampoco se sostiene, pues Austria, a pesar de pertenecer al ámbito cultural germánico, es mayoritariamente católica. En Suiza se hablan varias lenguas, además del alemán y el elemento luterano no estaría muy diseminado. Ni que decir que esta nueva división deja fuera unos cuantos países, como Bélgica, Suecia, Finlandia, Noruega, Polonia o los tres bálticos. Refuerza esta idea de incompatibilidad el hecho de que en el análisis geopolítico propiamente dicho en escasas ocasiones haga referencia a Occidente como un todo. Lo habitual es que distinga entre los desafíos a los que se enfrenta Estados Unidos y los que debe afrontar Europa.

La pregunta que debería surgir, pues, es saidiana: ¿existe Occidente como una realidad objetiva previa a su propia conceptualización? Desde una perspectiva cercana a la del escritor palestino, podría plantearse la idea de que la civilización es una construcción que se adapta a las necesidades explicativas e intereses geopolíticos del presente. Los políticos, por tanto, asumirían la labor de divulgarlas como naturales y eternas. Edward Said planteó su teoría para mostrar que Oriente no era una realidad objetiva sino una invención europea para definirse a sí mismo y perpetuar el dominio sobre las poblaciones que consideraban irracionales, bárbaras, exóticas y sensuales.

Lo que Huntington estaría haciendo es una especie de “occidentalización” de Occidente al tratar de construirla con postulados monolíticos. Su teoría desdeña a propósito toda la interacción que se produce en los márgenes civilizatorios entre las diferentes culturas, es decir, ignora deliberadamente el carácter poroso de las fronteras —algo de lo que no prescinde cuando habla de conflicto civilizatorio—. Este monolitismo responde al interés de Washington, pues a la vez que se convierte en el garante de la seguridad de un Occidente “amenazado” por el resto de civilizaciones, perpetúa un área de dominación indiscutible.

Por lo tanto, cabe concluir que El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial no es un texto científico sustentado en un aparato crítico y neutral. Samuel Huntington no construyó una teoría para describir la realidad, sino que adaptó la realidad a su teoría, para proveer a las élites políticas y económicas de Washington de constantes fuentes de rivalidad tras la desaparición de la Unión Soviética.

Se el primero en comentar

Dejar un Comentario

Tu dirección de correo no será publicada.




 

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.