Zapatero: historia de la obsesión en la derecha española

Su apuesta por la memoria histórica, por la ampliación de derechos civiles y por una política exterior menos subordinada a Washington, fueron percibidas como actos de desobediencia frente a un orden que la derecha consideraba propio e inviolable.

Por Lucio Martínez Pereda | 12/01/2026

Desde hace ya dos décadas, Zapatero funciona, para la derecha española, como una figura obsesivamente totémica. No tanto por lo que hizo, que también, sino por lo que representó: la irrupción de una España distinta a la imaginada por los guardianes del consenso de la Transición. La persistencia de la obsesión tiene mucho de trauma no resuelto. En torno a Zapatero se construyó un relato de demolición que excede la crítica política para adentrarse en el terreno de la deslegitimación moral. La obsesión con Zapatero cumple, una función más profunda que la simple animadversión ideológica. Opera como un refugio frente a la erosión cultural de una hegemonía que se creía blindada.

Su apuesta por la memoria histórica, por la ampliación de derechos civiles y por una política exterior menos subordinada a Washington, fueron percibidas como actos de desobediencia frente a un orden que la derecha consideraba propio e inviolable. La derecha española necesitó, tras el agotamiento del felipismo, un rostro sobre el que proyectar el malestar acumulado por tres décadas de avances sociales. Ese rostro fue Zapatero y la osadía de tocar los resortes simbólicos de la Transición: memoria histórica, laicidad y derechos civiles.

Pero Zapatero también es una vieja obsesión que se reactiva cada vez que el PSOE articula mayorías progresistas con apoyos a su izquierda o en el terreno nacionalista.

Cada vez que Zapatero reaparece para defender una política de alianzas amplia o para señalar la derechización del sistema mediático, se reabre el expediente simbólico de aquel “desorden” que supusieron las leyes de memoria, el matrimonio igualitario o la retirada de tropas de Irak.

Las tímidas leyes de memoria, iniciadas en su etapa y ampliadas en años posteriores, marcan un punto de inflexión en la disputa por el relato del siglo XX español, al reconocer el golpe de 1936 como tal, la naturaleza represiva de la dictadura y el deber público de reparación. Qué buena parte de la derecha haya interpretado ese giro como “sectarismo” o “falsificación histórica” ilustra hasta qué punto la batalla contemporánea no se libra solo en el terreno de las políticas materiales, sino en el campo de la legitimidad simbólica, donde se decide quién puede presentarse como heredero legítimo de la democracia.

Zapatero no solo alteró el consenso simbólico de la Transición, también clausuró, con la derrota definitiva de ETA en 2011, el gran eje narrativo sobre el que la derecha española había construido su hegemonía moral durante cuatro décadas. Esa victoria privó a sus adversarios de un instrumento propagandístico esencial: la victimización perpetua como clave de su discurso: la derecha necesitaba a ETA viva para explotar demagógicamente las muertes, convirtiendo cada atentado en una deuda simbólica del PSOE con las víctimas, y así blindar su superioridad ética frente al “pacto de sangre” con el nacionalismo.

La derrota de ETA por el gobierno de Zapatero supuso un trauma para quienes habían hecho del terror etarra uno de los elementos fundamentadores de su identidad política. Sin el terror como referencia constante, la derecha perdió el chivo expiatorio perfecto: un relato donde el PSOE aparecía siempre como tibio, negociador o, peor, cómplice moral de los asesinos. Aquella propaganda se nutría de las muertes como combustible inexhaustible, presentando cada crítica al franquismo como un insulto a los caídos por ETA, en una falsa equivalencia que igualaba dictadura y democracia bajo la etiqueta de “victimismo selectivo”. Ahora, huérfana de esa demagogia de la muerte la obsesión con Zapatero se transmuta en una especia de nostalgia ideológica. Cada invocación de su nombre, en columnas, programas o mítines,  busca restaurar el viejo guion: un PSOE que “rinde” ante el terror (ayer ETA, hoy el independentismo), frente a una derecha defensora de la unidad y las víctimas eternas.

Históricamente, el discurso de la derecha sobre ETA funcionó como dispositivo de cierre hermético: las 800 víctimas del terror etarra se oponían dialécticamente a cualquier iniciativa de memoria histórica, silenciando así los 150.000 ejecutados, encarcelados o exiliados por el franquismo. La rendición incondicional de ETA en 2011, bajo el mandato zapaterista pese a las críticas iniciales a la “negociación”, desarmó esa estrategia dejando expuesta su instrumentalización política.

Esta pérdida explica la recurrencia de Zapatero en el imaginario conservador. Sin ETA como ariete, la derecha recurre a su figura como sustituto: el responsable no solo del “desorden cultural” (memoria, derechos LGTBI, retirada de Irak), sino también de haber “arrebatado” el monopolio victimista.

Para finalizar : esta larga, intensa y variada obsesión de la derecha española con Zapatero evidencia un vacío que precisa inventarse enemigos espectrales para cohesionarse. La derecha al obsesionarse con Zapatero confiesa involuntariamente su orfandad analítica y estratégica pasada y presente: ni Franquismo , ni Transición, ni interpretación objetiva de la actualidad.

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