Covid-19: un síntoma del capitalismo

El modelo capitalista de reacción a esta crisis se ha mostrado evidentemente fallido

Por Daniel Seixo

«La idiotez es una enfermedad extraordinaria, no es el enfermo el que sufre por ella, sino los demás.«

Voltaire

«Dale algo al género humano y lo rasparán y lo arañarán y lo machacarán.«

Charles Bukowski

«La humanidad está cayendo bajo, se está idiotizando.«

Idiocracia

«El lenguaje es un virus.»

William Burroughs

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Todo un gentío agolpado por el pánico y el alarmismo en los supermercados de nuestros barrios, pertrechados con improvisadas y particulares vestimentas en las que han depositado su esperanza de cara a lograr combatir algo que no pueden ver, ni tan siquiera identificar, pero cuya presencia hace tiempo que han comenzado a sentir en sus propias vidas, reflejada en ese sudor frío que resbala por el cuello cuando una persona sentada a su lado en el vagón del metro estornuda o se ven obligados a elegir entre sus instintos y  ese reflejo social a la hora de estrechar la mano de uno de esos individuos que todavía no han caído en la histeria colectiva ante el avance del miedo. Rumores, cadenas de WhatsApp regocijantemente alarmistas y cientos, quizás miles, de expertos en nada en particular que brotan de sus escondites para jugar por un rato a ser epidemiólogos o cualquier otro menester que la situación de histeria social y necesidad mediática requiera.

El pueblo

Y caminando envuelto en plástico barato por los pasillos de Mercadona se encuentra el pueblo, asustado ante la perspectiva de las medidas económicas que pueda tomar el gobierno y la incapacidad para conciliar un trabajo físico con el cuidado de unas niñas y unos niños sin clases, ni entretenimiento alguno más allá de la calle o la realidad virtual. El pueblo es ese ente actualmente encajonado ante un virus que amenaza su salud y un sistema económico dispuesto a aprovechar cualquier ventana de oportunidad para apretar el cinturón un poco más. Son escasas las opciones en medio de una crisis sanitaria, excepto seguir las recomendaciones de los profesionales de la salud y evitar en la medida de lo posible nuestra vida social y especialmente la relación directa con personas que puedan pertenecer a los grupos de riesgo.

En estos momentos, simplemente debemos ser maduros y mostrarnos capaces de reaccionar de manera seria y efectiva contra una posible propagación acelerada del coronavirus que no solo puede sobrepasar nuestros servicios sanitarios, sino que en el peor de los casos puede llegar a provocar que las cifras de muertos aumenten sin necesidad. Basta con seguir unas simples pautas de sentido común, no es momento para desplazamientos, reuniones y ni mucho menos fiestas o actividades ociosas que requieran aglomeraciones. Se trata de dejar a un lado el profundo individualismo que nos caracteriza y quizás aprovechar estos días de recogimiento para poder reflexionar sobre la situación en la que nos encontramos y su relación directa con determinadas facetas de nuestro sistema social. Especialmente aquellas relativas a un pacto social deteriorado, en el que los privilegios de unos pocos, ponen en serio riesgo la sostenibilidad del conjunto de la sociedad.

Los medios

Las imágenes de las últimas horas de stands vacíos y descontrol en los supermercados del estado español, no responden tanto a la emergencia sanitaria real provocada por el COVID19, como al nerviosismo y el temor incontrolable que se extiende por amplios sectores sociales y que sin duda se ha visto oportunamente alimentado por unos medios de comunicación muy alejados de su labor informativa y el compromiso social. Tertulianos midiendo su temperatura en directo, bombardeos incesantes de cifras totalmente descontextualizadas, intercambio de opiniones en las que poco importa la verdad… Y en medio de todo esto, manteniendo las apariencias mientras todavía resulte socialmente necesario, breves conexiones con algún que otro experto en el tema en cuestión cuyo mensaje se verá pronto solapado y sobrepasado por el trepidante ritmo de un circo televisivo, que hace tiempo ahoga en su clave de espectáculo cualquier intento serio por retomar el componente informativo supuestamente intrínseco al periodismo.

Sea en clave de tertulianismo político matutino, ligera sobremesa apreciativa o late nigth político de sábado noche, el conjunto del negocio periodístico hace mucho que ha renunciado a sus premisas más básicas en la desesperada búsqueda de nichos de mercado con los que poder seguir engrasando la maquinaria de un poder vigilante al que curiosamente hace ya tiempo que nadie vigila. Reflexionaba precisamente Pascual Serrano en su reciente libro, «Paren las rotativas: Una pausa para ver dónde está y adónde va el periodismo«, acerca de la necesidad de levantar ciertos muros de contención frente a un oficio desnaturalizado y mercantilizado al extremo y en manos de diversos grupos de interés cuyos intereses no tienen precisamente por qué coincidir con los nuestros.  Puede que esta sea una de las primeras observaciones que tengamos que hacer como sociedad ante esta crisis, ¿realmente tenemos los medios que necesitamos ante una posible emergencia social?

¿Queremos que los mismos medios que continúan invitando a sus programas de máxima audiencia informativa a personajes implicados en las cloacas estatales por un pizco de audiencia o se muestran capaces de organizar un show amarillista en torno a la muerte de un niño de dos años tras caerse a un pozo, sean los encargados de informarnos en medio de una posible crisis sanitaria?

La respuesta es no y sí. Por supuesto que los medios tienen no solo el derecho, sino el deber, de cubrir un evento de semejante magnitud para nuestras vidas, pero no tienen derecho alguno a hacerlo de cualquier modo y forma. Resulta vergonzoso encontrarse en estas circunstancias con el carroñerismo de programas que envían a reporteros a las escuelas con la intención de localizar a menores afectados por el coronavirus o tener que escuchar a tertulianos y economistas «estrella» anunciando el apocalipsis y la imperante necesidad de tomar ciertas medidas, que curiosamente siempre suelen favorecer a las empresas que religiosamente contratan espacios publicitarios en esas mismas cadenas y cabeceras en las que son reproducidos los sermones de los innumerables meapilas del neoliberalismo patrio.

Resulta necesario por tanto comenzar a aplicar cierta normativa a nuestros espacios informativos y dejar de una vez por todas de escudarnos en la supuesta libertad de prensa para permitir que la falta de escrúpulos de los directivos de las cadenas, el gran capital y la expansión sin medida de las llamadas Fake News, las medio verdades y las mentiras, terminen por enterrar a la información real y contrastada bajo un tsunami de desinformación premeditadamente arrojada sobre la población con el oscuro interés de despertar sus más bajas pulsiones.

Todo medio de comunicación tiene derecho a analizar cualquier aspecto social relativo a la actualidad o al análisis profundo de la sociedad, pero el objetivo último de quienes analizan la información debe ser el de ofertar conocimiento real a la ciudadanía y ningún otro. Ese es el bien mayor que debería motivar al oficio periodístico y el único por el que este debería gozar de cierta protección social y jurídica. No podemos seguir amparando legal y socialmente a los buitres que buscan audiencia a cualquier precio, incluso aportando los cadáveres si resulta preciso para competir por un rango horario o de cara  a manipular interesadamente el debate. Repetir puntualmente la cantinela del desabastecimiento aun cuando se sabe falaz, otorgar el mismo espacio a las ocurrencias de Vox que a la opinión de los expertos o silenciar oportunamente la realidad del virus con un mar de datos sin contexto o análisis comparativo alguno, no son sino solo alguno de los ejemplos de mala praxis periodística que nos hemos encontrado en la mayoría de medios generalistas a poco lográsemos escapar del profundo intento de aturdimiento de sus cabeceras. Todo esto, sin entrar a valorar el terrorismo informativo con el que incomprensible e impunemente actúan ciertos espacios de propaganda que nada tienen que ver con el periodismo.

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Vivimos tiempos en los que la actualidad y el interés informativo nace y muere en cuestión de semanas, días o incluso horas, en una curva de interés a cada paso más inestable e impredecible, la información se crea y desaparece sin relación alguna con el mundo real y pese a que en muchas ocasiones el contexto resultar favorable para propiciar un debate social con el que dotarnos de armas frente a futuras contingencias, el alarmismo y la polémica parecen suponer el único eje de rentabilidad viable para las empresas del sector. A ningún medio le importa ya el análisis en profundidad o el contexto general y es por eso que la psicosis en los supermercados no se relaciona de forma alguna con las recientes reivindicaciones del sector agrícola estatal y los peligros sociales de un consumo alimentario centrado en gran medida en la importación y los intereses de grandes compañías y terratenientes, muy alejados todos ellos de la necesaria soberanía alimentaria nacional. Esa visión amplia y preventiva no ocupará línea alguna de nuestros diarios, mientras los expertos en la nada continuarán quemando cuartillas a la espera de que el pánico los haga llegar desde el quiosco o la web directamente a nuestros hogares.

Actualmente los grandes grupos de comunicación gozan de la capacidad de dirigir el debate o incluso de llegar a crear consensos o corrientes críticas de opinión, y es por eso que nos agrade o no, hoy el periodismo tiene una incidencia real sobre el poder político. Nadie a estas alturas debería albergar duda alguna acerca de la influencia directa de los titulares en las recientes medidas adoptadas por el gobierno durante esta crisis, suceda esto para bien o para mal.  Un nuevo precedente de presiones mediáticas sobre la actuación del gobierno en casos en los que la voz de los expertos debería primar sobre cualquier otra, debe hacernos reflexionar. No se trata de criminalizar a los medios, sino de analizar su papel en la espiral social en la que nos encontramos, esa en la que el impacto inicial y la velocidad de propagación de una noticia goza de mayor importancia que su veracidad, casi como si de un virus paralelo se tratase. Ante esto, un periodismo responsable debería resultar siempre un periodismo transparente. Por suerte, son muchos los compañeros y medios que todavía parecen tener esto claro.

La clase política

Curiosamente y hasta el momento, la fauna política del estado español ha logrado comportarse con cierta mesura y compostura ante una situación fácilmente rentable en términos políticos. Pese a que la gestión de una crisis de este tipo suele afectar de forma especialmente negativa al gobierno y a que nos encontramos en vísperas de respectivas citas electorales en Euskadi y Galiza, –a espera de una posible cancelación de las mismas– por norma, los partidos políticos y sus diversos representantes han logrado estoicamente ejercer su papel como garantes del sistema democrático y salvo insalvables excepciones de última hora, esta parece que va a continuar siendo la norma al menos durante los próximos días. Puede que esto se deba al vivo recuerdo que la derecha tiene del uso político y la manipulación informativa del 11 de marzo de 2004, a la parálisis interna de Ciudadanos todavía inmerso en sus dilatadas primarias o al efecto del alto el fuego alcanzado entre la izquierda centralista y las fuerzas políticas de la periferia del estado, tras el reciente acuerdo de investidura, pero hasta la fecha, el coronavirus ha logrado evitar su entrada en la arena parlamentaria como arma arrojadiza. Aunque como todo virus que se precie, el siempre presente cretinismo de Vox y algún que otro coletazo del Partido Popular madrileño, ya nos alertan acerca de la fragilidad de esta calma momentánea que no supone garantía alguna a medida que las urnas se acercan y al aumento de contagios y las anunciadas polémicas con la corona y las viejas amistades de Feijóo, comienzan a requerir alguna desesperada maniobra de distracción que haga frente a la realidad. Pero por el momento, disfrutemos de la tensa calma en este aspecto.

Una vez la Organización Mundial de la Salud (OMS) a través de Tedros Adhanom Ghebreyesus, ha informado acerca de la decisión de pasar a calificar como pandemia el brote de coronavirus, debido a los elevados casos de contagio,  resulta vital que los estados comiencen a tomar medidas poco habituales para la actual sociedad occidental. Necesitamos frenar la curva de contagio del virus y es hora de hacerlo con firmeza, pero también con serenidad.  En estas dos últimas semanas, los casos de Covid19 se han multiplicado por 13 fuera del epicentro del brote, lo que viene a suponer un registro de más de 100.000 casos en 114 países. En un planeta globalizado e interconectado por las redes de transporte y las dinámicas sociales comunes, el coronavirus ha constatado algo que debería habernos resultado evidente: cuando una nueva amenaza sanitaria hace su aparición, no existen crisis locales, sino amenazas globales.

Por desgracia, las medidas adoptadas en diferentes partes del planeta han sido más bien escasas y mientras nuestros medios de comunicación –o directamente los diferentes gobiernos occidentales– hacían un indecente uso propagandístico del coronavirus, para acusar a China de una supuesta incapacidad a la hora de gestionar la crisis, las medidas adoptadas por nuestros estados de cara a contener una amenaza certera y finalmente constatable, han sido a todas luces insuficientes. Uno no puede entender que el tráfico de personas a zonas de riesgo se desarrollase con normalidad aun cuando se desconocían las características del nuevo virus, ni los laxos protocolos de actuación en diferentes cuarentenas a lo largo del mundo y por supuesto, resulta difícilmente comprensible el rechazo al modelo chino de lucha contra el coronavirus, sabiendo que mientras escribo estas líneas, médicos de Wuhan celebran el cierre de los hospitales temporales ante las  evidencias de que China está ya consiguiendo controlar el coronavirus.

Mientras tanto, los informes del Ministerio de Sanidad sitúan a España como el segundo país europeo con más casos de coronavirus notificados hasta el momento con 3004 casos confirmados el jueves 12 de marzo, justo por detrás de Italia con 15.113 casos notificados, Francia, con 1.784; Alemania, con 1.296; Suiza, con 476; Holanda, con 382 y Reino Unido, con 373. La situación dista mucho de ser catastrófica, pero Sanidad reconoce ya situaciones de saturación en algunos hospitales de Madrid y el impacto de las primeras medidas que se han tomado para evitar la propagación del coronavirus –cierre de los centros educativos y la recomendación de teletrabajo– todavía no serán efectivas hasta dentro de 9 o 10 días, tal y como ha señalado en rueda de prensa el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, Fernando Simón.

El impacto del coronavirus sobre nuestro sistema sanitario se ve agravado por un periodo de incubación de cinco días, durante el que las personas ya infectadas pueden resultar contagiosas y por tanto en el que se puede producir un aumento en el número de casos de forma exponencial que nos llevaría a encontrarnos con un elevado contingente  de afectados que requerirían asistencia hospitalaria, bien sea por la gravedad de su situación clínica o debido a la necesidad de protocolos de vigilancia y aislamiento. Debemos tener muy presente antes de dar rienda suelta a nuestro alarmismo que diariamente en el estado español mueren unas 1000 personas por causas diversas –entre ellas la gripe común que en nuestro país causa anualmente entre 6.000 y 15.000 muertes– y que El Covid19 tiene una tasa de letalidad cercana al 3,4%, muy alejada del 11% del síndrome respiratorio agudo grave (SARS) Si bien la elevada contagiosidad y los índices de mortalidad generados en los grupos de riesgo –personas de edad avanzada y con patologías previas– sí resulta alta, cerca del 15%, por tanto cualquier medida que pueda mitigar posibles contagios y con ello evite la saturación de nuestro sistema sanitario, sin duda servirá para salvar vidas. No debemos caer ni en el alarmismo, ni en la complacencia frente a una amenaza real.

Tras el cierre de los centros educativos y las recomendaciones para comenzar a aplicar el teletrabajo en las comunidades más afectadas por la expansión del coronavirus, en estos momentos resulta vital adoptar desde el sector estatal medidas destinadas a paliar las consecuencias de este plan de contención de la epidemia, especialmente entre los sectores más vulnerables. No nos engañemos, con toda probabilidad llegarán medidas más duras y restrictivas, pero resulta vital actuar como una unidad cohesionada frente a los escenarios que se nos puedan presentar en los próximos días y procurar con ello no caer en la histeria colectiva aunque nos podamos encontrar ante medidas de aislamiento.

Basta con echar un pequeño vistazo a la situación de nuestros vecinos italianos para hacernos una idea relativa de lo que nos espera en los próximos días en el estado español. A las recomendaciones de evitar lugares concurridos y los primeros cierres de esos espacios, en Italia, al igual que ha sucedido apenas un par de días después en España, le siguieron escenas de caos más similares a una escena de Mad Max que a la actuación de un pueblo solidario, formado y civilizado. Los cierres de las Universidades y los centros educativos vinieron acompañados de botellones, fiestas «Fin del mundo» y terrazas o inmediaciones de instalaciones deportivas plagadas de idiotas sin conciencia colectiva alguna y con una alta probabilidad de hacer más vulnerable a una especie como la nuestra, que hace tiempo ha comenzado a dejar de lado el valor social de la razón y el sentido común.

Casi como si el papel higiénico fuese una especie de amuleto infalible contra un mal desconocido y difícilmente aplacado incluso por la ciencia y los profesionales de la salud, miles de ciudadanos decidieron asaltar los supermercados de sus barrios en una clara muestra de insolidaridad e individualismo extremo, para a continuación acudir a sus bares de referencia, conferencias o gimnasios para exponerse a una infección probable en alguna de las llamadas «zonas rojas», lugares con un alto riesgo de contagio, ¿qué podría salir mal?

El cierre de Universidades en Madrid ha dejado irremediablemente a miles de jóvenes sin su rutina diaria y dispuestos a tomarse esta situación extraordinaria como un añadido período festivo, casi como un oportuno adelanto de las vacaciones de Semana Santa. Pero lo que resulta más grave, gran parte de esos jóvenes aprovecharon este período sin clases para retornar a sus lugares de origen distribuidos por todo el estado español, ante la cada vez más palpable amenaza de un cierre total de Madrid. Puede que llegue a suceder o puede que no resulte necesario, pero tal y como ocurrió en Italia, un futuro dictado que impida nuestra libertad de movimiento llegará a todas luces tarde.

Con numerosos hashtags en redes sociales, editoriales en los medios generalistas y psicosis colectiva e instantánea en los grupos de WhatsApp, dudo mucho que ninguno de los que pudieran verse recluidos en la capital se encuentren ahora mismo muy lejos de su destino. El riesgo de expansión de la infección se hace visible en los trenes que llegan a Galiza cargados de estudiantes madrileños, en los andaluces o valencianos que regresan a sus casas para estar cerca de los suyos en la previa de las festividades o en cualquier otra persona que dentro de nuestro estado y guiado únicamente por la ética personal, haya decidido regresar a su hogar para pasar lo que esté por venir más cerca de los suyos. Aunque de este modo, los exponga a un riesgo mayor.

Las primeras medidas tomadas en las sociedades occidentales y especialmente en Europa, se están efectuando a todas luces con un marcado signo económico. El temor a la parálisis y la recesión ha entrado todos estos días en una seria contradicción con la necesidad de confinar a la población en sus hogares, evitando de este modo su actividad lúdica o comercial. No podemos ni imaginarnos en estas latitudes gestionar una parálisis total de la producción a semejanza del modelo chino. Al parecer, llegado el caso, tal y como sucedió en la crisis de 2008, las democracias occidentales de nuevo desplazan el interés colectivo en raras de la economía. Nada a lo que por otro lado, no estemos desgraciadamente acostumbrados.

Y es curiosamente uno de los sectores poblacionales más implicados y solidarios durante la reciente crisis económica, el que en estos momentos se encuentra más amenazado: nuestros mayores. Aquellos que acogieron en sus hogares, en sus mesas e incluso sostuvieron a muchas familias con sus golpeadas pensiones, una vez más se encuentran en el disparadero social. En esta ocasión, por una doble vertiente: la del cuidado de los más jóvenes ante la suspensión de las clases y la relativa su especial vulnerabilidad ante posibles complicaciones de salud derivadas de la infección por el Covid-19.

En una sociedad con un entorno laboral precarizado, una política de cuidados nunca implementada realmente más allá de la teoría parlamentaria y con un nivel de desigualdad y pobreza realmente considerable en amplios sectores de la sociedad, resulta evidente que el efecto de esta crisis no afectará igual a aquellas personas que puedan realizar su trabajo en sus domicilios que aquellas que necesiten acudir a sus puestos de forma física, ni tampoco las complicaciones por este hecho serán las mismas para quienes puedan contratar a cuidadores de pago que para aquellas personas que tengan que dejar a los más pequeños en manos de familiares o amigos. Quizás, entre estas opciones de emergencia para las familias más humildes, se encuentren también los abuelos y abuelas, sectores de riesgo y que pueden llegar a cursar mayores complicaciones. Resulta vital por tanto avanzar a marchas forzadas en el reconocimiento de la centralidad de los cuidados en nuestra sociedad, para llegar a lograr la seguridad sanitaria integra a una población envejecida.

Hasta el momento, entre las medidas del actual gobierno para intentar paliar esta crisis sanitaria, destacan sin lugar a dudas las de cariz económico. A una línea específica de financiación de 400 millones de euros destinada a las empresas y autónomos del sector turístico, transporte y hostelería, debemos añadir la implementación de una partida de 2.800 millones de cara a reforzar los recursos sanitarios de las comunidades autónomas y los 14.000 millones de euros en forma de inyección de liquidez para las pymes. El cuidado estatal a la economía, parece responder al de un paciente de alta prioridad afectado por este virus. Por otra parte, en materia laboral, destaca la especial mención del gobierno a la estrecha vigilancia que se aplicará de aquí en adelante ante los posibles abusos que determinadas empresas puedan verse tentadas a implementar bajo el amparo de esta coyuntura de emergencia y el acuerdo alcanzado para que las cuarentenas y bajas a causa del coronavirus pasen a considerarse bajas laborales por accidente de trabajo y no incapacidades laborales, por lo que los afectados comenzarán a percibir el 75% de la base reguladora desde el primer día de baja.

A su vez, en lo relativo al componente social de las medidas de contingencia, se destinarán 25.000 millones para intentar reforzar los servicios sociales de las comunidades autónomas, intentando con ello garantizar el derecho básico de alimentación de los niños en situación de especial vulnerabilidad y se decide también modificar la ley de medidas extraordinarias de salud pública de cara a permitir el suministro centralizado de todo tipo de productos que se consideran necesarios para prevención del coronavirus. Tales como mascarillas, guantes u otros equipos de protección.

Son a su vez muchas las voces que se elevan desde el cuerpo ciudadano reclamando planes más ambiciosos de protección social, tales como la suspensión del pago de las hipotecas de forma temporal, medidas integrales a trabajadores en contacto directo con la ciudadanía o la implementación de subsidios para los sectores laborales más desprotegidos, tal y como sí ha decidido hacer el gobierno italiano. La obsesión económica frente al ralentí en la aplicación de las medidas sociales, suponen una muestra más de las dos velocidades a las que se mueve no solo nuestro estado, sino nuestro sistema social y económico, la actuación en dinámicas macroeconomicas, en más ocasiones de las debidas, esquiva o ignora premeditadamente la realidad social en nuestro estado. Se encuentra a su vez entre las medidas que con amplio clamor reclama la población, la intervención de la sanidad privada por parte del estado de cara a poner sus recursos en manos del servicio público, tal y como sí permite la Constitución. Esto pone de manifiesto la necesidad de un cambio de paradigma en la sociedad de cara a lograr volver a dotar a los servicios públicos de un peso innegable en nuestro día a día, tras décadas de recortes de servicios, profesionales y partidas presupuestarias. La solución para salir de la crisis de 2008, basada en las privatizaciones y el austericidio a la europea, se ha demostrado un suicidio colectivo puesto de manifiesto con esta nueva crisis global.

A modo de breve resumen de este colapso del marco teórico liberal, podemos atender de manera especial a los sistemas de salud privada, tan laureados y respaldados por liberales de la más diversa calaña en el mundo entero. A día de hoy, su postura de espaldas a la responsabilidad con sus clientes –ya que eso somos para ellos– supone la mejor muestra de la ineptitud de un sistema económico y social que si bien no tiene problema alguno a la hora de recaudar las escasas ganancias del proletariado a la hora de ofrecer servicios escasamente necesarios y personalizados, se muestra altamente ineficiente a la hora de enfrentar las profundas necesidades o emergencias sociales para las cuales se supone recaudo esos fondos. El sistema privado realizando test de dirección especialmente por encima de su precio de costo y derivando a los posibles pacientes afectados a la Sanidad Pública o seguros esquivando su responsabilidad con la actual situación, suponen la constatación fehaciente de una estafa global que no puede contar ni un segundo más con apoyo alguno de las arcas pública. La desfachatez ha sucedido hoy con el coronavirus, sucedió ayer y continua sucediendo hoy con las patologías más graves o excepcionales y sucederá también siempre que se trate de atender y prestar servicio a los sectores más desprotegidos de la sociedad en el sector sanitario, legal o educativo indistintamente. El sector privado no deja de suponer únicamente un coto de caza de incrédulos para el uso y disfrute del gran capital. Especial mención durante estos días para personajes como el economista Juan Ramón Rallo, seres de la más rastrera calaña que han pasado de declararse anarcocapitalistas a pedir el amparo y protección del estado en un abrir y cerrar de ojos. Todo bajo el mecenazgo apenas disimulado de sectores económicos de la más diversa índole, curioso gusto y preferencia de los medios de comunicación por quienes en la economía, factor clave para la sociedad, se han mostrado como meros mercenarios del gran capital.

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El sistema

Sin duda, ver a fanáticos defensores del ‘laissezfaire‘, como Juan Ramón Rallo, defendiendo la aplicación de medidas de carácter restrictivo por parte del Estado, con la intención de evitar una mayor incidencia del coronavirus, nos tiene que hacer reflexionar colectivamente. Pese a encontrarnos inmersos en esta distopía liberal, los obvios síntomas de debilidad del sistema deberían hacernos identificar las lagunas de nuestro modelo social. No se trata de que los economistas liberales hayan despertado a sus errores o admiren ahora al unísono la determinación China durante esta crisis, ni mucho menos. Lo que ocurre es diametralmente opuesto a esa situación. El respaldo a la injerencia gubernamental frente a la visión occidental de las libertades individuales, frente a las colectivas, se produce en estos momentos precisamente arrastrados por la evidente falta de capacidad y voluntad del sector privado de cara a lograr responder a esta coyuntura. Cuando la amenaza resulta real, tan solo el estado prevalece como garante de nuestras necesidades.

Esto ya no se trata de conseguir al mejor precio y de la forma más rápida la última funda para nuestro smartphone, ni de disfrutar de un macrofestival o poder identificarnos socialmente por nuestras vestimentas, hemos entrado de lleno en las necesidades reales y tras décadas de economía especulativa y un sistémico vaciado del sector público, nos encontramos ante la peor pesadilla para un liberal: ver sus más profundos deseos hechos realidad, al menos en parte, afortunadamente ningún país hasta el momento ha llegado a ser lo suficientemente inconsciente como para aplicar totalmente las doctrinas de estos jinetes del apocalipsis.

Tras una serie de drásticos y profundos recortes en la financiación pública que afectaron de forma directa a nuestros servicios más básicos, los estados occidentales, pero especialmente los europeos, se encuentran en la actualidad sumamente debilitados por unas cainitas políticas neoliberales con las que decidimos –más bien nos impusieron– salir de la crisis económica de 2008. Convalecientes de larga duración tras un contexto social en el que la deslocalización industrial sufrida durante décadas, ha transformado a nuestras economías en sujetos sumamente dependientes de sectores como la exportación o el turismo y los recortes sociales fruto de la heterodoxia neoliberal, han terminado por fracturar nuestro tejido social en dos vectores antagónicos –uno de ellos representado en minúscula clase social privilegiada estrechamente relacionada con los ámbitos de poder, mientras que el otro se compone de una débil amalgama de interconexiones individuales en las que el emprendedor, el precario y el pobre son sumamente difíciles de distinguirnuestra reacción ha venido demasiado condicionada por los temores y egoísmos económicos.

Mientras el FMI amenaza al estado español con posibles desastres si no aplicaba medidas destinadas a subir los impuestos indirectos, paralizar las posibles mejoras de las pensiones o a mantener las impopulares reformas laborales, todas ellas medidas no vinculadas con la contención del virus o con la mejora de las condiciones de los ciudadanos, la patronal, los partidos de la derecha española y amplios sectores del Partido Socialista, ante el relativo silencio de Unidas Podemos, profundizan en su discurso insistiendo en la necesidad de medidas destinadas a cumplir con unos objetivos de déficit, fijados por la Unión Europea, que han supuesto uno de los mayores desfalcos de la historia reciente de nuestro estado. Unas políticas destinadas a implementar un robo planificado e intencionado al sector público de cara a transferir recursos del común de la ciudadanía de nuestro país a las carteras de los tiburones especulativos, los fondos buitre o la demás ralea neoliberal.

No podemos preocuparnos por la falta de camas en las Urgencias de nuestros hospitales o pedir medidas de responsabilidad a nuestros ciudadanos, cuando los recortes en sanidad o las draconianas condiciones laborales de nuestros ciudadanos impiden que esto se pueda llevar a cabo. Del mismo modo que un rider o un camarero, profesión está muy identificativa del modelo productivo por excelencia de nuestro estado, no pueden evitar el contacto con posibles focos de contagio, nuestra economía no puede evitar en estos momentos caminar entre la delgada línea del desastre sanitario o el colapso económico.

Europa y las democracias burguesas occidentales, carecen de la capacidad que sí ha tenido China para contener la propagación del coronavirus mediante cinco acciones muy directas:

  • Restricción “estricta” de movimientos en Wuhan, epicentro del brote
  • Cierres de fábricas y posterior reanudación ordenada de la producción
  • Uso de datos y constantes mediciones para encontrar cada foco
  • Tratamiento científico «muy ágil» y movilidad de recursos
  • Capacidad para construir hospitales especializados

No se trata de que el gobierno chino no repare en las repercusiones económicas de esta crisis, claro que existe esa preocupación en un país que está llamado, si no lo es ya, a convertirse en la primera potencia económica del mundo. Pero a diferencia de los occidentales, el gobierno chino posee un plan a largo plazo y puede tomar amplias decisiones en un breve lapso de tiempo. Durante esta crisis, China se ha mostrado capaz de movilizar a más de 40.000 médicos en el interior del país y desplazar una ingente cantidad de recursos sanitarios a Wuhan. Una capacidad que muestra como el país asiático funciona de forma eficiente a la hora de canalizar sus energías y esfuerzos, algo por desgracia muy alejado a lo que todavía a día de hoy sucede en Europa. Un proyecto político que parece elaborado como una mera unión comercial sin muchos más vínculos robustos entre sus estados miembros.

Mientras el brote de coronavirus parece ya controlado en China y este país comienza a enviar ayuda material y profesionales a Italia y España, la Unión Europea continua en estos momentos meditando una respuesta conjunta, al tiempo que cada estado miembro toma sus propias decisiones y sus aliados preferentes como Estados Unidos, deciden cerrar de par en par las puertas a los ciudadanos europeos. Esta crisis, sin duda, supone un cambio de paradigma. Quizás también, un cambio de liderazgo.

No podemos entender el modelo de reacción chino frente al coronavirus, sin entender las diferencias entre una sociedad cohesionada en torno a unos objetivos comunes y una sociedad profundamente individualista como la nuestra. Es cierto que China no depende de ciclo electoral alguno y que las sanciones y los modelos civiles en el país asiático son mucho más restrictivas por norma que la de los países europeos, pero para realizar una comparativa fehaciente, debemos atender también factores como la coordinación en la reacción económica. Mientras el estado chino ha hecho frente a todas las adversidades guiado por modelos a largo plazo y no ha dudado a la hora de paralizar totalmente grandes sectores productivos, para retomar su actividad únicamente una vez superado el virus, el cortoplacismo y el miedo a asumir responsabilidades ante la posible reacción de la opinión pública, ha llevado a Europa a ser demasiado timorata con sus acciones, provocando de este modo un agravamiento de la situación y el pánico en unos mercados que curiosamente, hace tiempo han demostrado reaccionar de forma positiva ante la firme mano del timonel chino.

El modelo capitalista de reacción a esta crisis se ha mostrado evidentemente fallido. Mientras los estados europeos se muestran incapaces de actuar ante una mezcla de temor a las consecuencias económicas y sociales y una desprovisión de recursos materiales y humanos fruto del vampirismo del sector privado, las empresas y demás instituciones del gran capital han reaccionado únicamente con medidas tan absurdas como porno y demás entretenimientos televisivos gratuitos, garantías en el suministro de papel higiénico y demás productos a precios competitivos, además de los ya típicos aumentos desproporcionados en las tarifas de Uber y Cabify.

El coronavirus se ha mostrado como un síntoma de la enfermedad global que supone el capitalismo, una dolencia generalizada que durante años ha infectado a nuestras sociedades y que actualmente resulta necesario comenzar tratar con urgencia. No podemos seguir viviendo en una sociedad global en la que la competencia por una patente ralentiza la vacuna contra el coronavirus, ni se puede soportar que en el país más avanzado del mundo, la gente evite someterse a una prueba medica ante el elevado precio de la misma. Un sistema, en el que las sanciones económicas debidas al matonismo geopolítico imperial ahogan a países como Siria, Irán, Cuba Yemen o Venezuela, en plena pandemia, aumentando innecesariamente un riesgo de fatales consecuencias para la población global. Eso sin entrar a valorar el precio de la vida en los campamentos de refugiados o en las barriadas de las ciudades de medio mundo.

Nos hemos acostumbrado en los últimos años a un mundo en el que los recortes podían poner en riesgo la vida de miles de personas o la ortodoxia económica permitía que cientos de familias se quedasen en la calle, por falta de iniciativas políticas contundentes, mientras miles de viviendas eran adquiridas por los bancos y fondos especulativos causantes de la crisis económica. Nos hemos acostumbrado casi de forma inconsciente a vivir con miedo y en silencio, y quizás esta, sea la oportunidad de resguardarnos en nuestras casas por solidaridad social y llegar a comprender que somos algo más que meros entes individuales destinados a malvivir en un mundo con múltiples opciones de consumo barato, derechos decorativos y vacío existencial. Si algo debe quedar claro tras esta crisis, es la necesidad de reforzar lo colectivo, lo común, la necesidad de volver a hacer fuerte a los estados sociales frente a toda esa calaña de prestidigitadores neoliberales que en estos mismos momentos están clamando al cielo por alguna solución estatal. Tomemos nota y tengamos claro que nunca lo colectivo ha podido ser sustituido por el egoísmo y la lucha indiscriminada entre individuos. La responsabilidad real, no se trata de socializar Netflix, sino de hacerlo con la sanidad, la educación, la vivienda e incluso la banca. Si llegamos a comprender esto, os garantizo que no nos volverán a fallar cuando resulte necesario.

3 Comments

  1. Jajajajajaja. ¿Cuantas veces te ha callado la boca Juan Ramón Rallo que se nota tu ardor? Hay una cosa por la cual me alegro: Rojos como tu nunca volverán al poder.

  2. Espero que este tiempo de reflexión sea aprovechado por todos, pero especialmente para quienes tienen más responsabilidad para replantear el sistema. Me temo las cosas van a cambiar inevitablemente, solo falta definir en que sentido.

  3. Grandisimo articulo. Pero me temo que cuando todo esto pase volveremos a lo mismo. Ya se hablo durante la crisis financiera de 2008 de la idea de reformular nuestro sistema y todo quedo en agua de borrajas.

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